domingo, 20 de abril de 2008
Ese look chachachá
jueves, 17 de abril de 2008
Y ora explico por qué vi a Chucho Ramírez en un corto de cine (o el comentario sobre Control que ni cómo hacerlo)
Después inició algo que tenía enormes y variadas expectativas: que si el sonido Manchester, que si los tormentos del artista, que si el nacimiento de una banda fundamental para el bla bla bla, que si al menos el chisme sabroso de la juerga rockera con su conveniente dosis de alcohol, drogas, mujeres, genialidad y gurús. Pero pues no. En realidad es un capitulote de Dawson's Creek que se hace el sobrio para no parecer capitulote de Dawson's Creek. Un muchacho epiléptico y depresivo se casa muy joven y después tiene una amante y después no se decide entre la esposa y la amante y después se muere. Y para rellenar, canta rolas de Joy Division. En un Manchester a propósito obrero y sin chiste (muchas paredes de ladrillo, mucha estética miserable cool a la Charles Dickens), como toda película inglesa de las clases bajas y medias que le hacen a la artisteada (Full Monty, Billy Elliot).
Después uno busca chismes en internet para saber mejor de qué se trata la cosa, y se entera que el director, Corbijn, se ha dedicado a hacer videos de rock (U2, Metallica, Red Hot Chili Peppers, Depeche Mode), y que el guión está basado en la biografía más bien amarillista de la esposa de Curtis, y pues es como el berrinche desmitificador de una esposa a la que su esposito genial hipertalentoso le puso el cuerno. Y es como si ahí se resolviera el enigma: esta biopic es un ajuste de cuentas conyugal que se cree de interés mundial por su contexto post-punk-british. O para decirlo en castellano: es la versión inglesa de esa obra maestra de Juanito Osorio sobre Niurka, Mi verdad. Eso sí, el soundtrack está de lujo: harto New Order y Joy Division, pero también Velvet Underground, The Killers, Iggy Pop, David Bowie y Sex Pistols, entre otros.
Al salir del cine encontré el cartel de próximo estreno de Factory Girl, una peli sobre la vida de Edie Sedgwick, una preciosa socialité que se convirtió en la primera superstar de Andy Warhol. La película nos llega atrasadísima (es de 2006) y no le ha ido nada bien (no le puede ir bien a ninguna película que tenga en su elenco a Hayden Christensen Skywalker), pero el personaje de Edie me encanta, entonces valdrá la pena husmear por ahí, aunque luego uno salga haciendo corajes. Como con la desangelada Control. La vida es dura.
miércoles, 16 de abril de 2008
Ya valió madres
lunes, 14 de abril de 2008
La historia sin mí
El reto es hacer una biopic de Bob Dylan que no parezca monografía RAF de papelería, como ocurrió con esa pintoresca colección de estampitas pasadas al cine que se llamó La vida en rosa, con actuación memorable de Marion Cotillard y puesta en escena más bien ramploncita de Olivier Dahan. De todas formas, era más fácil mostrar la vida de Edith Piaf porque ya está muerta y eso permite establecer algunos temas definitivos (la infancia desgraciada, el talento inexplicable, la autodestrucción) para crear su andamiaje. En el caso de Dylan es distinto, pues se trata de un personaje vivo e inestable como un quarck, que mientras uno intenta describirlo, él puede estar declarando algo que tire todo lo que se haya afirmado sobre su obra y su persona. Un personaje tan complicado –poeta inspirado, icono generacional, innovador musical, cronista, cristiano redimido, judío arrepentido, crítico del american dream, piedra angular del american dream, inspirador y fustigador de movimientos libertarios, iluminado, payaso, símbolo y cliché– es imposible de agotar con un solo actor, una sola anécdota o un solo punto de vista. De ahí la propuesta de Todd Haynes de fragmentar los muchos dylans en diferentes actores e incluso con distintas ejecuciones cinematográficas. Sería como este tipo de películas temáticas (Historias de Nueva York, 9/11, Lumiere y Cía, París, te amo) en las que se pide a varios directores que cada uno desarrolle una historia. El virtuosismo está en que Haynes ejecuta a los seis dylands posibles, y el delirio sigue cuando las historias se suceden sin delimitaciones claras, atendiendo más a temas que al orden cronológico. Si cupiera la afirmación excesiva, Haynes se lanza a inventarse una Intolerancia pop, con Dylan como centro de las historias.
