miércoles, 3 de septiembre de 2008

Jacobo y La Marcha

No tenía muy claro por dónde entrarle al tema de La Marcha Contra la Delincuencia; el respeto a tanto asesinado y secuestrado se peleaba con el recelo de ver a todos esos personaje conmovidos -el Juan José Origel y la Claudia Lizaldi, la Hania Novell y los niños patéticos de la última Academia, las lágrimas tan indescriptibles de Adal Ramones, las pelotas inmaculadas de los partidos de fut, las portadas con veladoras de todos los periódicos, el enorme listón blanco en el pretencioso edificio del periódico Reforma- tan oportunamente blanqueados de blanquísima blancura. El reclamo se me hace pertinente, desconfío mucho de su ejecución.
Tenía tanto resquemor que preferí evitar la ironía in situ y, como dirían los P. Mosh, vi la revolución desde mi televisor. Después la tele me regañó y me dijo que no se trataba de una revolución naca pinchona revoltosa perderrista, sino de unir voces en un grito desesperado (Cfr. Carlos Cuauhtémoc Sánchez) para expresar un contundente Ya Basta a la impunidad y a las ineficaces autoridades del país. Perdóname, tele, le dije arrepentido a la tele y me concentré en mirar.
Después me limité a leer las opiniones a favor o en contra, sin intención de abundar. Hasta que en la tarde del lunes, mientras comía unos tacos de guisado que están casi enfrente de la Cineteca, pasó un auto y desde su radio escuché esa voz inconfundible, de micrófono trabado en la laringe. Los años setenta y ochenta mexicanos no pueden entenderse sin ella. Y sin la figura flemática, acartonada, de Jacobo Zabludowsky al frente de 24 Horas, su noticiero de Televisa.
Lo inmediato fue pensar qué habrá dicho sobre la marcha en su programa de radio. Y la otra pregunta, más especulativa: ¿cómo habría hecho la crónica de la marcha del sábado anterior?

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A Jacobo le tocó ser el periodista de la censura priísta, el entrevistador en exclusiva de los candidatos del partidazo, el fustigador de los movimientos políticos alternativos (PAN, PC, PSUM después derivado al Frente Cardenista del 88 y al PRD) al todopoderoso tricolor. Y no es casual que su estrella televisiva decayera al tiempo que la hegemonía priísta se desquebrajara. Después, desde la radio, ha intentado posturas críticas e incluso sorprendió cuando en las elecciones de hace dos años tuvo un claro sesgo proPeje. Quienes lo conocíamos de antes supusimos en esta postura una forma de lavar culpas. Esta expiación también la ha mostrado en entrevistas, cuando ha declarado que su postura parcial era obligada por las políticas de la empresa donde trabajaba.
Por este periodismo sesgado fue víctima de las burlas y caricaturizaciones de los opuestos a su exempresa. Hasta Caifanes le hizo una rola que se quería ojete y les quedó más bien pinchona. Pero intentando justificarlo: Jacobo no pudo ser mucho más de lo que su momento histórico le permitió. Y de ahí sigue un intento de apología: y con eso poco que podía hacer, logró convertirse en el cronista más solicitado del México que se vivió en la televisión. Hizo relatos emocionantes de diversos momentos de la vida mexicana: él declaró la muerte de Colosio, él hizo las crónicas de las visitas del Papa, él entrevistó a los santones de esos tiempos (Salvador Dalí, María Félix, Cantinflas, Octavio Paz), él siguió todos los informes de gobierno de todos los presidentes de su época (De Díaz Ordaz a Ernesto Zedillo: treinta años con seis sinvergüenzas no es poca cosa) y quien siga dudando de sus habilidades no podrá negarse a reconocer lo estremecedora de su crónica, en tiempo directo, del terremoto de septiembre del 85.

