martes, 1 de junio de 2010

Y los cigarros se van diez pesos más caros

El nuevo chisme es que los diputados legislarán para que a los cigarros les aumenten diez pesos. Así dejaremos de fumar quienes fumamos. Nos agarrará un proceso de conscientización económica (ja) bien cabrón y cada vez que tengamos ganas de un cigarro optaremos por comernos una lechuga. Hace días me dieron otra versión más tenebrosa: "los suben porque saben que no dejaremos el vicio y que lo pagaremos. Y seguirán creciendo los bolsillos de los diputados y toda esa gente."
Más allá de lo redituables que estamos resultando los contribuyentes para el gobierno (quesque) y las legislaciones (quesque) y demás alimañas con poder, lo que me trae desalentado es ese aire de constante regaño que ha marcado a este sexenio. Vean comerciales, oigan discursos, revisen legislaciones. Los gobiernos en curso, locales o federales (incluyendo la cosa esa que encabeza Calderón), parecerían asumirse como Padres Mayores y Ejemplos A Seguir de una ciudadanía imperfecta y viciosa a la que se le dirige regulando sus deficiencias.
Véase si no el bonito esquema de buenas costumbres que estamos aprendiendo: ley de criminalización a los fumadores, después el cierre de los antros a tempranas horas, y luego la cruzada contra los obesos -no discriminación, sí tema de salud-, y el fantástico espectáculo protozombie con tapabocas para evitarnos la influenza el año pasado, y ni hablar del narcotráfico y su cruzada puritana que considera menos onerosas las muertes violentas que las causadas por sobredosis, y por supuesto que el regaño del cinemex por tener papas pidatas, y ya entrados en gastos, los regaños ceñudos de los carlos marines y los ciros gómez leyvas por tanta chacota tuitera.
¿No se sienten ahora más criminales que, digamos, el sexenio pasado? ¿Por fumadores, por trasnochadores, por hedonistas, por tragones, por besucones, por dicharacheros, por el pecado -digo, ya para hablar con los términos adecuados- de haber nacido y ser seres humanos? Y ojo que el lugar común es achacarle toda la culpa a la ideología panista, pero qué frustración reconocer que muchas de estas acometidas también han venido del Gobierno del Distrito Federal, como para convencer al electorado que cuando es necesario pueden ser impopulares, y entonces ya se han puesto más papistas que el Papa (¿o más maoístas que Mao, pa' no andar mezclando catecismos?) El tema no es izquierda o derecha, el tema es de péndulos restrictivos o permisivos, y tal parece que la competencia consiste en mostrar quien ostenta mayor autoridad. Lo que trae (intuyo) un tema en el fondo político: seguimos discutiendo la legitimidad de Calderón. Y como en ese fondo político ni él mismo ni sus mismos correligionarios se lo creen, tal parecería que la forma de reafirmarse consiste en adoptar porte y tono de padrastro regañón: no soy quien debe estar, pero te aguantas y además te cojo con el IETU; ya sé que el elegido era el otro, pero de populismo tan peligroso que ora te chingas con mi sobriedad (en el discurso, otro día hablamos de sus costumbres etílicas) expresiva; en realidad, este sexenio se ha tratado de pagar nuestro error de no creer que el presidente es él. Violencia del narco, impuestos onerosos, restricciones en los hábitos sociales y personales, estigmatización de costumbres poco ejemplares. Bienvenidos a la expiación de nuestros errores electorales. Y al regreso de la edad adolescente de toda la población. Se oye en los discursos, en las campañas de medios, en las nuevas medidas "para vivir mejor": la gente, la ciudadanía, somos pubertos berrinchudos y hay que guiarnos sabiamente. ¿Alguna vez estuvimos cerca de la mayoría de edad? ¿Cuándo sacamos al PRI de Los Pinos? ¿Pero dejamos en entredicho la madurez ciudadana al elegir, en su lugar, a ese chiste con botas que fue Vicente Fox?
Lo más cagante del tema es que la misma gente ha hecho suyo ese discurso incriminador y culpígeno. Es común que ante cualquier tema de corrupción o ilegalidad, de inmediato se nos cobra factura a las mismas "personas de a pie" (como nos llaman esos analistas políticos que Conacyt les regaló carro para que puedan hacer ese distingo, tan académico, de nosotros): si hay problemas en la distribución de agua, es que nosotros no le cerramos a la llave; si el tránsito de las ciudades es un desmadre, es que somos conductores o peatones irresponsables y faltos de la más mínima educación civil; si las calles son un asco, es que nosotros tiramos toda la basura en todos los lugares posibles; carajo, hasta si pierden esos ineptos de la selección nacional, es que nosotros no los apoyamos como se debe y cometemos el reprochable ejercicio de ser críticos. Y es cierto que la gente es gente, y como tal no es la mejor gente posible, y por supuesto que siempre somos susceptibles de mejorar en nuestros hábitos, formas de relacionarnos, modos de acoplarnos a los otros o a las leyes o al medio ambiente, pero tan constante regaño, tanta insistencia en recriminar y reformarnos, ¿no tiene esa sospechosa tendencia de hacernos perder el otro foco, y que la estupidez, la ineptitud, la frivolidad, la estrechez de miras de los gobiernos debería ser el verdadero factor a vigilar?
Veo con envidia cómo se festejan los otros bicentenarios en Latinoamérica, y no me chupo el dedo, tengo claro que la Sra. Kirchner es una enorme decepción para Argentina, el regreso de la derecha al gobierno chileno desconcierta y aturde, el primer triunfo del candidato uribista a la presidencia de Colombia descoloca.... pero también veo en la gente el ánimo de sentise bien plantados en sus países, de sentirse cómodos para opinar, criticar, tirar mierda, de saberse dueños de derechos y libertades; dueños finalmente, de sus naciones. ¿De qué nos vamos a sentir dueños los serviles mexicanos? ¿De los cuarenta pesos por cajetilla, del estigma de las llantitas, de la docilidad ante la masacre institucionalizada del gobierno -llamémosle de alguna forma- de Calderón?
Todo va junto, desde la falta de gol de los ineptos verdes, hasta la autosuficiencia del diputadete del Panal que legisló contra los fumadores. De la falta de legitimidad del señor que vive en Los Pinos, al circo mediático de Tercer Grado y su arrogancia adoctrinadora.
Este país ahora no me gusta, me costaría trabajo pensar que alguien le encuentre algún encanto. Quizá, finalmente, sí seamos culpables de algunas elecciones. Y estemos pagando culpas por mestizos, por agachones, por el por favor y el mande, por no haber abandonado el latifundio del Señor Patrón.
Viva México, pues.