En el casting para interpretar a los distintos Dylans está la siguiente sorpresa: los convocados son Ben Whishaw, Christian Bale, Richard Gere, Heath Ledger, y más audaz, el adolescente de color Marcus Carl Franklin y la actriz Cate Blanchett. El debate de si los primeros cuatro se parecen más o menos a Bob Dylan se va al diablo con los dos últimos actores. Y es que aquí continúan los experimentos: en vez de que cada uno de los actores represente a Dylan en distintas etapas de su vida, más bien lo representan en diversas facetas de su persona. Incluso, ninguno tiene el nombre de Bob Dylan; cada uno asume (en broma o en serio) un nombre distinto, que simbolizan las influencias, las sublimaciones o las leyendas del trovador: Whishaw se hace llamar Arthur Rimbaud; Franklin, Woody Guthrie; Gere, Billy the Kid. Los nombres de Bale (Jack Rollins), Ledger (Robbie Clark) y Blanchett (Jude Quinn) deben contener referencias más oscuras que no sabe descifrar este silvestre escribidor. Al final, lo sugerente es mirar a este Dylan disfrazado/camuflado, que en sus máscaras despliega las contradicciones (y por suerte no los discursos psicocompasivos) del artista.
El cantante de folk Jack Rollins termina de predicador cristiano; el rockstar Jude Quinn coquetea y evade simultáneamente las dinámicas del showbizz, el culto y liberado Robbie Clark culmina en la misoginia y la reacción. Contra la Edith Piaf digna de compasión de Dahan, los Dylans de Haynes funcionan como rompecabezas imposibles de embonar. La historia sin mí no busca ser complaciente con su biografiado, pero gracias a este muestrario de contradicciones magnifica la figura del rockero: es un creador en constante movimiento, con el egoísmo obligado para la renovación constante de su obra; incapaz de establecer dogmas o premisas, porque hacerlo equivale a destruir el impulso creativo y es más importante volver a aprender el arte de escribir canciones que consagrarse con un hierático lema (the answer my friend...); la única constante de Dylan es destruir cualquiera de sus monumentos. Quien quiera una muestra, recuerde el concierto que dio semanas pasadas en el Auditorio, en el que la recreación tan libre de sus rolas canónicas impidió incluso que los avandaropitecus pudieran corearlas a gusto.
La escena a disfrutar: el enfrentamiento en el auto de Jude Quinn con el periodista del Times, que antecede a la canción "Ballad of a Thin Man". El riesgo que queda como cabo suelto: que el intento de ilustrar a toda costa la cinta con las rolas de Dylan, de pronto la hagan parecerse a la horrorosa A través del universo que hizo mierda las canciones de Los Beatles. El lugar común: decir que Cate Blanchett está impresionante. La referencia intertextual mamona: toda la parte de Quinn está filmada siguiendo las texturas, técnicas y recursos del 8 1/2 de Fellini. Y más aún: cuando todos quedan congelados y Quinn descubre a Edie Sedgwick apareciendo por el bosque, es completo pastiche de Mastronianni descubriendo a Claudia Cardinale en el parque del inicio de la peli de Fellini.
La historia sin mí, al final, es una película de un hombre que tiene una guitarra y que con ella hace canciones. Los adjetivos posteriores son meras ganas de especular.
miércoles, 9 de abril de 2008
Sacrificio (de Tarkovski) (y mío) (y de mis alumnos)
Justamente el viaje hasta el pulguiento cineclub importaba tanto como ver la película. Qué Chalma ni qué La Villa ni qué Santiago de Compostela: la travesía espiritual era hacia el Chopo, donde se congregaba una feligresía de lectores coléricos de La Jornada, enigmáticas chicas de largas faldas floreadas con libros de Bataille y viejos de tufo sesentayochoero intercambiando libros de Foucault. Pretencioso hasta el vómito, impostado hasta la repugnancia, el ritual del cineclub urgía para revitalizar la identidá cultural y renovar las frases cliché contra Zabludovsky, Raúl Velasco y Daniela Romo.
