No fue a propósito, pero sin darme cuenta me tocó estar en CU hoy, dos de octubre. Cuando terminé mi trabajo en la hemeroteca vi que en la sala principal había una pequeña exposición del movimiento estudiantil del 68. A pesar de la eterna urgencia por llegar a casa a seguir la chamba, me asomé a ver. No había mucho más de lo que ya se conoce: las fotos de las marchas, notas de periódicos denostando el movimiento, los carteles olímpicos reelaborados con granaderos y la cara de simio de Díaz Ordaz. Si acaso, me entusiasmó encontrar volantes originales que invitaban a los actos, y algo más que se me hizo excesivo, un disco donde se escuchan los discursos del rector Javier Barros Sierra.
Empecé a mirar con escepticismo, después me di cuenta que no había testigos que pudieran balconearme y me puse a disfrutarlo de verdad.
Porque aquí vendrían dos confesiones que parecerían vergonzosas en estos tiempos calderonistas-convenientes-timoratos del 2008: me gusta el tema del 68, y me gusta de disfrutarlo, de haber querido estar ahí, sin importarme demasiado -sin darle la dimensión fúnebre- a la matanza de Tlatelolco.
Es decir, el final trágico del 2 de octubre no me puede tanto como los ambientes festivos de las brigadas, las bravatas en las marchas, imaginar la sabrosa interrelación de estudiantes encauzados en el objetivo común. Seguro que sería motivo suficiente para mi linchamiento preferir el carnaval que la tragedia; el matiz Kevin Arnold que las otras interpretaciones del 68. Y es curioso: de este punto de vista depende la interpretación del 68 en el presente: quienes lo asumen como una tragedia, acartonan los semblantes hasta obligarnos a compartir la culpa de Díaz Ordaz y Echeverría; quienes lo vemos como una fiesta estamos condenados a consumir Bob Dylands y horas de Los Beatles hasta nuestra lenta muerte por melancolía.
Yo me habré enterado del movimiento en la infancia, hacia los ocho años; un tío tenía en su recámara el libro de Juan Miguel de Mora T 68 (Tlatelolco 68): ¡por fin toda la verdad! Me sorprendió el tono amarillista de la contraportada, debía decir algo así como "la realidad de un México sanguinario que nadie quiere contar". Pero me sorprendió más que cuando le pregunté al tío de qué se trataba, me contestó que no estaba en edad de saberlo y que era de esas cosas que debían hablarse en voz baja. El tono clandestino de la advertencia me hizo percibir realidades distintas a mi realidad. Algo ocurría normalmente en la sala de la casa, en la televisión, en los Aurrerá. Y otra cosa, más lúgubre, pantanosa, indecible, ocurría en algunos libreros o en lo que se escondía en los cajones. Debe ser por eso que nunca terminó de impresionarme Lovecraft. El verdadero horror cósmico ocurría en lo que no se podía decir, en lo que pasaba cuando la gente empezaba a charlar en susurros. Pero ese tema está más bueno para alargarlo en otro post.
Mi encuentro directo con el 68 ocurrió hacia los quince años, cuando encontré un número especial de Nexos dedicado al tema, se llamaba "Pensar el 68", estaba coordinado por Gilberto Guevara Niebla y Raúl Álvarez Garín, dos de los líderes del movimiento (después, ese número se editó en libro, en Cal y Arena, y creo que es relativamente fácil de conseguir). Había una cronología acuciosa del movimiento, desde finales de julio hasta diciembre que se disolvió por completo el CGH, y lo leía de lo más impresionado, era espeluznante pensar que algo tan memo como un tochito en La Ciudadela pudiera crecer como bola de nieve hasta convertirse en un movimiento que tuviera en vilo al país, y que amenazara instituciones tan pétreas como el Sr. Presidente. Me daba cuenta que eran expresiones inéditas contra la obediencia sin cuestionamiento a la que yo estaba acostumbrado. Me asombraba pensar que quince años antes de mi momento se pudiera ser tan valiente y renegón.
Que esta revista se publicara hacia los mismos tiempos en que Cuauhtémoc Cárdenas iniciaba su movimiento contra el PRI (el que a la larga terminó en la fundación del PRD) enlazó ambas eras y probablemente sea el momento más rabioso del 68. Lo que tanto se ha dicho: que el movimiento estudiantil hace un puente directo con los movimientos antipriístas de los ochenta y (acá viene el cliché político) "ayudó a construir la democracia" bla bla bla.
No diré que me volví un fan iracundo del 68, de apañarme todas las memorabilias posibles, pero sí iba siguiendo las notas, los libros, los comentarios alrededor del tema. En mis tiempos de intensito sufrí horrores porque mataban a los hijitos de Hécto Bonilla en Rojo amanecer (después padecimos peor que los hermanitos Bichir siguieran vivos en tooodas las películas nacionales) y obviamente fui a cuatro que cinco marchas conmemorativas, como si asistiera a un rito iniciático, con la cabeza gacha y el pesar estallando en la mirada (así de excesivo, si no se iba de otra forma, ¿para qué se iba?).
Después se han dado, simultáneamente, las glorificaciones y satanizaciones; al tiempo que la derecha procura relativizar la pertinencia del movimiento, la izquierda lo enarbola hasta convertirlo en un dogma religioso francamente chocante. En este momento, entrarle al tema del 68 suena a lugar común acartonado, que se defiende o se desdeña con más demagogia que inteligencia.
Supongo que aquí sigue la parte en que debo dar el consejo: "por eso no debemos olvidar el 68, debemos regresar a él y conmemorarlo con hartísima devoción, porque El México Moderno está hecho de los niñitos héroes de Chapultepec y los otros niños rabiosos de Tlatelolco", pero la verdad es que de tan gastado, el tema está condenado en caer más y más en lo simbólico y menos en su realidad. A fin de cuentas, las peticiones del 68 de alguna manera están cumplidas: se puede marchar cuanto se quiera y como se quiera, los granaderos siguen existiendo pero están nulificados a su mínimo poder, justamente para contrarrestar su tradición de represión e intransigencia; los canales de libre expresión están dados, su manipulación ahora es más sutil y perversa (gracias Fox), a lo que se agrega una expresión política mucho más estúpida (gracias Peje).
Es decir: el 68 logró sus objetivos a largo plazo, pero sin saber que el resultado sería la creación de una sociedad estúpida y agachona, inflada de hipotecas, comerciales de Valores (de los de tienes el valor o te vale) y festivales blancos con velitas para horario estelar de televisión.
El 68 ya no existe ni sirve: perdió su pertinencia y está más que listo para mirarse en vitrinas de museos, para escucharse en hallazgos arqueológicos de folk sesentero y para que Alfonso Cuarón haga una peli que venderá muchas palomitas el próximo año. Imagino que era su destino. Y que con él, va el destino de quienes encontramos en aquel movimiento cierto sentido. Nos tocará seguir revisando su memorabilia en solitario, con cierta vergüenza reprimida, con (como diría López Velarde) la íntima tristeza reaccionaria.
jueves, 2 de octubre de 2008
El 2 de octubre y la íntima tristeza reaccionaria
Etiquetas:
cosas terribles que ocurren,
panfletos mesiánicos
martes, 23 de septiembre de 2008
Se solicita diseñador/a gráfica/o
que me ayude a hacer un cartel semejante a éste:

pero con esta nueva foto:

Las letras altas deben decir: POETA OCTAVIO PAZ
El comentario entrecomillado: "Hombre, árbol de imágenes,/palabras que son flores que son frutos que son actos. "
Y las letras a mano con la flecha dirián: YO SÉ QUE NO TERMINÓ NINGUNA LICENCIATURA DE LETRAS. NO LE CREAS NADA
Después los logos de No Te Calles Alza La Voz, Consejo Nacional de la Publicidad y todo lo que sigue.
(PD: Obviamente la persona que ayudara a hacer el cartel tendría que estar debidamente graduada en diseño gráfico, mandar archivos certificados de sus diplomas y cédulas profesionales. Honestamente lo necesitamos)

pero con esta nueva foto:

Las letras altas deben decir: POETA OCTAVIO PAZ
El comentario entrecomillado: "Hombre, árbol de imágenes,/palabras que son flores que son frutos que son actos. "
Y las letras a mano con la flecha dirián: YO SÉ QUE NO TERMINÓ NINGUNA LICENCIATURA DE LETRAS. NO LE CREAS NADA
Después los logos de No Te Calles Alza La Voz, Consejo Nacional de la Publicidad y todo lo que sigue.