viernes, 7 de mayo de 2010

Alice in Wonderland

¿Entonces tanta puta jotería para que al final la tal Alice se convirtiera en una vulgar entrepeneur? ¿Tanto CGI predecible, tanta épica de laptop, tanto cantito seudo Carmina Burana para hacer más heroico lo heroico, tanto Johnny Depp trasvestido -que le requetencanta pero no es el punto-, tanto muppet chistosito a la de a güevo para que a la hora de la hora el sueño de la tal Alice sea abrir mercados en China y volverse una entrepeneur? No mamen. No mamen. No mamen no mamen no mamen no mamen no mamen. Neta. No mamen. NO MA-MEN.
Y ahí está uno de imbécil avergonzado porque no la vio en pantalla grande, y ahí está uno desvelándose mientras baja del maldito Ares, y ahí está uno inventándose galimatías previas con el
Hook de Spielberg, porque claro, las dos pelis están basadas en personajes infantiles ingleses de los tiempos victorianos, y claro, debe ser significativo que se reinterprete a Peter Pan y Alicia ya más creciditos, y claro, ambas películas son metáfora de los niños interiores de Spielberg y Burton -y que más bien nos salieron chamacos caguengues autistas- y claro, ah qué bonita es lo posmodernidad y la deconstrucción de los arquetipos, y ¿todo todo todo para que la realización de Alice sea convertirse en una vulgar mercader que se va a colonizar Asia porque eso aprendió del país de las maravillas? ¿Y esa es la brillante filmografía de Burton, el Emo Mayor? ¿La preponderancia de la clase media como población económicamente activa por encima de la incertidumbre de la ensoñación? ¿Y para eso tantas manos de tijera y titeritos de jack y planetas de los simios y Jhonny Depp maquillado y excesivo? ¿Y para eso tantos meses de posters embaucabobos y previews calientagüevos y mercadotecnia fashionista y tanta tanta taruga expectación? ¿Para que entre Alice y las niñas esas social media sólo las distinga que la primera sí usa maquillaje Lancome? Pus, qué, ¿era una recreación de Lewis Caroll, o un artículo pitero de la revista Expansión?
No mamen. Neta. No mamen.
Como dice el colosista: sean serios.
Y ya que Johnny Depp haga una peli de varoncito, sin maquillaje y demostrando que sabe ac// ah, no, ya la hizo y ya demostró que actuar actuar no es lo suyo. Sí, que lo sigan maquillando, ps ya qué.
Y ya. Me voy.