Tantos símbolos en el ambiente, tanta sutileza en los comentarios, tantos desplantes y tantas mamonsísimas aseveraciones, eran peso suficiente para que la película pasara a segundo plano. Obvio que debía haber quienes aprovecharan en plenitud la exhibición, pero mis amigos, y yo, y seguramente muchos otros escuincles caguengues que apenas aprendíamos a fruncir nuestras narices intelectualizadas, apenas apreciábamos medio minuto de la cinta: era más importante estar allí, estar entre ellos, participar de la jornada iniciática y altamente cultural. Por eso, si se me pidiera ahora una opinión de esas películas, apenas acertaría a decir lugares comunes: un cine lírico y onírico; la poeticidad (auch) de las imágenes; no es para cualquier espectador, hace falta una preparación especial (como la que tengo yo, juar juar juar ). Para mi descargo: recuerdo la escena de Nostalgia donde un personaje se obligaba a caminar a lo largo de una piscina con una vela prendida, y a media ruta la vela se apagaba y regresaba hasta el principio de la piscina para volverla a prender y vuelta al camino, y así cinco o seis veces hasta que lograba su objetivo, y era tan emocionante como si Indiana Jones hubiera vencido a sus enemigos. Para el autoescarnio: mientras en la sala muchos encontraban un impresionante mensaje de convicción y perseverancia, yo sólo soportaba con estoicismo el dolor en las nalgas (las butacas de madera complementaban el rito) y esperaba que YA pudiera llegar con la vela al bendito extremo de la piscina.
2. Seré honesto, no "entendí" ni un pito de Tarkovsky y después siempre lo asumí como el mejor ejemplo -por otro lado, muy extendido- de cine indigesto, para gente que quiere llenarse la boca de presunciones. Con este desgano renté Sacrificio, su última película, para llevarla con mis alumnos. Lo movido de la semana me impidió preparar la clase con rigor, apenas unas notas biográficas, y la distinción entre las películas de "realismo socialista" que hacían la mayoría de los cineastas soviéticos, contra la introspección tarkovskiana, que no fue muy bien vista por el régimen, por lo que siempre dificultaron los rodajes y la distribución de la obra del cineasta. Más irresponsable, ni siquiera vi la película antes, para apuntar detalles que pudieran servir.
Confieso que había cierto gusto malsano en poner a ver a Tarkovsky a mis alumnos, que tienen la mente saturada de ediciones vertiginosas de videoclip (si alguien quiere compartir mi resquemor: ¡les desespero que La ventana indiscreta empezara tan lenta y alguno pretendió considerarla menor que las películas de Michael Bay!) Por otro lado, odio su clasificación de "cine lento" y "cine rápido", como si el cine fuera montañas rusas y entrar a la sala oscura equivaliera a ir a la Casa de la Risa.
3. En este contexto empezó Sacrificio. Un largo plano-secuencia de un hombre cuidando un árbol seco mientras habla con su hijo sobre la inutilidad de las palabras. Llega en su bicicleta el cartero, lector de Nietzche. Le intriga el mito del eterno retorno. Por supuesto, no hay la menor intención de hacer ágil la charla; el tiempo es de la película y no de uno. Es un cine egoísta, que se extiende desfachatado como lagartija, a pesar de las demandas de intrigas de quienes lo contemplan. Quienes contemplábamos nos removíamos inquietos en las sillas. Sigue una charla aburguesada de un grupo de actores, que culmina con un cuento del cartero, sobre unas fotos tomadas antes de la guerra, y de lo extraño que era ver siempre joven a alguien que ya había muerto. ¿A qué hora empezaría el fan de Michael Bay a protestar? Los que protestaban eran los autos en el viaducto, histéricos con sus cláxones y sus arrancones . Pero ahí empezamos a intuir algo. Afuera, el tiempo era el del D.F. En el salón, el tiempo lo marcaban los movimientos sosegados de la cámara, los monólogos introspectivos, la parsimonia para dejar que los paisajes actúen, no como ambientes, sino como emociones que tienen su fuerza en la pureza de la imagen.