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Tras su salida de Televisa y con su incursión a la radio, la apuesta periodística de Jacobo se ha acentuado hacia la remembranza (el cliché convertido en nicho) del México que se fue. Jacobo entrevista taxistas, meseros, dueños de pequeños negocios, boleros o expertos de oficios vetustos que ahora sólo existen como rarezas. El intento es recuperar una ciudad anterior a todas las crisis: las económicas, las políticas, las sociales, las policíacas y de justicia de ahora. Una ciudad anterior incluso a la nefasta influencia del propio Jacobo como comunicador.
La ciudad que no se cansa de evocar Jacobo en columnas, entrevistas y crónicas radiales: un Centro Histórico sin vendedores ambulantes, una Zona Rosa con intelectuales y artistas en innovación continua, clases medias dignas que habitaban las colonias Narvarte y Del Valle, los ricachos de Polanco y Las Lomas como emprendedores suertudos que consiguieron amasar fortuna gracias a su esfuerzo y a que les hizo justicia la Revolución. Una ciudad movida con una doble moral eficiente, bien engrasada, en la que pobres y ricos conviven en una injusta pero armónica fraternidad. Sólo eso hace posible que el Jefe Jacobo llegara todas las mañanas a las afueras de Televicentro y platicara animadamente con quien le bolea los zapatos; Jacobo le habla del clima y el bolerito de las changuitas del dancing club donde él baila; Jacobo le promete que le conseguirá un autógrafo del mismísimo Chente Fernández y el bolerito le presumirá que también le bolea los zapatos a él.
La utopía tiene forma de ciudad: existen ricos y pobres, pero unos y otros están muy satisfechos de su condición. El distingo entre Nosotros los pobres y Ustedes los ricos nomás sirve para que un hijo del pueblo como Pedrito le cante a su chorreada con un miserabilismo conmovedor. Porque hay que aceptarlo, el nivel social va acompañado del nivel moral: el rico es fruto de su esfuerzo, su tesón, alguna simpática trampilla que tiene más que ver con su astucia (el lobo de los negocios) que con su probable (Dios nos libre) infamia. El pobre no sólo es pobre porque quiere, además se siente muy contento de serlo. ¿Huelgas de ferrocarrileros, campesinos? Gente ignorante que se deja llevar por ideologías extranjerizantes. ¿Partido Comunista, guerrilla? Impacientes que no permiten que la riqueza y las oportunidades lleguen a ellos cuando naturalmente se desborde la economía hacia abajo. Por fortuna, la gran mayoría de la sociedad mexicana es eso que llaman gente buena, sencilla, generosa, trabajadora, que describe con su inigualable picardía la guapura de López Mateos y la fealdad de Díaz Ordaz.
Jacobo ha ilustrado ese edén citadino, imperfecto pero entrañable, cuando presume su infancia en La Merced, cuando jugaba futbol con el hijito del arbano tendero Slim (sí, jugaba con Carlitos) y otros peladitos que ya no se recuerda el nombre pero eran de lo más simpáticos.
Después, cuando le tocó hacer la crónica de los setenta y ochenta mexicanos, mucho de su acartonamiento iba permeado por el azoro de no entender ese país y esa ciudad que se le estaba yendo de las manos entre devaluaciones, explosiones demográficas, oposiciones al priísmo idílico cada vez más nutridas y sólidas, y voces que ya no se conformaban con su hermosa ciudad armónica.

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Jacobo contempló sin entenderlo la transformación de una ciudad-un país- degradados por la mala distribución de la riqueza, con gobiernos ilegítimos que se esfuerzan en justificarse (pensaba en Salinas, incapaz de imaginar otros fraudes), con desdén hacia los esfuerzos de sobrevivencia de las clases medias lumperizadas, las cuales encontraron vías de escape en dobles empleos-subempleos-mercados-negros que originaron poderes paralelos (y he ahí el origen de las mafias, Cfr. Historia de la Mafia, de Guiseppe Carlo Marino), con clientelismo tricolor y amarillo (los azulitos no le hacen a prácticas tan nacas, prefieren negocios chonchos y legales aunque no éticos, Cfr. el metrosexy Mouriño), con matanzas como Acteal, Ciudad Juárez o Aguas Blancas convertidas en panfletos culturales de nuestros artistas consentidos (tan bonita la Bauché interpretando a una asesinada comprometida), con monopolios de globos aeroestáticos (y la ostentación imperialista: Todo México es territorio Slimcel), con accidentes que evidencian la indefensión de cualquier trasnochador común y corriente, con el recelo contra el otro, con estilos de vida contra vidas sin estilo y el cinismo disfrazado de declaración oficial. En ese contexto, ¿cómo carajos no se va a dar el secuestro, el asesinato, el narcotráfico, la impunidad, la vulnerabilidad? ¿Qué tejido social sano existe para impedir la bonanza del crimen organizado?
La pobreza no es causa de la criminalidad, explica el sociólogo ITAM que sopesa la posibilidad de la pena de muerte. Y no, la pobreza no lo es, pero sí lo es el tejido social destruido, que obviamente abarca la pobreza, pero también la indiferencia, la polarización, la farsa política que se finge gobierno, el enriquecimiento ambiguo que no irradia a toda la población, la tolerancia a capos circenses como Ulises Ruiz o el gober precioso, la hipocresía doblemoralina de los medios que hace más conmovedora la muerte del niño Martí que la de los niños New's Divine, la martirización que hace de Fernando Martí su conscientizador-padre al lanzar sus frases tan brillantemente ochocolumneras ("si no pueden renuncien" me gusta para camiseta, pero "tenía una misión: despertar a México" me choca (asusta) (si fuera Fernando Martí vuelvo a morirme) por su oportunismo redentor).