(PD: Obviamente la persona que ayudara a hacer el cartel tendría que estar debidamente graduada en diseño gráfico, mandar archivos certificados de sus diplomas y cédulas profesionales. Honestamente lo necesitamos)
Etiquetas:
mensajes con valor
miércoles, 10 de septiembre de 2008
La hormiga y la cigarra. Un ejercicio hermenéutico en el Ermita-Mixcoac
Subió en Insurgentes. Cuarenta y varios años, mentón afeitado con descuido, camisa amarilla, lentes de armazón grueso.
"Amigos y amigas - Ediciones Gómez y Gómez me envía de representante- tengo el gran gusto de presentarles el libro de las fábulas y las leyendas - las fábulas son algo así como historias - o mejor dicho son historias - o historietas - donde los animales nos hablan y nos enseñan cosas de la sabiduría de la vida - porque está comprobado científicamente que los animales saben cosas que serían de gran utilidad a los hombres - los griegos lo sabían y por eso escribieron estas historias - porque los griegos son los padres de la humanidad - y por eso escribieron estas historias"
Divagué en tonterías y le escuché leer la fábula de La Hormiga y La Cigarra. La Hormiga afanosa mientras La Cigarra güevonea. La Hormiga invitando al trabajo y La Cigarra despreciándolo. El invierno y La Cigarra titiritando de frío. La Cigarra pidiéndole ayuda a La Hormiga y ésta negándoselo. La Hormiga advirtiendo que debió prever trabajando. La Hormiga cerrando la puerta. La Cigarra enfrentada al inhóspito frío.
"Como todos ustedes podrán advertir - esta fábula al final da un consejo - un consejo que es mejor conocido como moraleja - Y, ¿cuál es la moraleja de La Hormiga y La Cigarra? - Pues que hay que ahorrar para no estar pidiendo favores a hormigas pendejas - Porque las hormigas nomás trabajan y acumulan y no van más allá de eso - Lo que las convierte básicamente en unas pendejas - perdonando la expresión pero es que sí son unas pendejas - mezquinas - el trabajo las hace mezquinas - los que trabajan son mezquinos porque han sufrido desperdiciando su vida y quisieran que todos las desperdiciáramos como ellos - y por eso cuando encuentran cigarras sufren terriblemente - inclementemente - piensan en la primavera y en el sol y que ellas estaban arreando como mulas mientras la cigarra tocaba su guitarra - y básicamente por eso nos odian - por eso cuando pueden vengarse lo hacen y dicen cosas mordaces - que el trabajo dignifica porque solo así pueden sentirse dignas de tanto desperdicio de vida - pero en realidad no pueden evitar que nadie nos haya quitado lo bailado - y ellas odian saber que nunca jamás nos quitarán lo bailado - y peor - que ellas no bailaron - entonces su venganza es pequeña pero es venganza - porque adoctrinan - porque se vuelven ejemplo - porque no te tiran ni media tortilla - tienen el alma tan fruncida que no les alcanza ni para tortillas - por eso esta fábula nos dice la moraleja que yo les digo - tengan una cuenta de ahorros - tengan un fondo de retiro - cuando les caiga una buena lana métanla a un fondo de inversiones - usen la tarjeta para darse gusto, pero dense cuenta cuándo podría sobregirarse para que no les pase y no tengan que pedirle nada a ninguna hormiga pendeja - para no molestarlas - para no perturbarlas - para dejar que se mueran solas y en silencio - aburridas pero en paz consigo mismas - imaginando que en su granero un día podrían juntarse muchas hormigas a tocar la guitarra - guitarras solas sin calor en las venas - mirándose desde sus sillas y preguntándose quien saca a bailar a quien primero - pero básicamente aburridas - aturdidas - sabiendo que nunca podrán hacerlo - básicamente porque nunca lo aprendieron - porque el alma no les alcanzó para eso - estupefactas mirándose unas a otras, tan llenas de granos y sin ninguna guitarra - y aunque no lo sepan ésa es la venganza de la cigarra - que ella sí sabe tocar guitarra - pero que si la otra no le lanza ni medio taco - la cigarra nunca tampoco se lo va a enseñar - porque saber tocar guitarra es un misterio - que ellas no entenderán - son misterios de la vida que ocurren solamente cuando se tiene la guitarra - pero que de otra forma y a almas tan pendejas, difícilmente se les puede enseñar"
Finalizaba el discurso y yo lloraba conmovido. Carajo, tres meses intentando este post y él resolviéndolo en tres patadas. Eso es sabiduría y no pedazos. Le compré su edición de las fábulas, pero nunca tuvo su impulso, su sapiencia. Por suerte estuvo barato. Me alcanzó también para un curso rápido para tocar guitarra.
"Amigos y amigas - Ediciones Gómez y Gómez me envía de representante- tengo el gran gusto de presentarles el libro de las fábulas y las leyendas - las fábulas son algo así como historias - o mejor dicho son historias - o historietas - donde los animales nos hablan y nos enseñan cosas de la sabiduría de la vida - porque está comprobado científicamente que los animales saben cosas que serían de gran utilidad a los hombres - los griegos lo sabían y por eso escribieron estas historias - porque los griegos son los padres de la humanidad - y por eso escribieron estas historias"
Divagué en tonterías y le escuché leer la fábula de La Hormiga y La Cigarra. La Hormiga afanosa mientras La Cigarra güevonea. La Hormiga invitando al trabajo y La Cigarra despreciándolo. El invierno y La Cigarra titiritando de frío. La Cigarra pidiéndole ayuda a La Hormiga y ésta negándoselo. La Hormiga advirtiendo que debió prever trabajando. La Hormiga cerrando la puerta. La Cigarra enfrentada al inhóspito frío.
"Como todos ustedes podrán advertir - esta fábula al final da un consejo - un consejo que es mejor conocido como moraleja - Y, ¿cuál es la moraleja de La Hormiga y La Cigarra? - Pues que hay que ahorrar para no estar pidiendo favores a hormigas pendejas - Porque las hormigas nomás trabajan y acumulan y no van más allá de eso - Lo que las convierte básicamente en unas pendejas - perdonando la expresión pero es que sí son unas pendejas - mezquinas - el trabajo las hace mezquinas - los que trabajan son mezquinos porque han sufrido desperdiciando su vida y quisieran que todos las desperdiciáramos como ellos - y por eso cuando encuentran cigarras sufren terriblemente - inclementemente - piensan en la primavera y en el sol y que ellas estaban arreando como mulas mientras la cigarra tocaba su guitarra - y básicamente por eso nos odian - por eso cuando pueden vengarse lo hacen y dicen cosas mordaces - que el trabajo dignifica porque solo así pueden sentirse dignas de tanto desperdicio de vida - pero en realidad no pueden evitar que nadie nos haya quitado lo bailado - y ellas odian saber que nunca jamás nos quitarán lo bailado - y peor - que ellas no bailaron - entonces su venganza es pequeña pero es venganza - porque adoctrinan - porque se vuelven ejemplo - porque no te tiran ni media tortilla - tienen el alma tan fruncida que no les alcanza ni para tortillas - por eso esta fábula nos dice la moraleja que yo les digo - tengan una cuenta de ahorros - tengan un fondo de retiro - cuando les caiga una buena lana métanla a un fondo de inversiones - usen la tarjeta para darse gusto, pero dense cuenta cuándo podría sobregirarse para que no les pase y no tengan que pedirle nada a ninguna hormiga pendeja - para no molestarlas - para no perturbarlas - para dejar que se mueran solas y en silencio - aburridas pero en paz consigo mismas - imaginando que en su granero un día podrían juntarse muchas hormigas a tocar la guitarra - guitarras solas sin calor en las venas - mirándose desde sus sillas y preguntándose quien saca a bailar a quien primero - pero básicamente aburridas - aturdidas - sabiendo que nunca podrán hacerlo - básicamente porque nunca lo aprendieron - porque el alma no les alcanzó para eso - estupefactas mirándose unas a otras, tan llenas de granos y sin ninguna guitarra - y aunque no lo sepan ésa es la venganza de la cigarra - que ella sí sabe tocar guitarra - pero que si la otra no le lanza ni medio taco - la cigarra nunca tampoco se lo va a enseñar - porque saber tocar guitarra es un misterio - que ellas no entenderán - son misterios de la vida que ocurren solamente cuando se tiene la guitarra - pero que de otra forma y a almas tan pendejas, difícilmente se les puede enseñar"
Finalizaba el discurso y yo lloraba conmovido. Carajo, tres meses intentando este post y él resolviéndolo en tres patadas. Eso es sabiduría y no pedazos. Le compré su edición de las fábulas, pero nunca tuvo su impulso, su sapiencia. Por suerte estuvo barato. Me alcanzó también para un curso rápido para tocar guitarra.