miércoles, 14 de abril de 2010

Los demonios, de Heimito von Doderer

Miedo reseñar uno de esos libros que se anuncian como grandes summas literarias, porque así se presume a Los demonios de Heimito von Doderer, que suelen equipararlo a El hombre sin atributos de Musil, La montaña mágica de Mann y A la búsqueda del tiempo perdido de Proust; y siempre habrá comentarios mejor documentados porque conocen más al autor, o a Viena o a los tiempos -los años veinte- en que transcurre la ficción; pero tres meses de lectura (¡y 1662 páginas!) deberían merecer aunque sea tres parrafitos; entonces, como burro que se va haciendo ducho en eso de tocar la flauta, ahí les voy:

1. Acá está la biografía de Heimito von Doderer, flojera repetirla. Destaco lo que me sirve para el rollo: hijo de la aristocracia astrohúngara, vive el momento incierto, posterior a la Primera Guerra Mundial, en que el gran imperio se desmembra y crea a las frágiles naciones de Austria y Hungría. De entrada pienso en otro escritor que ha situado sus historias en esta época, el húngaro Sándor Márai; ambos comparten el sentimiento de melancolía por el derrumbe del imperio y lo incierto de la reconfiguración de la nueva sociedad, ahora austriaca y húngara. Tiempos de transiciones y no de consolidación, porque además ocurre en esos veinte años de entreguerras, tenso puente entre el fallido Tratado de Versalles y la creación de los sistemas totalitarios de Alemania e Italia. Los felices veintes, los treinta en aprendizaje festivo de intolerancia, frivolidad y enajenación que tras la Segunda Guerra condenaríamos culpable, pero antes, ¿quién carajos iba a saber que la indiferencia charlestoneada derivaría en confrontación?

2. El historiador Neuberg pavonea su inteligencia ante la bella Friederik Ruthmayr y sin querer suelta alguna de las claves de
Los demonios, cuando dice que "cualquier texto histórico que realmente lo sea es historia del presente, aunque se ocupe de la época romana, de la Alta Edad Media o de cualquier otro periodo. No, no se puede concebir el pasado como algo establecido de una vez para siempre, lo reformamos continuamente. Los hechos, con su colosal envergadura, no son nada; en cambio, nuestra forma de entenderlos lo es todo; por eso cada época ha de escribir de nuevo la historia y al hacerlo habrá de despertar e inspirar vida a los hechos muertos del pasado, un pasado concreto cuyo retorno traerá ciertos gestos que nos serán afines y nos conmoverán por dentro". Obviamente, una novela va más allá del puro registro histórico, pero en este caso su centro -la reinterpretación histórica- se encuentra ahí. Los demonios concluye con el incendio del Palacio de Justicia de Viena el 15 de julio de 1927, que encumbra al incipiente nacionalsocialismo austriaco (y de ahí ya se sabe: el vínculo con el nazismo alemán, y la anexión, y la guerra) y esta pequeña trampa reformula toda la trama: las muchas historias amorosas, las alianzas y enemistades, el melodrama decimonónico que se estorba con la subjetividad del siglo XX, los personajes oscuros que llegan a su redención o las brillantes personalidades de quienes presenciamos su declive, son reformuladas a partir del último capítulo y de paso reformula toda la concepción de la novela: Los demonios es la historia que ocurre entre La Historia. Fundación de un mundo inestable porque no sabe que se avecina su casi inmediato final. De ahí que, sorpresa, las más de 1600 páginas se revelan inútiles ante su encontronazo con la Gran Historia. Entonces, ¿vale la pena leerla? ¿Por qué?