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Este... ya me enredé, ¿qué tenía que ver Jacobo con todo esto? Ah, ya. Que el lunes, mientras comía tacos, lo escuché y lo pensé describiendo la marcha. Y lo pensé reencontrando ese México idílico de tanta gente unida, ropita blanca y veladora mística, en el grito perentorio del Ya Basta. Y pensaba que ahí él volvería a contemplar su niñez variopinta en La Merced, el Mexiquito bucólico de ricos y pobres conviviendo como en comedia musical, el monolito revolucionario institucional que no se desquebraja (es un decir) en corrupción y racismo, la expresión genuina y ciudadana de frases sencillas (pero qué miedo: también lapidarias) pidiendo mano dura y orden y justicia, el cursi acompañamiento de las televisoras llorosas y un poco regañonas a quienes no asistimos al acto.
Pero también pensé que se encontraría con una ficción. Un montaje mediático basado en el chantaje sentimental. Una teatralización de ciudadanía que se cuida de no parecer partidista aunque sus reclamos tengan trasfondos anti-lo-que-no-soy-yo. Un espectáculo de luz y sonido perfectamente fotografiado, con mensajes sucintos, pero que por eso se niegan a interpretaciones más complejas. Un festival de la indignación sublimada en velas y ecos religiosos. La prefabricación televisiva de un momento histórico, como el final de La Academia, la presentación del hijo de Luismi o el inicio de la séptima temporada de 24. Artificial de tantas ganas de ser auténtico. Sospechoso de tanto énfasis en hacerlo bonito.
Si Jacobo validara emocionado esta marcha, ¿tendría que validar la menos linda de los 500 pueblos encuerados? ¿La de los oaxaqueños revoltosos? ¿La del otro reality show, tan menoscabado, del sup Marcos y sus encapuchados? ¿O esas pertenecen al México que no entiende, aunque sean de un México que corre paralelo a este México blanco? ¿Qué hace esta marcha superior a las otras? ¿Por qué esta sí merece cobertura especial y otras no? ¿Por qué esta marcha es ciudadana y la otra de acarreados, de raza, del pueblo, de nacos? ¿Por qué las otras son de acarreados si ésta tuvo el acarreo más sutil (ni siquiera tortas y refrescos, chale) de los medios y el alcahuete feisbuk? ¿Qué hizo de esta marcha prefabricada, higienizada, un acontecimiento tan especial?
Me atrevo a decir: no la mercadotecnia tan efectiva que aplicaron sus organizadores, ni la pertinencia política de quienes tienen intereses en "dar mensajes", pero tampoco (mucho menos) su tan mentada espontaneidad. Esta marcha funcionó por la nostalgia. La nostalgia de un México que ya no existe, que quizá nunca ha existido. El México Huapango de Moncayo que se estiliza en ropa blanca y veladoras como si fuera un ballet folklórico, un videoclip de los muralistas mexicanos, un rebozo de bolita que puede pasarse por un anillo. La nostalgia de ese México de estampita, y no otra cosa, fue la que iluminó tan artificiosamente el centro del país.

6 comentarios:

dèbora hadaza dijo...

desconfio mucho de las marchas y hasta este año desconfiè de Mèxico. He sido patriotera de 15 de septiembre gritona y orgullosa, de viva mexico cabrones, de la bandera mas bonita del mundo, del cantar el himno con pecho erguido...

Mi abuelo fue revolicionario, villista, el otro fui lider sindical por años y años, ninguno de los enriquecio pero si nos dieron una herencia "orgullosa y priista" no me culpes.

Ahora como tu no se cual Mèxico es Mèxico, me da nostalgia Jacobo, su voz me agrada, mas que la de cualquier griton insolente periodista de mierda vendida, no le creo a ninguno pero el suena a mi abuelo, a esos mitos bonitos y cursis y esperanzadores, a las peliculas de pedro infante, si justo a las entrevistas a la doña, octavio, dalì, suena a la tristeza de seguir el terremoto, a lo mucho q extrañaba al df y el metro cuando llegue a provincia, suena a mi niñez y chiquilladas, y cuando todo estaba bien.

A la marcha, no, a esa no le creo nada.

JHON BRANDO dijo...