Etiquetas:
Glorias nacionales,
panfletos mesiánicos
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Jacobo y La Marcha
No tenía muy claro por dónde entrarle al tema de La Marcha Contra la Delincuencia; el respeto a tanto asesinado y secuestrado se peleaba con el recelo de ver a todos esos personaje conmovidos -el Juan José Origel y la Claudia Lizaldi, la Hania Novell y los niños patéticos de la última Academia, las lágrimas tan indescriptibles de Adal Ramones, las pelotas inmaculadas de los partidos de fut, las portadas con veladoras de todos los periódicos, el enorme listón blanco en el pretencioso edificio del periódico Reforma- tan oportunamente blanqueados de blanquísima blancura. El reclamo se me hace pertinente, desconfío mucho de su ejecución.
Tenía tanto resquemor que preferí evitar la ironía in situ y, como dirían los P. Mosh, vi la revolución desde mi televisor. Después la tele me regañó y me dijo que no se trataba de una revolución naca pinchona revoltosa perderrista, sino de unir voces en un grito desesperado (Cfr. Carlos Cuauhtémoc Sánchez) para expresar un contundente Ya Basta a la impunidad y a las ineficaces autoridades del país. Perdóname, tele, le dije arrepentido a la tele y me concentré en mirar.
Después me limité a leer las opiniones a favor o en contra, sin intención de abundar. Hasta que en la tarde del lunes, mientras comía unos tacos de guisado que están casi enfrente de la Cineteca, pasó un auto y desde su radio escuché esa voz inconfundible, de micrófono trabado en la laringe. Los años setenta y ochenta mexicanos no pueden entenderse sin ella. Y sin la figura flemática, acartonada, de Jacobo Zabludowsky al frente de 24 Horas, su noticiero de Televisa.
Lo inmediato fue pensar qué habrá dicho sobre la marcha en su programa de radio. Y la otra pregunta, más especulativa: ¿cómo habría hecho la crónica de la marcha del sábado anterior?
A Jacobo le tocó ser el periodista de la censura priísta, el entrevistador en exclusiva de los candidatos del partidazo, el fustigador de los movimientos políticos alternativos (PAN, PC, PSUM después derivado al Frente Cardenista del 88 y al PRD) al todopoderoso tricolor. Y no es casual que su estrella televisiva decayera al tiempo que la hegemonía priísta se desquebrajara. Después, desde la radio, ha intentado posturas críticas e incluso sorprendió cuando en las elecciones de hace dos años tuvo un claro sesgo proPeje. Quienes lo conocíamos de antes supusimos en esta postura una forma de lavar culpas. Esta expiación también la ha mostrado en entrevistas, cuando ha declarado que su postura parcial era obligada por las políticas de la empresa donde trabajaba.
Por este periodismo sesgado fue víctima de las burlas y caricaturizaciones de los opuestos a su exempresa. Hasta Caifanes le hizo una rola que se quería ojete y les quedó más bien pinchona. Pero intentando justificarlo: Jacobo no pudo ser mucho más de lo que su momento histórico le permitió. Y de ahí sigue un intento de apología: y con eso poco que podía hacer, logró convertirse en el cronista más solicitado del México que se vivió en la televisión. Hizo relatos emocionantes de diversos momentos de la vida mexicana: él declaró la muerte de Colosio, él hizo las crónicas de las visitas del Papa, él entrevistó a los santones de esos tiempos (Salvador Dalí, María Félix, Cantinflas, Octavio Paz), él siguió todos los informes de gobierno de todos los presidentes de su época (De Díaz Ordaz a Ernesto Zedillo: treinta años con seis sinvergüenzas no es poca cosa) y quien siga dudando de sus habilidades no podrá negarse a reconocer lo estremecedora de su crónica, en tiempo directo, del terremoto de septiembre del 85.
Tras su salida de Televisa y con su incursión a la radio, la apuesta periodística de Jacobo se ha acentuado hacia la remembranza (el cliché convertido en nicho) del México que se fue. Jacobo entrevista taxistas, meseros, dueños de pequeños negocios, boleros o expertos de oficios vetustos que ahora sólo existen como rarezas. El intento es recuperar una ciudad anterior a todas las crisis: las económicas, las políticas, las sociales, las policíacas y de justicia de ahora. Una ciudad anterior incluso a la nefasta influencia del propio Jacobo como comunicador.
La ciudad que no se cansa de evocar Jacobo en columnas, entrevistas y crónicas radiales: un Centro Histórico sin vendedores ambulantes, una Zona Rosa con intelectuales y artistas en innovación continua, clases medias dignas que habitaban las colonias Narvarte y Del Valle, los ricachos de Polanco y Las Lomas como emprendedores suertudos que consiguieron amasar fortuna gracias a su esfuerzo y a que les hizo justicia la Revolución. Una ciudad movida con una doble moral eficiente, bien engrasada, en la que pobres y ricos conviven en una injusta pero armónica fraternidad. Sólo eso hace posible que el Jefe Jacobo llegara todas las mañanas a las afueras de Televicentro y platicara animadamente con quien le bolea los zapatos; Jacobo le habla del clima y el bolerito de las changuitas del dancing club donde él baila; Jacobo le promete que le conseguirá un autógrafo del mismísimo Chente Fernández y el bolerito le presumirá que también le bolea los zapatos a él.
La utopía tiene forma de ciudad: existen ricos y pobres, pero unos y otros están muy satisfechos de su condición. El distingo entre Nosotros los pobres y Ustedes los ricos nomás sirve para que un hijo del pueblo como Pedrito le cante a su chorreada con un miserabilismo conmovedor. Porque hay que aceptarlo, el nivel social va acompañado del nivel moral: el rico es fruto de su esfuerzo, su tesón, alguna simpática trampilla que tiene más que ver con su astucia (el lobo de los negocios) que con su probable (Dios nos libre) infamia. El pobre no sólo es pobre porque quiere, además se siente muy contento de serlo. ¿Huelgas de ferrocarrileros, campesinos? Gente ignorante que se deja llevar por ideologías extranjerizantes. ¿Partido Comunista, guerrilla? Impacientes que no permiten que la riqueza y las oportunidades lleguen a ellos cuando naturalmente se desborde la economía hacia abajo. Por fortuna, la gran mayoría de la sociedad mexicana es eso que llaman gente buena, sencilla, generosa, trabajadora, que describe con su inigualable picardía la guapura de López Mateos y la fealdad de Díaz Ordaz.
Jacobo ha ilustrado ese edén citadino, imperfecto pero entrañable, cuando presume su infancia en La Merced, cuando jugaba futbol con el hijito del arbano tendero Slim (sí, jugaba con Carlitos) y otros peladitos que ya no se recuerda el nombre pero eran de lo más simpáticos.
Después, cuando le tocó hacer la crónica de los setenta y ochenta mexicanos, mucho de su acartonamiento iba permeado por el azoro de no entender ese país y esa ciudad que se le estaba yendo de las manos entre devaluaciones, explosiones demográficas, oposiciones al priísmo idílico cada vez más nutridas y sólidas, y voces que ya no se conformaban con su hermosa ciudad armónica.