3. En concreto:
Los demonios son las crónicas que ha juntado el jubilado jefe de sección Geyrenhoff sobre una época concreta de su vida, que va del invierno de 1926 al verano de 1927. Para la escritura de estas crónicas se ha valido de varios informantes, de distintos estratos sociales de la ciudad de Viena. El colaborador más cercano -y presumiblemente, el último redactor de gran parte de estas memorias- es el escritor Kajetan von Schlaggenberg. El punto de partida es la mudanza de Geyrenhoff , del centro de la ciudad, al barrio extrarradio de Döbling, que se ha ido volviendo lugar de intelectuales, artistas y bohemios. También son una nueva clase social que busca contrastarse con la vieja aristocracia y alta burguesía del imperio. Lejos de mostrar respeto por las tradiciones, buscan confrontarlas y generar nuevos estilos de vida. Si el centro de la ciudad de Viena todavía es ópera y títulos nobiliarios decadentes, en Döbling se ostentan los nuevos autos deportivos, las relaciones amorosas libres y farras bulliciosas. Geyrenhoff suele referirse a esta comunidad como "Los Nuestros", galería de personajes de inocente decadencia: René von Stangeler, veterano de la Gran Guerra que sobrevive sin mucho éxito a su profesión de historiador, Kajetan von Schlaggenberg, recién separado de su mujer y entregado a la bebida, la hermosa hermana de Schlaggenberg, Charlotte, apodada por todos Renacuajo, ejecutante de violín en pos de figurar como solista en una orquesta, el noble alemán von Eulenfeld, tan millonario como alcohólico, el diplomático húngaro Géza von Orkay, el dibujante y conspirador Imre von Gyurkicz. En tertulias pretenciosas consolidan una identidad no exenta de fisuras. Lo importante, en todo caso, es la apología de esta comunidad que sería lejana parienta de los vagabundos beats, las comunas hippies y hasta las banditas virtuales de la actualidad. En las fisuras, los distintos objetivos, las alianzas o confrontaciones del grupo, se va gran parte de la novela.

4. Si algo hubiera en común en la trama de los personajes más importantes de la novela (y esto lo robo del comentario que hace Juan García Ponce en su más bien regular ensayo:
Ante los demonios. A propósito de una novela excepcional. Los demonios de Heimito von Doderer) es que todos se confrontan a lo que Stangeler denomina la "segunda realidad": fantasías, perversiones, sueños informes, que improvisan sus personalidades. Parecería que una forma eficiente de retrasar las tomas de conciencia reside en la creación de un objetivo disparatado que además les ayuda a sobrevivir a ese tiempo incierto. Así, Schlaggenberg lanza su manifiesto para enamorar mujeres gordas, el obrero Leonhard Kakabsa se obsesiona con aprender latín, como forma de reelaborar su idioma vulgar hacia otro más culto, o el industrial Jan Herzka busca hacerse erudito en el tema de la quema de brujas en la Edad Media, para sublimar sus fantasías sadomasoquistas que busca realizar con su sensual secretaria. Entre la segunda realidad y la cotidianidad casi impresionista se decanta la novela, con enredados argumentos al estilo decimonónico, que incluyen herencias escondidas, hijas bastardas que descubren a sus verdaderos padres, algunos jugueteos eróticos y un fondo político que rara vez se evidencia pero suele sobreentenderse en los oficios, las opiniones y las metas de los personajes. Imposible resumir y comentar en un solo post todas las hazañas, aunque valdría apuntar que pocas son de un dramatismo exacerbado. La tomada de pelo de Los demonios estaría en su gratuidad: nada parecería demasiado importante. Reuniones exquisitas, deliciosos vinos, descripciones preciosistas de bosques y calles, el transcurso del tiempo se antoja lento y placentero. Quizá porque el guiño de Doderer está en someter las segundas realidades de los personajes a una enorme segunda realidad de la totalidad de la novela: este tiempo de candor también es ficticio. El contrapunto con los personajes de las clases bajas -taberneros, gángsters, prostitutas, conspiradores políticos- impide engaños: las jornadas bucólicas están rodeadas de amenazas y las inocencias burguesas parecen absurdas cuando alrededor se teje el verdadero poder fascista.

5. La diferencia entre el autor convencional y el gran novelista que es Doderer, estaría en la paciencia para postergar los enfrentamientos entre la futilidad burguesa y el amargo resentimiento fascista. Doderer no quiere dar una clase de historia o moral, y denunciar la felicidad -la ignorancia- cortesana de "Los Nuestros". Respetuoso de los motivos de su cronista Geyrenhoff, prefiere acompañarlo en la descripción entrañable, a veces irónica, de la comunidad. E incluso acepta sus puntos de vista conservadores y muchas veces espantados. De ahí la utilidad del contrapunto que establecen los extractos de crónica relatados por Schlaggenberg, que obligan a desconfiar de las apreciaciones candorosas del maduro jefe de sección.