¿Muy pacheco? Más cercano: a veces nos toca que un anciano nos cuente una historia. Cuando la única opción es escucharlo, hay que arrellanarse bien, entender que vienen 25 minutos de intensa concentración y que el anciano tiene una respiración, un tono, un fraseo monocorde. Pero ante la resignación de este ritmo, se puede encontrar un gusto por saber que no habrá desarrollo fácil ni previsible, que habrá pocas ayudas para hacer más entretenido el relato... y que en conclusión, es relato puro, sin adornos, destilado y complejo, y que si uno firma ese contrato, se puede entrar a una especie de estereograma y, extrañamente, empezar a gozar la historia.
Eso ocurre con Tarkovsky. Obliga a que aceptes su contrato, no ayuda con curvas dramáticas ni con giros de tuerca espectaculares, exige renuncia a los tópicos del cine para empezar a gozar de él. Y lo extraño: en ese salón todos empezamos a disfrutarlo. Sería pretencioso decir "entenderlo", pero sí fuimos cayendo en su persuasión. Las secuencias se hicieron hipnóticas, los motivos de los personajes dejaron de importar porque era más importante su (tortuosa) presencia. En algún momento, el protagonista (Alexander) acude a ver a una mujer al pueblo, las referencias simbólicas la harían representación de la virgen María. Alexander y la mujer se cuentan historias de su pasado, es una confesión dolorosa que choca con el hieratismo que ha ocupado una hora de película. Las confesiones se trasnforman en compenetración, la pareja tiene sexo y sus cuerpos se elevan de la cama. Allí, el fan de Bay dice "guau". Hago panning a la mirada de los videocliperos y todos están embaucados.
Tras esta escena todavía debe quedar una hora más de película. Hacia el final, la famosa escena del incendio, morosa, sin prisas, de concentración obligada.
De la experiencia me quedo con el silencio posterior a la peli. La hipnosis compartida del salón. Creo que no se pueden explicar las películas de Tarkovski porque la pureza de sus emociones lo es todo. De ahí el trabajo que cuesta leer las glosas a su obra; esfuerzo inútil de querer poner en palabras lo que solamente significa en imagen. Pero imagino que el objetivo se ha cumplido al ver la los alumnos convertidos en zombies de Zahuayo iluminados.
Esperaba la primera barbajanada videoclipera pero me sorprendieron con su extrañeza y su "respeto". No se enamoraron por completo de Tarkovski, pero le dieron el beneficio de la intriga, que en ellos ya es ganancia. Yo salí de la clase urgido de ver más películas suyas. Rentar Stalker y El espejo y Solaris, que era las que había en el Blockbuster. Pero para bien o mal, esas urgencias se postergan cuando uno llega a casa y hay mil cosas atrasadas y polvo en los libreros y amigos planeando noches de chelas mientras aún se pueda fumar.
domingo, 6 de abril de 2008
Mexicanos de bigotito
-Voy a bajarme ahora y si tú no lo haces, esto se jode para siempre.
-Pues que se joda. Ya me estaba urgiendo que terminara.
-Mira que te estoy hablando en serio.
-Mira que yo también.
El microbús llega a un alto, él no duda y baja. Ella lo mira iracunda. Cambia la luz a verde, el microbús avanza. Él empieza a correr al lado.
-Baja que te amo... baja de una jodida vez.
En la carrera suelta libros, morralito, bufanda putarrona. Ella debe sentirse en escena de tren decimonónico alejándose de la terminal. El exceso pasional la lleva a gritarle al conductor.
-Pare, pare con una chingada, le digo que se pare ya.
El conductor grita insultos, todo mundo grita insultos, pero el microbús se para, ella baja, Martín observa que la pareja se abraza y se besa entre el río de autos que les tocan el claxon y les mientan la madre.