Jacobo contempló sin entenderlo la transformación de una ciudad-un país- degradados por la mala distribución de la riqueza, con gobiernos ilegítimos que se esfuerzan en justificarse (pensaba en Salinas, incapaz de imaginar otros fraudes), con desdén hacia los esfuerzos de sobrevivencia de las clases medias lumperizadas, las cuales encontraron vías de escape en dobles empleos-subempleos-mercados-negros que originaron poderes paralelos (y he ahí el origen de las mafias, Cfr. Historia de la Mafia, de Guiseppe Carlo Marino), con clientelismo tricolor y amarillo (los azulitos no le hacen a prácticas tan nacas, prefieren negocios chonchos y legales aunque no éticos, Cfr. el metrosexy Mouriño), con matanzas como Acteal, Ciudad Juárez o Aguas Blancas convertidas en panfletos culturales de nuestros artistas consentidos (tan bonita la Bauché interpretando a una asesinada comprometida), con monopolios de globos aeroestáticos (y la ostentación imperialista: Todo México es territorio Slimcel), con accidentes que evidencian la indefensión de cualquier trasnochador común y corriente, con el recelo contra el otro, con estilos de vida contra vidas sin estilo y el cinismo disfrazado de declaración oficial. En ese contexto, ¿cómo carajos no se va a dar el secuestro, el asesinato, el narcotráfico, la impunidad, la vulnerabilidad? ¿Qué tejido social sano existe para impedir la bonanza del crimen organizado?
La pobreza no es causa de la criminalidad, explica el sociólogo ITAM que sopesa la posibilidad de la pena de muerte. Y no, la pobreza no lo es, pero sí lo es el tejido social destruido, que obviamente abarca la pobreza, pero también la indiferencia, la polarización, la farsa política que se finge gobierno, el enriquecimiento ambiguo que no irradia a toda la población, la tolerancia a capos circenses como Ulises Ruiz o el gober precioso, la hipocresía doblemoralina de los medios que hace más conmovedora la muerte del niño Martí que la de los niños New's Divine, la martirización que hace de Fernando Martí su conscientizador-padre al lanzar sus frases tan brillantemente ochocolumneras ("si no pueden renuncien" me gusta para camiseta, pero "tenía una misión: despertar a México" me choca (asusta) (si fuera Fernando Martí vuelvo a morirme) por su oportunismo redentor).
Este... ya me enredé, ¿qué tenía que ver Jacobo con todo esto? Ah, ya. Que el lunes, mientras comía tacos, lo escuché y lo pensé describiendo la marcha. Y lo pensé reencontrando ese México idílico de tanta gente unida, ropita blanca y veladora mística, en el grito perentorio del Ya Basta. Y pensaba que ahí él volvería a contemplar su niñez variopinta en La Merced, el Mexiquito bucólico de ricos y pobres conviviendo como en comedia musical, el monolito revolucionario institucional que no se desquebraja (es un decir) en corrupción y racismo, la expresión genuina y ciudadana de frases sencillas (pero qué miedo: también lapidarias) pidiendo mano dura y orden y justicia, el cursi acompañamiento de las televisoras llorosas y un poco regañonas a quienes no asistimos al acto.
Pero también pensé que se encontraría con una ficción. Un montaje mediático basado en el chantaje sentimental. Una teatralización de ciudadanía que se cuida de no parecer partidista aunque sus reclamos tengan trasfondos anti-lo-que-no-soy-yo. Un espectáculo de luz y sonido perfectamente fotografiado, con mensajes sucintos, pero que por eso se niegan a interpretaciones más complejas. Un festival de la indignación sublimada en velas y ecos religiosos. La prefabricación televisiva de un momento histórico, como el final de La Academia, la presentación del hijo de Luismi o el inicio de la séptima temporada de 24. Artificial de tantas ganas de ser auténtico. Sospechoso de tanto énfasis en hacerlo bonito.
Si Jacobo validara emocionado esta marcha, ¿tendría que validar la menos linda de los 500 pueblos encuerados? ¿La de los oaxaqueños revoltosos? ¿La del otro reality show, tan menoscabado, del sup Marcos y sus encapuchados? ¿O esas pertenecen al México que no entiende, aunque sean de un México que corre paralelo a este México blanco? ¿Qué hace esta marcha superior a las otras? ¿Por qué esta sí merece cobertura especial y otras no? ¿Por qué esta marcha es ciudadana y la otra de acarreados, de raza, del pueblo, de nacos? ¿Por qué las otras son de acarreados si ésta tuvo el acarreo más sutil (ni siquiera tortas y refrescos, chale) de los medios y el alcahuete feisbuk? ¿Qué hizo de esta marcha prefabricada, higienizada, un acontecimiento tan especial?
Me atrevo a decir: no la mercadotecnia tan efectiva que aplicaron sus organizadores, ni la pertinencia política de quienes tienen intereses en "dar mensajes", pero tampoco (mucho menos) su tan mentada espontaneidad. Esta marcha funcionó por la nostalgia. La nostalgia de un México que ya no existe, que quizá nunca ha existido. El México Huapango de Moncayo que se estiliza en ropa blanca y veladoras como si fuera un ballet folklórico, un videoclip de los muralistas mexicanos, un rebozo de bolita que puede pasarse por un anillo. La nostalgia de ese México de estampita, y no otra cosa, fue la que iluminó tan artificiosamente el centro del país.
Tenía tanto resquemor que preferí evitar la ironía in situ y, como dirían los P. Mosh, vi la revolución desde mi televisor. Después la tele me regañó y me dijo que no se trataba de una revolución naca pinchona revoltosa perderrista, sino de unir voces en un grito desesperado (Cfr. Carlos Cuauhtémoc Sánchez) para expresar un contundente Ya Basta a la impunidad y a las ineficaces autoridades del país. Perdóname, tele, le dije arrepentido a la tele y me concentré en mirar.
Después me limité a leer las opiniones a favor o en contra, sin intención de abundar. Hasta que en la tarde del lunes, mientras comía unos tacos de guisado que están casi enfrente de la Cineteca, pasó un auto y desde su radio escuché esa voz inconfundible, de micrófono trabado en la laringe. Los años setenta y ochenta mexicanos no pueden entenderse sin ella. Y sin la figura flemática, acartonada, de Jacobo Zabludowsky al frente de 24 Horas, su noticiero de Televisa.
Lo inmediato fue pensar qué habrá dicho sobre la marcha en su programa de radio. Y la otra pregunta, más especulativa: ¿cómo habría hecho la crónica de la marcha del sábado anterior?
***
A Jacobo le tocó ser el periodista de la censura priísta, el entrevistador en exclusiva de los candidatos del partidazo, el fustigador de los movimientos políticos alternativos (PAN, PC, PSUM después derivado al Frente Cardenista del 88 y al PRD) al todopoderoso tricolor. Y no es casual que su estrella televisiva decayera al tiempo que la hegemonía priísta se desquebrajara. Después, desde la radio, ha intentado posturas críticas e incluso sorprendió cuando en las elecciones de hace dos años tuvo un claro sesgo proPeje. Quienes lo conocíamos de antes supusimos en esta postura una forma de lavar culpas. Esta expiación también la ha mostrado en entrevistas, cuando ha declarado que su postura parcial era obligada por las políticas de la empresa donde trabajaba.
Por este periodismo sesgado fue víctima de las burlas y caricaturizaciones de los opuestos a su exempresa. Hasta Caifanes le hizo una rola que se quería ojete y les quedó más bien pinchona. Pero intentando justificarlo: Jacobo no pudo ser mucho más de lo que su momento histórico le permitió. Y de ahí sigue un intento de apología: y con eso poco que podía hacer, logró convertirse en el cronista más solicitado del México que se vivió en la televisión. Hizo relatos emocionantes de diversos momentos de la vida mexicana: él declaró la muerte de Colosio, él hizo las crónicas de las visitas del Papa, él entrevistó a los santones de esos tiempos (Salvador Dalí, María Félix, Cantinflas, Octavio Paz), él siguió todos los informes de gobierno de todos los presidentes de su época (De Díaz Ordaz a Ernesto Zedillo: treinta años con seis sinvergüenzas no es poca cosa) y quien siga dudando de sus habilidades no podrá negarse a reconocer lo estremecedora de su crónica, en tiempo directo, del terremoto de septiembre del 85.