6. Desde los personajes cronistas,
Los demonios es una historia de restauraciones: las formas en que los personajes parten de su caos individual -sus segundas realidades-, y cómo en el transcurso de sus historias van solucionando sus conflictos, vía candorosos deus ex machina (empleos, herencias, romances inverosímiles, felices coincidencias). De ahí que podría parecer chocantes los supuestos finales felices, con casorios, trabajos bien remunerados y amistades que se revelan bondadosas hacia el final de la historia. Pero sobre los cronistas se encuentra la malicia del novelista Doderer, quien sí se sabe contando la novela después de la Segunda Guerra Mundial (wikipedia chismea que esta novela se escribió en los años cincuenta) y desde ahí insinúa lo relativo de los finales felices: lo efímero de "Los Nuestros" también es lo efímero de los años veinte, de la sociedad vienesa que no podía reconocer -(¿de pronto adivinar?)- el terror de la siguiente década, de una visión del mundo incapaz de imaginar el violento giro de tuerca que se viene. Los demonios es, entonces, el triunfo del novelista riguroso, que rehúye del efecto para concentrarse en la alusión. De ahí la complejidad de la novela, cuya placidez apenas se desmiente al interior del texto, pero requiere de la desconfianza extraliteraria del lector para comunicar su mensaje más amplio.

7. Nomás como aclaración o consejo: antes dije que el ensayo de Juan García Ponce era regular, porque uno esperaba más interpretación y el novelista más bien se limita a contar la trama de la novela. Eso decepciona cuando uno sabe lo agudo y rico que podía ser un comentario más reposado de García Ponce, aunque también se le agradece esta suerte de "guía rápida" que puede ayudar a no perderse en el tremendo monstruo argumental que es
Los demonios. También me hace suponer que una glosa de esta novela requeriría otro libro igual de gordo. Seguro en Alemania y Austria ya existe esa glosa. Ojalá nos llegue pronto. Ojalá pronto haya comentarios más detallados de esta gran novela. Yo nomás toco la flauta, como el burro. Y sugiero: mucha inquietud, también mucha paciencia, para quien quiera hincarle el diente. Mi siguiente post será del dolor que me causa mi uña enterrada, para aligerar la textura. Sale, pues.