Martín sabe que fue excesivo. Ridículo. Fuera de lugar. Pero ama y envidia ser esa pareja. Ama y envidia la pasión a flor de piel, el ejercicio del exceso a costa de todos, la ebullición de ambos rebullendo entre tráfico e insultos.
Está en esos pensamientos cuando voltea al lado contrario. Dos hombres de bigotito (¿contadores?, ¿burócratas?, ¿vendedores de seguros?) dan dictamen oficial:
-Pinches güeyes.
-Mamones.
El silencio del dictamen se equilibra con la cumbia lejana que sale de las bocinas delanteras del microbús.
"Y ese es el síndrome del mexicano de bigotito", me cuenta Martín diez años y varias chelas después.
2. Mi anécdota es menos desaforada, de similar resolución: adolescente, efervescente, descubro a Santa Sabina y a Rita Guerrero chambeando de diva underground. Viene el primer disco, viene oírlo hasta el cansancio, viene encontrarle montones de mensajes secretos que anuncian una realidad transfigurada por Sartre y el gótico jazzeado; en la rola de "A la orilla del sol" neta que se siente cómo va amaneciendo el mundo y con él cierto grado de conciencia. En medio de ese resplandor viajo a ver a la familia a Veracruz. Llevo el cd de la Santa para que mis primos se den un quemón. Solemnísima audición del disco con primos y amigos de primos. La audición apenas soporta una canción. Como defendiendo el hallazgo, todavía los obligo a escuchar mi rola favorita y a que imaginen cómo sería este sol saliendo de los mares del Golfo de México. Terminada la canción, silencio. El auditorio revisa la caja del cd.

El comentario es:
-Esta vieja debe ser bien puta.
-Sí, trae ligueros de puta.
-Y mira cómo la miran. ¿Todos le darán pa' sus tunas?
-Pus sí, sino, ¿pa' qué la tienen ahí?
Adolescente efervescente, quisiera explicarles que la posible putería de Rita es intrascendente, que las letras, la música, la propuesta, un sonido nunca antes escuchado en México, pero a ellos les basta y sobra con dictaminar sobre los afanes sexuales de Rita. Siendo honestos, cuando después voy a los conciertos, el principal grito de batalla es "Rita, quiero hacerte un hijo", y la posibles especulación de la música de la banda pasa a segundo término. Recuerdo que la misma Rita y la banda solían quejarse en entrevistas de que mucha gente se quedaba con lo epidérmico (la epidermis de Rita, léase en subtexto) y no le entraban a la sustancia de la propuesta. Demorarme en discurrir sobre lo pertinente de hablar (o no) sobre las piernas de Rita ya es otra historia, aquí lo importante eran los mexicanos de bigotito diciendo, aún varios minutos después de haber fracasado el disco:
-Pero ha de ser difícil ligarte a una vieja de esas.
-Ey. Debe estar bien cabrón.
3. Y sin embargo, en las sentencias perezosas del mexicano de bigotito no deja de haber sabiduría. Nada lo sorprende, nada lo arrebata, un escepticismo anterior a toda novedad lo mantiene impertérrito, inmune al destanteo, con un tajante y claro conocimiento del final de cualquier historia. No se discurre sobre el sexenio variopinto de Salinas de Gortarí: "es un ladrón". No se matizan las estrategias políticas de López Obrador: "se volvió loco". No se reflexiona sobre los posibles beneficios de la modernización de Pemex: "van a sacar un billetote". No se revisan las luces y sombras de la dirección técnica de Hugo: "pinche pendejo". Si, por ejemplo, los argentinos gustan de batir y rebatir, sacarle la raíz cuadrada al sinsentido y reformular la teoría ya reformulada con insospechados argumentos que relativizan cualquier acepción hasta hacer pertinente sus fórmulas verbales cotidianas -que sé yo; y bueno, y eso; - el mexicano de bigotito tiene todo claro, siglos de fatalismo le han otorgado en argumentos crípticos la Verdad Verdadera, incluso hasta el nivel de la inflexibilidad. Lo negro es negro, lo blanco es blanco, Tin Tán es chido y Chespirito es culero, y si me han de matar mañana, que me maten de una vez.