***
Tras su salida de Televisa y con su incursión a la radio, la apuesta periodística de Jacobo se ha acentuado hacia la remembranza (el cliché convertido en nicho) del México que se fue. Jacobo entrevista taxistas, meseros, dueños de pequeños negocios, boleros o expertos de oficios vetustos que ahora sólo existen como rarezas. El intento es recuperar una ciudad anterior a todas las crisis: las económicas, las políticas, las sociales, las policíacas y de justicia de ahora. Una ciudad anterior incluso a la nefasta influencia del propio Jacobo como comunicador.
La ciudad que no se cansa de evocar Jacobo en columnas, entrevistas y crónicas radiales: un Centro Histórico sin vendedores ambulantes, una Zona Rosa con intelectuales y artistas en innovación continua, clases medias dignas que habitaban las colonias Narvarte y Del Valle, los ricachos de Polanco y Las Lomas como emprendedores suertudos que consiguieron amasar fortuna gracias a su esfuerzo y a que les hizo justicia la Revolución. Una ciudad movida con una doble moral eficiente, bien engrasada, en la que pobres y ricos conviven en una injusta pero armónica fraternidad. Sólo eso hace posible que el Jefe Jacobo llegara todas las mañanas a las afueras de Televicentro y platicara animadamente con quien le bolea los zapatos; Jacobo le habla del clima y el bolerito de las changuitas del dancing club donde él baila; Jacobo le promete que le conseguirá un autógrafo del mismísimo Chente Fernández y el bolerito le presumirá que también le bolea los zapatos a él.
La utopía tiene forma de ciudad: existen ricos y pobres, pero unos y otros están muy satisfechos de su condición. El distingo entre Nosotros los pobres y Ustedes los ricos nomás sirve para que un hijo del pueblo como Pedrito le cante a su chorreada con un miserabilismo conmovedor. Porque hay que aceptarlo, el nivel social va acompañado del nivel moral: el rico es fruto de su esfuerzo, su tesón, alguna simpática trampilla que tiene más que ver con su astucia (el lobo de los negocios) que con su probable (Dios nos libre) infamia. El pobre no sólo es pobre porque quiere, además se siente muy contento de serlo. ¿Huelgas de ferrocarrileros, campesinos? Gente ignorante que se deja llevar por ideologías extranjerizantes. ¿Partido Comunista, guerrilla? Impacientes que no permiten que la riqueza y las oportunidades lleguen a ellos cuando naturalmente se desborde la economía hacia abajo. Por fortuna, la gran mayoría de la sociedad mexicana es eso que llaman gente buena, sencilla, generosa, trabajadora, que describe con su inigualable picardía la guapura de López Mateos y la fealdad de Díaz Ordaz.
Jacobo ha ilustrado ese edén citadino, imperfecto pero entrañable, cuando presume su infancia en La Merced, cuando jugaba futbol con el hijito del arbano tendero Slim (sí, jugaba con Carlitos) y otros peladitos que ya no se recuerda el nombre pero eran de lo más simpáticos.
Después, cuando le tocó hacer la crónica de los setenta y ochenta mexicanos, mucho de su acartonamiento iba permeado por el azoro de no entender ese país y esa ciudad que se le estaba yendo de las manos entre devaluaciones, explosiones demográficas, oposiciones al priísmo idílico cada vez más nutridas y sólidas, y voces que ya no se conformaban con su hermosa ciudad armónica.
***
Jacobo contempló sin entenderlo la transformación de una ciudad-un país- degradados por la mala distribución de la riqueza, con gobiernos ilegítimos que se esfuerzan en justificarse (pensaba en Salinas, incapaz de imaginar otros fraudes), con desdén hacia los esfuerzos de sobrevivencia de las clases medias lumperizadas, las cuales encontraron vías de escape en dobles empleos-subempleos-mercados-negros que originaron poderes paralelos (y he ahí el origen de las mafias, Cfr. Historia de la Mafia, de Guiseppe Carlo Marino), con clientelismo tricolor y amarillo (los azulitos no le hacen a prácticas tan nacas, prefieren negocios chonchos y legales aunque no éticos, Cfr. el metrosexy Mouriño), con matanzas como Acteal, Ciudad Juárez o Aguas Blancas convertidas en panfletos culturales de nuestros artistas consentidos (tan bonita la Bauché interpretando a una asesinada comprometida), con monopolios de globos aeroestáticos (y la ostentación imperialista: Todo México es territorio Slimcel), con accidentes que evidencian la indefensión de cualquier trasnochador común y corriente, con el recelo contra el otro, con estilos de vida contra vidas sin estilo y el cinismo disfrazado de declaración oficial. En ese contexto, ¿cómo carajos no se va a dar el secuestro, el asesinato, el narcotráfico, la impunidad, la vulnerabilidad? ¿Qué tejido social sano existe para impedir la bonanza del crimen organizado?
La pobreza no es causa de la criminalidad, explica el sociólogo ITAM que sopesa la posibilidad de la pena de muerte. Y no, la pobreza no lo es, pero sí lo es el tejido social destruido, que obviamente abarca la pobreza, pero también la indiferencia, la polarización, la farsa política que se finge gobierno, el enriquecimiento ambiguo que no irradia a toda la población, la tolerancia a capos circenses como Ulises Ruiz o el gober precioso, la hipocresía doblemoralina de los medios que hace más conmovedora la muerte del niño Martí que la de los niños New's Divine, la martirización que hace de Fernando Martí su conscientizador-padre al lanzar sus frases tan brillantemente ochocolumneras ("si no pueden renuncien" me gusta para camiseta, pero "tenía una misión: despertar a México" me choca (asusta) (si fuera Fernando Martí vuelvo a morirme) por su oportunismo redentor).
***
Este... ya me enredé, ¿qué tenía que ver Jacobo con todo esto? Ah, ya. Que el lunes, mientras comía tacos, lo escuché y lo pensé describiendo la marcha. Y lo pensé reencontrando ese México idílico de tanta gente unida, ropita blanca y veladora mística, en el grito perentorio del Ya Basta. Y pensaba que ahí él volvería a contemplar su niñez variopinta en La Merced, el Mexiquito bucólico de ricos y pobres conviviendo como en comedia musical, el monolito revolucionario institucional que no se desquebraja (es un decir) en corrupción y racismo, la expresión genuina y ciudadana de frases sencillas (pero qué miedo: también lapidarias) pidiendo mano dura y orden y justicia, el cursi acompañamiento de las televisoras llorosas y un poco regañonas a quienes no asistimos al acto.
Pero también pensé que se encontraría con una ficción. Un montaje mediático basado en el chantaje sentimental. Una teatralización de ciudadanía que se cuida de no parecer partidista aunque sus reclamos tengan trasfondos anti-lo-que-no-soy-yo. Un espectáculo de luz y sonido perfectamente fotografiado, con mensajes sucintos, pero que por eso se niegan a interpretaciones más complejas. Un festival de la indignación sublimada en velas y ecos religiosos. La prefabricación televisiva de un momento histórico, como el final de La Academia, la presentación del hijo de Luismi o el inicio de la séptima temporada de 24. Artificial de tantas ganas de ser auténtico. Sospechoso de tanto énfasis en hacerlo bonito.
Si Jacobo validara emocionado esta marcha, ¿tendría que validar la menos linda de los 500 pueblos encuerados? ¿La de los oaxaqueños revoltosos? ¿La del otro reality show, tan menoscabado, del sup Marcos y sus encapuchados? ¿O esas pertenecen al México que no entiende, aunque sean de un México que corre paralelo a este México blanco? ¿Qué hace esta marcha superior a las otras? ¿Por qué esta sí merece cobertura especial y otras no? ¿Por qué esta marcha es ciudadana y la otra de acarreados, de raza, del pueblo, de nacos? ¿Por qué las otras son de acarreados si ésta tuvo el acarreo más sutil (ni siquiera tortas y refrescos, chale) de los medios y el alcahuete feisbuk? ¿Qué hizo de esta marcha prefabricada, higienizada, un acontecimiento tan especial?
Me atrevo a decir: no la mercadotecnia tan efectiva que aplicaron sus organizadores, ni la pertinencia política de quienes tienen intereses en "dar mensajes", pero tampoco (mucho menos) su tan mentada espontaneidad. Esta marcha funcionó por la nostalgia. La nostalgia de un México que ya no existe, que quizá nunca ha existido. El México Huapango de Moncayo que se estiliza en ropa blanca y veladoras como si fuera un ballet folklórico, un videoclip de los muralistas mexicanos, un rebozo de bolita que puede pasarse por un anillo. La nostalgia de ese México de estampita, y no otra cosa, fue la que iluminó tan artificiosamente el centro del país.