lunes, 29 de marzo de 2010

Ciudad de ciegos

Es madrugada y Dora me recuerda que nunca se me debe olvidar que amo la película Ciudad de ciegos, de Alberto Cortés, del año 1991 (¡casi veinte años!) y que ya sé, tiene momentos acartonados, no todas las historias resueltas, la mayoría viñetas que no terminan de redondear personajes, un final pretencioso para tanta soledad de alcoba, insolencia aglutinadora que de tanto acumular se queda en la dispersión nostálgica, pero si tuviera que decidirme a amar a esta ciudad no podría hacerlo con las canciones de Guadalupe Trigo ni con los promocionales de Marcelo Ebrard, de repente con el poema de Efraín Huerta y es muy diferente mi ciudad a la Nueva Grandeza Mexicana de Salvador Novo; en cambio aquí se condensa algo de cómo pienso las calles y las farolas, los ejes viales y sus charcos fatales, de cómo son las luces amarillas de los departamentos y cómo las ocultan las cortinas de mal gusto, confieso que a veces voy en la noche caminando por la calle y tengo la afición malsana de asomarme por ventanas y fisgonear aunque sea de pasada las recámaras o los comedores y las cocinas de todos esos que no soy yo, que prefiero imaginarlos con historias retorcidas en vez de comuniones familiares, que mantengo la esperanza de sorprender atisbos de confesiones, placeres incorrectos o conciencias abismadas a su realidad.
Para ese voyeurismo de peatón ensimismado, nada mejor que mirar a Gabriela Roel, que nunca fue tan bella como entonces, sus tacones andando las calles de la Condesa en los años cincuenta, medias de nylon y cuco
outfit sastre, hasta entrar al edificio /al departamento del que ningún personaje saldrá hasta treinta años después. Porque desde que Socorro (la Roel, pues) traspasa el umbral y se quita las medias de liga con lenta coquetería, el departamento es protagonista y desde su interior se cuenta la historia de la Ciudad de México, nunca de forma didáctica, mostrando de refilón los cinco que seis pesares que la han asolado -las huelgas ferrocarrileras, el movimiento del 68, la opulencia y la crisis de los setenta, el terremoto de 1985-: idea que ya habría resuelto George Perec con más elegancia en sus novelas Las cosas y La vida. Instrucciones de uso, o que por nece$idade$ de producción -y tal vez, también, estiras y aflojas con la censura- obligaron a Jorge Fons a encerrar a todo el 2 de octubre de Tlatelolco en un departamento, apenas un año antes de Ciudad de ciegos, en Rojo amanecer.Ciudad de ciegos cuenta diez historias urbanas y todo se cuenta desde la sala, el comedor, el baño, la cocina, las recámaras del mismo departamento, que va cambiando de inquilinos. La música del rock and roll le enseña a Leonor (Claudia Fernández) el inicio de su emancipación; los Juegos Olímpicos en la tele anuncian el movimiento estudiantil y obligan a que Lucio (Benny Ibarra) tire su mois al excusado; el monólogo telefónico de Inés (Blanca Guerra) bosqueja su final cuando se ve muy de pasadita el libro El segundo sexo de Simone de Beavouir, y las pacas del periódico La Jornada caracterizan el tono de ese grupo de rock imposible en el que convive Santa Sabina con Saúl Hernández y el Sax de la Maldita Vecindad. Tal vez lo heterogéneo de los guionistas -Herman Bellinghaussen, José Agustín, Marcela Fuentes-Berain, Paz Alicia Garcíadiego y Silvia Tomasa Rivera- entorpece el total de la película, y como ocurre con los compilados, no todas las historias tienen la misma altura, pero incluso esta diferencia de tonos refuerza lo verosímil de la ficción, en la que el departamento lo mismo es depositario de cuentos picarescos que de melodramas, de inquilinos solitarios y agobiados que de familias agobiantes de tan nutridas.
Déjenme trascender el comentario guarro de que además se ven las tetas de todas las actrices que salen en la peli; porque reinterpretando,
Ciudad de ciegos en realidad podría ser una historia de la sexualidad chilanga, o más específico, de las mujeres chilangas y sus conquistas, tema que Cortés ya había abordado en otra película de oscuro culto, Amor a la vuelta de la esquina (85). Desde la clandestinidad de Socorro hasta el liberalismo chairo de Marisela (Rita Guerrero), quien sin pedos lleva a dormir a su chavo al depto con la complicidad de una madre Mara (Macaria) tan progre que mira (tremendo cliché) documentales de inmigrantes: Ciudad de ciegos también puede revisarse como una "historia de la vida privada" de la femeneidad o el feminismo (corríjanme las expertas en género), con una resolución que puede pecar de ese optimismo -hemos conquistado todas nuestras libertades- propio de la izquierda quesque propositiva sociedad civil del primer PRD, el que era víctima del salinato y aun se fingía honorable con el rostro de esfinge de Cuauhtémoc Cárdenas.
Ahí podría estar el error de
Ciudad de ciegos, en cierta arrogancia ideológica que imagina la perfección ciudadana desde una izquierda tan monolítica como el mismo Tatita Cárdenas, y que proviene de la formación del director y los guionistas, esos lectores bravos y consecuentes de La Jornada que en esos años noventa sonaban tan pertinentes y que ahora tristemente se han anquilosado. Defecto del que también adolece la novela Pánico o peligro de María Luisa Puga, que torpemente intenté reseñar por acá.
Pero política aparte, denme chance de engolosinarme con lo que
Ciudad de ciegos tiene de cine y de emocionante: el regodeo en los objetos según las épocas, esa descripción cuidadosa de muebles, cuadros, libros, recámaras, que solamente un chilango de vieja estirpe puede reconocer a lo largo de sus varios departamentos alquilados; los festejos clandestinos de los criados -la historia de Teo (Zaide-Silvia Gutiérrez) y Piter (Luis Felipe Tovar)- con musiquita de fondo de Rigo Tovar; la viñeta ingenua y romántica, con lluvia inhóspita y apocalipsis exagerado, de Raquel (Verónica Merchant) y Salvador (Roberto Sosa), tan adolescentes y hermosos ambos; o el perverso adulterio de Saúl (Enrique Rocha) con Fabiola (Elpidia Carrillo) que estremece cuando llega el temblor y el close up de la descorazonada amante se acompaña del blues fatal "Aquí me quedo" de José Elorza.
En otro post se valdrá hacerse el inquisitivo de los muchos nuevos cines mexicanos, en particular de aquel que ocurrió entre finales de los ochenta e inicios de los noventa. En la madrugada sólo vale pergeñar lo que proviene de la emoción; en la mía confieso que dos veces he soñado que le muestro esta película a dos personas que me han importado; supongo que el psicólogo que no consulto lo interpretaría como querer darle, a esas personas, el reducto desde donde podría construir mi amor por la ciudad. En
Ciudad de ciegos recupero al Distrito Federal que en otros momentos me decepciona con sus tantos conductores animales y con sus tan pocas faldas cortas. Si reinterpretara más: tal vez la Ciudad de México más sugerente se vive al interior de sus departamentos, en alcobas oscuras, tras las cortinas amarillas que apenas dejan imaginar sus historias.