4. Amargado porque se le frustró la gran historia de la pareja apasionada, Martín opina que debe superarse al mexicano de bigotito. Intrigado por la sapiencia sentenciosa de un par de frases breves, yo le rebato que también tiene un encanto rulfiano a valorar. El alcohol ya es demasiado como para intentar decir algo inteligente. Y pos ya, la última y nos vamos, ¿qué no?
jueves, 3 de abril de 2008
Cigarros que dan pánico fumar
Ya se abundó demasiado con argumentos a favor y en contra de la ley, y una vez aprobada, sólo queda el argumento duro: una sociedad tolerante también habría contemplado espacios para fumadores, con reglas específicas, que respetara la salud de unos, pero también la elección de los otros de mantener un hábito social que nos es importante.
Pero fue más fácil el ejercicio de la intolerancia. A éste se sumarán varios más, pero ya es tema para después.
Por lo pronto, los fumadores iremos buscando alternativas o vacíos de ley para no tener todas nuestras opciones canceladas.
Cafés y bares al aire libre, sitios clandestinos que comentaremos entre susurros para evitar molestos soplones, tomarnos el cafecito con el cigarro en algún parque, las entradas de restaurantes, cafeterías y bares atestados de gente que sale a echarse su tabaco entre bebida y bebida.
Los no fumadores tendrán derecho de delatar conductas inapropiadas de quienes fumamos y elevarán su categoría, de personas comunes y corrientes, a policías civiles (una suerte de Gestapo ciudadana); compartirán con entusiasmo su nueva estatura moral puritana que nos condenará con las letras escarlatas de Hawthorne e incluso nos rechazarán abiertamente y habrá un nuevo motivo para la polarización.
Seremos más parecidos a Estados Unidos, Argentina, Francia y otros lugares donde ya existe una ley similar. Ignoro si esto es equivalente a tener una mejor calidad de vida. Las estadísticas dicen que sí.
Los fumadores aprenderemos pacientemente los nuevos rituales, incluso nos acostumbraremos, pero como los homosexuales de los años setenta (según lo describe José Joaquín Blanco en su ensayo "Ojos que dan pánico soñar", del libro Función de medianoche), miraremos de soslayo al otro fumador enfurruñado, guiñaremos nuestra complicidad subterránea y nos sabremos cofradía entre charlas convenientes de cómo bajar el colesterol y educar a los niños violeta.
Porque en consecuencia: fumar, que era un hábito (o un vicio) (o un placer) (o una adicción) (o una herramienta de trabajo) (o un proceso festivo de autodestrucción), ahora también se convertirá en una postura política y una reafirmación de la individualidad.
Probablemente se querrá influir para que en películas y literaturas (de hecho ya ocurre en los programas de tele) no se vea a personajes fumando, o que en su defecto solamente lo hagan quienes tienen actitudes reprobables, para crear así el sinónimo de cigarro = conducta inapropiada, que exorcice a los modelos de reflexión, serenidad, valentía o sensualidad que iban acompañados del tabaco.
Pero difícilmente se les quitará el cigarro a Humprey Bogart, Ava Gardner, Cantinflas, Marlene Dietrich, Nicolas Cage, Laura Dern, los tangos, Popeye el Marino, Julio Cortázar, William Faulkner, Jaime Sabines, etc (photoshop pa' todas las imágenes acompañadas de cigarro: ahí tiene el Xiuh Tenorio una iniciativa de ley en la que podría trabajar). Estos personajes quedarán como vestigios de otras épocas, de otras sociedades que supieron ser más hedonistas, más festivas, más salvajes y más libres.
Caray, ahora me doy cuenta que a partir de este día inicia formalmente mi retahíla senil y melancólica: "Eran aquellos buenos tiempos..." Mientras, la represión sanitaria irá dando al mundo ese tono siniestro y paranoico de cuento apocalíptico a la Philip K. Dick.
(obviamente, este post se escribió acompañado de un buen cigarrito. Ya desde casa: qué se le va a hacer)