Etiquetas:
Glorias nacionales,
panfletos mesiánicos
miércoles, 20 de agosto de 2008
Por una ciudad de minifaldas
La desgracia inicia con las palabras: la hembra provoca y el macho es incontenible. Y hay algo de cierto en la mujer que quiere atraer y el hombre que se exalta, pero los términos -provocar/no contenerse- vuelven horrendo lo que debería tener más poesía: Ella florece y Él idolatra; Ella ilumina y Él resplandece; Ella es el centro y Él gravita, baila, imagina, recita, seduce a la seductora y el mundo tendría sentido si amaneciéramos juntos en un cuarto con una botella de vino y el olor a sudor del enpierne satisfecho.
Pero el DF realiza esto desde la culpa, lo no dicho, lo prohibido. Los chilangos no nos seducimos: negociamos la seguridad de nuestros acostones. Ella tiene un tesorito y Él debe hurtarlo como trofeo de guerra; Ella se entregará si Él asegura trabajo duro auto hijos comidas domingueras con sus papis; Ella hará muecas si Él sugiere hurgamientos sin garantías de futuros; Ella está atrapada en su doncellez inmaculada; Él desespera en su chaqueta intraducible.
La separación en el metro de mujeres y hombres es la alegoría más triste de nuestra sexualidad miserable: quien quiera entender el fracaso del erotismo chilango debe contemplar esos rediles tensos de vacas y bueyes en la estación Pino Suárez: hembras desválidas de tanto paternalismo; machos estigmatizados como violadores potenciales; desconfianza y resentimiento, sobreprotección y rencor: quien quiera entender la eyaculación precoz y la anaorgasmia, sólo debe asomarse a la segregación de los vagones naranjas.
"Pero es que sí se pasan de lanza", "pinches viejas, calzones apretados", "estúpidos imbéciles babosos", "chale, ni que estuvieran tan buenas".
Los equilibradísimos estudios de género indicarían que Ellos deberían educarse. ¿Ellas deberían educarse también? ¿Conocer al otro como un sujeto tan imperfecto como ellas, y no solamente ver en él al patán o al violador? Mientras se debate el huevo o la gallina, la ciudad florece con sus pants de motitas y sus suéteres holgados sin imaginación. Como si no fuera suficiente, los sexistas autobuses del transporte Atenea insisten en hacer más misterioso el misterio femenino, más inaccesible a los trogloditas que desde lejos miran a las mujeres que no se merecen. Nos atisbamos desde lejos como cabrones y fruncidas, como garañones y putas, porque no existen los espacios y los riesgos para vernos/desearnos/cortejarnos como personas. Mientras se insista en el paternalismo hacia las mujeres y la estigmatización hacia los hombres, seguiremos siendo islas que nos sublimamos en páginas porno y chick flicks.
(Aquí debería seguir la parte donde hablo con pedantería de ciudades decentes -Mi Buenos Aires Querido, y dicen que también Barcelona, y hartas falditas mulatas que vi en Cartagena, y Budapest tan gimnasta y tan gloriosa, y obvio que Nueva York obvio, y Tokio tan benditamente manga, y agréguenle casi casi cualquier ciudad más-, donde la minifalda no es misterio, donde las mujeres se afirman y se gozan ostentando el chamorro y los hombres titubean pero les invitan un trago y si se gustan se bailan y si se bailan se besan y si se besan siguen más y más allá, pero mejor me guardo la pesada presunción primermundista y mejor concluyo con sentencias excesivas: una ciudad con minifaldas sería una ciudad con un erotismo maduro):
Una ciudad con minifaldas sería una ciudad con erotismo maduro. Una ciudad con minifaldas sería una ciudad de hombres y mujeres que han superado el miedo y la ebullición del impulso y han aprendido que la falda corta es un festejo que pide vino, charlas en susurros y roces de labios en los cuellos. Una ciudad con minifaldas no le temería a la putería, al gozo del cuerpo, al baile trasnochado, a la mano larga sin tabúes, a la cachetada con arrestos. Y una ciudad con minifaldas ebulliría con botas largas, medias caladas, tacones hirientes, tangas furtivas... pero bueh, esto es el DF, y si la vida es en el DF, a tolerarlo, pues. Por lo pronto yo me voy al Hi5 a ver a las rumanas.
UPDATE: EN EL QUE SE EXPLICA DE LO QUE SE SUPONE QUE ORIGINALMENTE DEBERÍA TRATARSE ESTE POST: De la ley que les prohíbe a las muchachas sinaloenses a usar minifaldas en las prepas, quesque para prevenir de acoso y violencia. Y creo que el post debía odiar esa decisión tan pinche, porque tan bonitas las sinaloenses y de pronto obligadas a las murgas burocráticas, en vez de garantizarles seguridad, respeto, y más bien tener a los chamacos rijosos a régimen de cubetadas de agua fría pa' que se acostumbren a no enloquecer (ay, Dios, qué dificil) ante tanto contoneo carnavaleando tan meritorios muslos. Pero de ahí quien sabe por qué acabé concentrándome en el triste, triste, triste antiminifaldismo de esta triste ciudad.
UPDATE QUE SE QUIERE POLÍTICO: Desde que el cabo Totó ganó tan pristinamente la presidencia de este rancho me prometí no volver a votar en mi vida, pero corrijo: votaría por quien prometiera generar el ambiente propicio para que más muchachas usaran minifaldas en la ciudad. Porque insisto: apostar por la minifalda es apostar por la madurez sexual. Por una educación sexual que rebase el uso de los hulitos y la deconstrucción de las cigüeñas. Una educación sexual efectiva sería aquella que también validara el placer de las miradas y los tactos y los tragos y el vengase pa'cá. ¿Feminismo? ¿Machismo? Hedonismo. La vida es una y demasiado corta como para fingir beneplácito por las mezclillas y los pants.
UPDATE QUE CONVOCA: A las lectoras de este congalito, para que manden sus fotos de minifaldas al correo del perfil y sean publicadas como Proclama Del Derecho A Decidir Sobre El Cuerpo y todas esas zarandajas feministas. La minifalda fue la prenda política de los sesenta: regresemos a esa altísima forma de expresión social y cultural. Hagamos política con nuestros cuerpos. Con nuestras identidades (ja, ¿alguien creyó en mi elocuencia nomás pa' chismearles el piernaje? Aún así, quien contribuya...).
UPDATE ARREPENTIDO. Ya es retarde, por eso escribo tanta tontera. Mejor me voy a ver los clavados de Paola Espinosa. Sí-se-puede-sí-se-puede. Splash.
Etiquetas:
Glorias nacionales,
panfletos mesiánicos
sábado, 9 de agosto de 2008
Profesional
Uno
El próximo lunes entrevistaré a una de estas cantautoras que fusionan lo requeteoriginal de su origen autóctono con ritmos contemporáneos nice y lo envuelven en estuches de cartón corrugado para que parezca más auténtico y orgánico (como la Pepsi Retro pero en disco putumayo). Antes, su relachonchips me pide que vaya a escuchar el disco que va a lanzar, para conocerlo y hacer las preguntas pertinentes sobre él. Es la primera vez que me toca ir a estas escuchas previas para periodistas, imagino que será práctica común de la fuente de música. El punto es que el jueves hacia las once de la mañana estoy en la disquera, saludos amables y el típico chistorete insulso de cordialidad. Junto a mí hay otros ocho periodistas. La cantautora putumaya nos saluda desde la laptop de su relachonchip y después ponen el disco. Música cumbianchera salerosa, de ésta que intuitivamente hace mover los pies. Se me ocurre que la mejor forma de apreciar el disco sería bailarlo, sobre todo con una de las periodistas, argentina de mirada iracunda harto seductora. Pero miro al grupo y todos se mantienen pétreos, escuchando con exquisita autosuficiencia. Hacia el quinto o sexto track, alguna lanza una risita tímida por el chiste populachero-a-güevo de una de las canciones. Hacia el octavo, la argentina iracunda mueve la patita cruzada. Me parece artificial tanto hieratismo para música tan bullanguera. Pero como al pueblo que fueres haz lo que vieres, sostengo el gesto estoico, profesional. Se va aprendiendo, ni modo que enseñe el cobre como hace tres años, cuando
Dos
Viaje de tres días a Ensenada para conocer los viñedos de Santo Tomás, LA Cetto y Monte Xanic. Ahí debíamos ser unos veinte periodistas. La mayoría, de revistas lifestyle que reseñan restaurantes y destinos playeros. Nuestra guía es una mujer madura, sommelier profesional, que nos hace curso intensivo de uvas y caldos y cosechas y formas de fermentación. Pocamadre todo. Y al lado va el aprendizaje de este estilo de vida plácido, elegante, hedonista, de la bebida adecuada y el queso pertinente y las carnes frías indicadas. Maridaje de platillos y vino, pero de banquetes y comensales también. Se toma el vino como se comentan los libros de Sándor Márai. Con pasión contenida y sereno fervor.