PD1: Y el soundtrack es al alimón entre José Elorza y El Jefe Jaime López. Decir que es excelente es una obviedad.

PD2: Por puro morbo, acá el final de la peli. Santa Sabina, Sax de la Maldita Vecindad, y Saúl Hernández, cuando todavía cantaba, covereando-pocheando al Rey Lagarto con la frase: "dis is di en, mai fren"



PD3: Ya entrados en gastos, un trailer de la peli, cortesía de VeneMovies



Por ahí leí que la peli se puede bajar desde Ares o desde Emule. Ahí investíguenlo por su cuenta, digo, todo lo quieren peladito y a la boca. Chales con ustedes. Me voy a dormir.

miércoles, 17 de marzo de 2010

San Remo Café

¿Han notado que en las cajas de los Oxxos y los cafés de franquicia, cuando les dan su vuelto, debajo les dan el papelito de la nota y que es el acto más estorboso e inútil del mundo, porque el papelito se enreda entre las monedas y los dedos y además no sirve para nada y luego uno se ve torpe y estando así se trastoca el orden del universo y provoca un inicio de agrura que con poco cuidado podría transformarse en severa úlcera gastrointestinal? ¿No se les antoja entonces decirle al cajero que no les interesa el papelito y cuando ellos insisten no les dan ganas de restregárselos en las narices y después sacar un cuerno de chivo y acribillarlos y después destruir la franquicia y los jardines adyacentes y ya entrados en gastos propiciar algo semejante a una espantosa hecatombe nuclear?
En cosas así pienso cuando estoy en la caja del San Remo Café de Plaza Universidad, antes de sentarme a escribir hermosos pensamientos sobre la humanidad y su sagrada misión en el mundo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cuestiones de ritmo

(cuando voy en la calle y voy imaginando un post siempre imagino un ritmo, un ritmo testarudo, atrabancado, que se cae a trompicones y se levanta sin la menor gloria, con más riñones que cerebro; la perorata machacona del antipático que quiere ligarse a una muchacha a la que ha aburrido desde el inicio de la conversa, pero insiste y sin ver que lo han dejado solo sigue caminando y recapitulando necedades para enamorarse de sí mismo aunque eso apenas resulte una salpicada de patético onanismo; así me gusta que suene el fraseo, esa insistencia ciega de quien no tiene nada brillante qué declarar pero si deja de decirlo se abarranca peor y el ni modo de la supervivencia le obliga a ofrecer como nuevas tres ideas ya choteadas, aburridas pero que no le hacen mal a nadie porque al menos no quieren protagonizar, rescatarse como aforismo o encabezar el marketing social media de lo frugal)
(en cambio a veces redacto y limo oraciones y cuando estoy a punto de decir algo me pasmo al sentir que finjo una cátedra de sentido común y contención, entonces me entristezco porque sé que estoy a punto de volverme en quien no quiero, resignarme a mirar por encima de los anteojos beneméritamente y conformarme con representar a ese que no tuve más remedio que ser; ahí me agobio y me aterro de mí mismo y es cuando prefiero cerrar la plantilla de blogspot y me voy a cuidar granjas de facebook o algún otro juguete virtual de generosa evasión)

miércoles, 3 de marzo de 2010

La señorita Búho, The Police, Horacio Quiroga y la necesidad de ser prolíficos, versátiles y ambidiestros