Pero al llegar a Monte Xanic nos atiende una rubia espectacular. Espectacular su pinta, mucho más su actitud. Desde que se presenta y recita la introducción corporativa de los viñedos de Xanic se advierte su crispación. Pero media hora después, cuando ya estamos frente a los vinos, se le desconfigura el sistema y empieza a ser adorable de verdad.
-Ya fueron a Santo Tomás y a Cetto, ya les hablaron de los taninos y las cosechas y esas monsergas, yo voy a explicarles qué tipo de vino es mejor para cada forma de amar.
Yo estoy tan arrobado que apenas noto que los otros periodistas se miran desconcertados. A ella le vale madres, rápidamente suelta una cátedra que es una pena no haberla grabado. Porque explica que el Cabernet 2003 es para un romance ocasional, "ese chico que conoces en el bar y usa camisas lindas y huele a buen perfume y sabe hacer pasta y pone baladas de Lenny Kravitz, pero que le falta eso, ese aaarrgghhh imperfecto (y ella se emocionaba al pensarlo) y por eso sabes que la cosa no pasará de una noche, pero te esmeras y te pones lencería linda, y sabes que le bailarás algo sexy pero cuando ves tu cava entiendes que en el fondo no pasa de ser un Cabernet 2003. Brindemos por este lindo y prescindible bebé", dijo, le dio el trago largo, los demás paladeamos educadamente, ella abrió los ojos, le extrañó:
-Ya cataron con Santo Tomás y Cetto, aquí beban placer y desdicha, que el vino también es para eso. Porque por ejemplo, este Merlot...
E insisto que fue una pena no haberla grabado, porque en cada vino había una historia, y en cada historia había delirio y amargura, y el trago rápido, y la comitiva lifestyle cada vez más desconcertada, y yo más que listo para ofrecerme como felpudo de tan impresionante dama. Escuchándola aprendí que Merlot era retador e inquisitivo, para pelearte al punto de la bofetada y resolverlo todo con un acostón fulminante; que Pinot Noir sería mejor al extrañarlo que al tenerlo al lado, que con Cabernet-Merlot era obligado el amor fou y depresión posterior de seis estrictos días (dedicarle más tiempo era una soberana estupidez), y aún me estremece cuando la recuerdo llegar al Syrah y asegurar: "Éste es para el hombre de a de veras. El que no conviene, el que te incendia, el que te va a destruir la vida. El que quieres tener en la cama ahora, sin concesión".
Para entonces nuestra guía sugirió que sería buen momento de pasar a la comida, la representante Xanic aceptó, no sin antes pedirle a sus chalanes que llevaran tres cajas de vino para el convite. Comimos perdices bajo un toldo mamuco, que estaba al lado de un lago con gansos. Apenas se servía, la chica Xanic quiso indagar con las reporteras quién tenía la más escabrosa historia de amor. Ellas respondieron evasivas, incómodas, nuestra guía intentó llevar la charla por las formas en que Monte Xanic comercializaba sus productos, Chica Xanic dio respuestas vagas, abrió otra botella, recomendó los antros de Ensenada donde podía conocerse a los facinerosos más inquietantes, después se resignó a charlar con los tres que le seguíamos la mala copa, nos contó (y viene otra botella) su fascinante historia de modelo adolescente, anoréxica temprana, amante de político que la dejó abandonada en Baja California, redimida por poetas tijuanenses, estrella local de performances feministas, locutora nocturna, y ahora relachonchips de Monte Xanic, y ahora tres novios y ni por cuál decidirse, y ahora otra botella, y si no obedeces al espíritu del vino el vino te da la espalda y su ausencia es brutal, y viene la última botella (y hubo dos más después de la última) y quien quiera encontrarla esta noche ella estará en tal bar, y habrá otros amigos, y lo importante del vino es hacer amigos, y nada más terminamos esta botella y después regresan a su hotel.
Hasta ya subidos al autobús supe varias cosas, como por ejemplo: a) que yo iba pedísimo; b) que el resto de la comitiva estaba indignada; c) que mi adorable Chica Xanic podría tener sus días contados en la empresa por su comportamiento tan poco profesional.
Intenté explicarle a nuestra guía que, de todo el viaje, justamente Chica Xanic había sido lo más importante, porque aterrizó la experiencia del vino a la experiencia de vida, porque sus ojos azules eran más solitarios que toda la costa, porque urgía destapar otra botella para brindar por su siniestro destino con el hombre Syrah. Pero sospecho que con todo lo profesional que era, la guía sommelier aún no alcanzaba a traducir los balbuceos beodos recientemente bendecidos por una epifanía.
Al otro día, los tres crudos que adoramos a Lady Xanic soportamos con estoicismo el desdén de la comitiva. Por suerte, lo que restaba era el vuelo de regreso al DF. La historia más importante fue ésta que no pude escribir en la revista que me envió a Baja California.
Tres
No recuerdo a cuento de qué, una amiga y yo nos describimos lo que cada uno entendía como "profesional". Ella lo relacionaba con lo bien pagado. Yo lo relacionaba con la farsa. Obvio, ella gana mejor que yo por su actividad profesional. Yo tengo claro que estoy engañando a mis contratantes cada vez que afino mi gesto y hago mi comentario pedante de escribidor profesional. Atrás de eso hay un gandul que sabe retorcer tres lugares comunes y con ellos adorna algún tema aburrido o fastidioso. Lo propio ocurre en un espacio ajeno a esa redacción ascética y convencional. Lo propio pocas veces existe en las revistas. Ni siquiera estoy seguro de que exista en la criación, esa parcela tan ortodoxa y limitada porque incluso ahí se debe respetar a esa institución llamada literatura, con sus vigías y sus santones y sus jueces impostados.
Profesional también lo relaciono con acartonado, neurótico, pretencioso, hipotecado. En consecuencia, un tanto imbécil. Con cara de Calderón. Igualito, pues. Pero de eso se tratan los cheques y de los cheques depende el cine, las novelas y los lugares donde aún se puede beber y fumar. De ahí que uno perfeccione la máscara hierática de profesional. Aunque se envidie el impulso de la chica Xanic. Aunque no se pueda bailar con la argentina iracunda. Qué se le va a hacer.