La Señorita Búho es curiosa insegura impulsiva torpe sexy hiperactiva y graciosa, todo al mismo tiempo, lo cual la hace un ser de lo más complicado. Y me estaba diciendo por el msn que se sentía insegura con sus cuentos, quince minutos antes de que Luis Gerardo Salas anunciara en el internetero Rock 101 que pondría la rola “Every little thing she does is magic” de The Police, “como no se había escuchado en los últimos quince años que no existió Rock 101”; y como a veces da flojera ponerse crítico y está más bueno ser emocional, aunque no fuera cierto se lo creí. Escuchar y querer escuchar más The Police fue lo mismo, por suerte existe Taringa! y con cierta paciencia uno puede bajar seudolegalmente lo que quiera, y en tres clicks de mouse me topé con el Message in a Box, tan azul y hermoso él, con todas las rolas del grupo, que fue tan bueno y luego tan malo y después de nuevo bueno y últimamente muy choteado, aunque a veces a uno lo vence lo choteado y qué bonito ponerse a oír. No recuerdo cómo perdí esta caja, si me acuerdo cuándo la compré, y dónde la compré, en una tienda pequeña de discos al lado del Cine de las Américas, se jactaba de vender puros discos importados y tan mamón que era uno a los veintipocos, mejor pagar cien pesos más pero presumirle a todos que era la caja inglesa originalmente venida de Inglaterra e inglesamente original. La señorita Búho reclamó porque no le contesté a no sé qué pregunta, ok, los cuentos, debe ser triste escribir un cuento y sentirse inseguro de haber escrito un cuento, es muy triste perder la sensación, incluso falsa, de que se escribe como si se fabricaran bombas molotov artesanales, y hago responsables de esa tristeza a los manuales decálogos tratados y reglamentos del cuento perfecto (estoy hablando de ti, Quiroga); ya sé que los cuentos deben evolucionar y Ser Arte y que todo narrador que se respete debería enmarcar “La caída de la Casa Usher” e hincarse todos los días diez minutos frente a él y venerarlo desproporcionadamente, pero qué joda si un cuento perfecto nos vuelve cuentistas tristes y no podemos hacer caminar a ningún personaje porque les pesa el peso de tanto Carver y Cortázar y Chejov. Información no autorizada me hace intuir que ellos escribieron sus cuentos pasándose antes a sus maestros por el arco del triunfo, y que lo más importante que debe aprender un cuentista es a deshacerse de todos los fardos ilustres antes de empezar a escribir. Entonces estaban los cuentos y estaba The Police. Y la Señorita Búho gritando desde el azul-gris-azul-gris de la ventana del msn. Y se hacía obligado escucharse, por ejemplo, el momento en el que inició The Police. “Fallout”. No se puede seguir leyendo si no escucha antes “Fallout”:





La guitarra de Andy Summers es básicamente rupestre e imperfecta. Sting se escucha tan destemplado que todavía debe darle vergüenza. Stewart Copeland aporrea la bataca tan estúpidamente que parece filetero de bisteces administrando las ganas de matar a su mujer. Compárese con la delicadeza del “Tea in the Sahara” (y hablando de todo un poco, ¿por qué no dejan de leer este post y se van a leer a Paul Bowles?) y es cierto que falta misterio, delicadeza instrumental, reposo sensual del bajo y juguetitos sonoros que aporten arena y turbantes y oasis new wave. Pero, ¿quién menosprecia la energía, el ánimo trompicado del inicio postpunk de The Police? Ajá, dice Madmoiselle Hibou, y eso qué tiene que ver con los cuentos. Y pues ajá, pues tiene que ver eso, que el cuento más estructuralmente perfecto pero sin energía, es una verdadera pérdida de tiempo y una auténtica tristeza. De ahí que se vuelva impostergable dictar alguna regla del cuento perfecto:


Regla 1 del cuento perfecto: No hay que leer el decálogo de Quiroga, hay que escuchar el primer disco de The Police.


Después le agregué a Milady Owl que para escribir un buen cuento también había que saber mover las caderas (Eduardo Casar decía que uno debía saber escribir moviendo todo el cuento) pero eso más bien se lo lancé de buscapié pa’ ver cuándo le damos a la danzoneada. La conclusión de este bonito post debería ser que hay que escuchar a The Police y olvidar que Mix FM y Universal Stereo lo han choteado.

Miento: el post en realidad debió haberse tratado de cinco tuits que perpetré hace rato y que decían que para recuperar las obras choteadas de Los Beatles, Police y Jaime Sabines, había que escucharlos o leerlos desde sus obras menos famosas y después llegar hasta sus oldies but goldies, pero no sé por qué se fue el post por acá y ni modo de andar rehaciendo todo, sobre todo cuando hay tanta gente reclamando porque hace mucho tiempo que no posteo y tal. Entonces eso mejor lo posteo después. Baste poner de adelanto que @sabandijiux después hizo unos bonitos comentarios tuiteros que hablaban de …jazz, y Occidente, individualismo, sentido del tiempo, nostalgia, radios de onda corta, un citroen aparcado en una calle solitaria… películas en blanco y negro, sin subtítulos, películas del otro lado del mundo, películas grandiosas, ciudades industriales llenas de hollín, un invierno en Venecia.
Antes de todo eso decía que debíamos ser prolíficos, versátiles y ambidiestros. Le creo. Por eso insisto: Oigan a The Police:





Y más The Police:



Y más The Police:



Y ya me voy a ver si N ya me habla. Shu, shu.