El próximo lunes entrevistaré a una de estas cantautoras que fusionan lo requeteoriginal de su origen autóctono con ritmos contemporáneos nice y lo envuelven en estuches de cartón corrugado para que parezca más auténtico y orgánico (como la Pepsi Retro pero en disco putumayo). Antes, su relachonchips me pide que vaya a escuchar el disco que va a lanzar, para conocerlo y hacer las preguntas pertinentes sobre él. Es la primera vez que me toca ir a estas escuchas previas para periodistas, imagino que será práctica común de la fuente de música. El punto es que el jueves hacia las once de la mañana estoy en la disquera, saludos amables y el típico chistorete insulso de cordialidad. Junto a mí hay otros ocho periodistas. La cantautora putumaya nos saluda desde la laptop de su relachonchip y después ponen el disco. Música cumbianchera salerosa, de ésta que intuitivamente hace mover los pies. Se me ocurre que la mejor forma de apreciar el disco sería bailarlo, sobre todo con una de las periodistas, argentina de mirada iracunda harto seductora. Pero miro al grupo y todos se mantienen pétreos, escuchando con exquisita autosuficiencia. Hacia el quinto o sexto track, alguna lanza una risita tímida por el chiste populachero-a-güevo de una de las canciones. Hacia el octavo, la argentina iracunda mueve la patita cruzada. Me parece artificial tanto hieratismo para música tan bullanguera. Pero como al pueblo que fueres haz lo que vieres, sostengo el gesto estoico, profesional. Se va aprendiendo, ni modo que enseñe el cobre como hace tres años, cuando
Dos
Viaje de tres días a Ensenada para conocer los viñedos de Santo Tomás, LA Cetto y Monte Xanic. Ahí debíamos ser unos veinte periodistas. La mayoría, de revistas lifestyle que reseñan restaurantes y destinos playeros. Nuestra guía es una mujer madura, sommelier profesional, que nos hace curso intensivo de uvas y caldos y cosechas y formas de fermentación. Pocamadre todo. Y al lado va el aprendizaje de este estilo de vida plácido, elegante, hedonista, de la bebida adecuada y el queso pertinente y las carnes frías indicadas. Maridaje de platillos y vino, pero de banquetes y comensales también. Se toma el vino como se comentan los libros de Sándor Márai. Con pasión contenida y sereno fervor.
Pero al llegar a Monte Xanic nos atiende una rubia espectacular. Espectacular su pinta, mucho más su actitud. Desde que se presenta y recita la introducción corporativa de los viñedos de Xanic se advierte su crispación. Pero media hora después, cuando ya estamos frente a los vinos, se le desconfigura el sistema y empieza a ser adorable de verdad.
-Ya fueron a Santo Tomás y a Cetto, ya les hablaron de los taninos y las cosechas y esas monsergas, yo voy a explicarles qué tipo de vino es mejor para cada forma de amar.
Yo estoy tan arrobado que apenas noto que los otros periodistas se miran desconcertados. A ella le vale madres, rápidamente suelta una cátedra que es una pena no haberla grabado. Porque explica que el Cabernet 2003 es para un romance ocasional, "ese chico que conoces en el bar y usa camisas lindas y huele a buen perfume y sabe hacer pasta y pone baladas de Lenny Kravitz, pero que le falta eso, ese aaarrgghhh imperfecto (y ella se emocionaba al pensarlo) y por eso sabes que la cosa no pasará de una noche, pero te esmeras y te pones lencería linda, y sabes que le bailarás algo sexy pero cuando ves tu cava entiendes que en el fondo no pasa de ser un Cabernet 2003. Brindemos por este lindo y prescindible bebé", dijo, le dio el trago largo, los demás paladeamos educadamente, ella abrió los ojos, le extrañó:
-Ya cataron con Santo Tomás y Cetto, aquí beban placer y desdicha, que el vino también es para eso. Porque por ejemplo, este Merlot...
E insisto que fue una pena no haberla grabado, porque en cada vino había una historia, y en cada historia había delirio y amargura, y el trago rápido, y la comitiva lifestyle cada vez más desconcertada, y yo más que listo para ofrecerme como felpudo de tan impresionante dama. Escuchándola aprendí que Merlot era retador e inquisitivo, para pelearte al punto de la bofetada y resolverlo todo con un acostón fulminante; que Pinot Noir sería mejor al extrañarlo que al tenerlo al lado, que con Cabernet-Merlot era obligado el amor fou y depresión posterior de seis estrictos días (dedicarle más tiempo era una soberana estupidez), y aún me estremece cuando la recuerdo llegar al Syrah y asegurar: "Éste es para el hombre de a de veras. El que no conviene, el que te incendia, el que te va a destruir la vida. El que quieres tener en la cama ahora, sin concesión".
Para entonces nuestra guía sugirió que sería buen momento de pasar a la comida, la representante Xanic aceptó, no sin antes pedirle a sus chalanes que llevaran tres cajas de vino para el convite. Comimos perdices bajo un toldo mamuco, que estaba al lado de un lago con gansos. Apenas se servía, la chica Xanic quiso indagar con las reporteras quién tenía la más escabrosa historia de amor. Ellas respondieron evasivas, incómodas, nuestra guía intentó llevar la charla por las formas en que Monte Xanic comercializaba sus productos, Chica Xanic dio respuestas vagas, abrió otra botella, recomendó los antros de Ensenada donde podía conocerse a los facinerosos más inquietantes, después se resignó a charlar con los tres que le seguíamos la mala copa, nos contó (y viene otra botella) su fascinante historia de modelo adolescente, anoréxica temprana, amante de político que la dejó abandonada en Baja California, redimida por poetas tijuanenses, estrella local de performances feministas, locutora nocturna, y ahora relachonchips de Monte Xanic, y ahora tres novios y ni por cuál decidirse, y ahora otra botella, y si no obedeces al espíritu del vino el vino te da la espalda y su ausencia es brutal, y viene la última botella (y hubo dos más después de la última) y quien quiera encontrarla esta noche ella estará en tal bar, y habrá otros amigos, y lo importante del vino es hacer amigos, y nada más terminamos esta botella y después regresan a su hotel.
Hasta ya subidos al autobús supe varias cosas, como por ejemplo: a) que yo iba pedísimo; b) que el resto de la comitiva estaba indignada; c) que mi adorable Chica Xanic podría tener sus días contados en la empresa por su comportamiento tan poco profesional.
Intenté explicarle a nuestra guía que, de todo el viaje, justamente Chica Xanic había sido lo más importante, porque aterrizó la experiencia del vino a la experiencia de vida, porque sus ojos azules eran más solitarios que toda la costa, porque urgía destapar otra botella para brindar por su siniestro destino con el hombre Syrah. Pero sospecho que con todo lo profesional que era, la guía sommelier aún no alcanzaba a traducir los balbuceos beodos recientemente bendecidos por una epifanía.
Al otro día, los tres crudos que adoramos a Lady Xanic soportamos con estoicismo el desdén de la comitiva. Por suerte, lo que restaba era el vuelo de regreso al DF. La historia más importante fue ésta que no pude escribir en la revista que me envió a Baja California.
Tres
No recuerdo a cuento de qué, una amiga y yo nos describimos lo que cada uno entendía como "profesional". Ella lo relacionaba con lo bien pagado. Yo lo relacionaba con la farsa. Obvio, ella gana mejor que yo por su actividad profesional. Yo tengo claro que estoy engañando a mis contratantes cada vez que afino mi gesto y hago mi comentario pedante de escribidor profesional. Atrás de eso hay un gandul que sabe retorcer tres lugares comunes y con ellos adorna algún tema aburrido o fastidioso. Lo propio ocurre en un espacio ajeno a esa redacción ascética y convencional. Lo propio pocas veces existe en las revistas. Ni siquiera estoy seguro de que exista en la criación, esa parcela tan ortodoxa y limitada porque incluso ahí se debe respetar a esa institución llamada literatura, con sus vigías y sus santones y sus jueces impostados.
Profesional también lo relaciono con acartonado, neurótico, pretencioso, hipotecado. En consecuencia, un tanto imbécil. Con cara de Calderón. Igualito, pues. Pero de eso se tratan los cheques y de los cheques depende el cine, las novelas y los lugares donde aún se puede beber y fumar. De ahí que uno perfeccione la máscara hierática de profesional. Aunque se envidie el impulso de la chica Xanic. Aunque no se pueda bailar con la argentina iracunda. Qué se le va a hacer.
Etiquetas:
cosas terribles que ocurren
lunes, 4 de agosto de 2008
¿Sería muy ojete si
me pongo a revisar morosamente los comentarios a la Despedida de Alejandro Aura e intento clasificar cuál es el más original, el más discreto, el más fino, el más aguzado, el más pretencioso, el más arribista, el más miren-qué-chingón-escribo-despedidas, el más informativo, el más críptico, el más miren-qué-de-pelos-me-llevaba-con-Aura, y después me atrevo a refunfuñar mi desconcierto por tanta dolorosa alma dolida que ha encontrado brillantísimo escaparate para sacar a relucir su erudición su emotividad su nostalgia su impulso poético su creatividad?
Sí, sí sería ojete, mejor no.
Sí, sí sería ojete, mejor no.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)