Es difícil hacer un comentario a estas líneas, ya no digamos uno bueno sino, simplemente un comentario. Jacobo representa, al igual que el difunto Raúl Velazco –este ultimo en otro contexto- una remembranza del México del ayer, de esa parte de la historia llena de devaluaciones, censuras, cortapisas, guerra sucia y política ficción. Su evocación no es más que la clara pérdida de identidad que sufre actualmente la humanidad, lo rememoran y ponen en un altar los amantes de su crítica blanda y pretenciosa.

Es lamentable que el hombre se niegue a evolucionar, a dejar en el baúl de los recuerdos y en el salón de la infamia a estos personajes que en el mundo contemporáneo no tendrían por que tener cabida, aunque, si lo pensamos bien y a fondo, México no ha cambiado mucho, no es muy diferente a aquellos ayeres en los que Jacobo cubría o al menos omitía, las triquiñuelas del partido oficial con sus porros mandrilescos; sigue habiendo hambre en los campos, miseria en las montañas, industrias paradas por falta de inversión y política ficción en las altas esferas, la clase obrera, el lumpen, el proletario, el junior, el “fresa”, el oficinista clasemediero, el estudiante promedio: continúan viviendo en su paraíso tercermundista que le han vendido muy bien como una fantasía “en vías de desarrollo” gracias a las doctrinas neoliberales que papá compró en Washington, se ha desatado la violencia, la impunidad, repuntan como nunca los índices de corrupción y Jacobo sigue al aire tal como si fuese 1985.

¿El ciudadano perdió la memoria?, ¿el tiempo se detuvo?, ¿nos hicieron una lobotomía masiva?, ¿se acabó nuestra ración de croquetas?, ¿se infló otra vez el peso?, ¿la canasta básica dejo de ser básica para ser un lujo?, ¿nos secuestraron o robaron nuestra seguridad?, ¿PEMEX debe de seguir teniendo el “MEX” así como TEL”MEX”?, ¿los banqueros se compraron otro lote en las islas caimán?, ¿los hermanos incómodos depositaron más dolarizas en bancos suizos?, ¿en verdad hubo una marcha en busca de justicia, seguridad y equidad para TODOS? o ¿como siempre ”hasta entre los perros hay razas”?, ¿es una realidad o solo un debraye oligarca como los que enmarcan nuestra pobremente celebre historia?, ¿Realmente hay cohesión y unidad social?, ¿la soberanía reside en el pueblo?...mientras tanto…Jacobo sigue al aire como si fuera 1985 y el bolero, la ama de casa con delantales “vintage”, el taxista, la abuelita que vende dulces, el organillero de la alameda, el dulcero de la merced y el abarrotero de la esquina seguirán llamando por que el “siempre contesta”, estos querrán hacer oír su voz, una voz que no tiene eco por que como dijo Max Weber: “el hijo de nadie no tiene voz ni mucho menos oídos que le escuchen como para hacer ruido”. Buen post señor, saludos.

"BUENAS NOCHES, BUENA SUERTE"

Lear dijo...

Dígame, querido Rufián, si encuentra diferencias claras que puedan delimitar la organización de esta marcha (con sus participantes, con sus playeras, con sus discursos y sus lágrimas) y la del teletón. Me pregunto dónde, cómo o cuándo dos acontecimientos tan supuestamente diferentes acaban por encontrarse tan cerca...
Pero, en fin, yo qué sé.

Profana dijo...

Si yo fuese criminal, créeme que hubiese aprovechado el famoso día de la marcha para cometer alguna fechoría... nadie se hubiera dado cuenta sino un tiempo después.

También es de llamar la atención de la falta de coherencia. Los capitalinos vivimos quejándonos de las marchas y seguimos sin encontrar otra forma de protesta que no sea otra marcha. No importa que sea en sábado, el congestionamiento sigue siendo el mismo.

Marcha contra la violencia? un estado que tiene medio muerta de hambre a su población es menos violento? yo lo dudo...

Rafael Merino Isunza dijo...

Mi querido Rufián entre la esquizofrenia, bipolaridad, senilidad y el sentimiento de Dimas -por arrepentirse cuando ya se siente la huesuda cerca- que ahora presenta Jacobo, es difícil saber que es lo que realmente quiere decir el hombre. Los devaneos nostálgicos de ese México -que no estoy tan seguro- que fue, los manifiesta con una añoranza tal que casi enternecen, sin embargo al recordarlo como herramienta de los sátrapas de los medios y del gobierno siendo una figura de poder -Tlatoani de vida y muerte de la manipulación de la realidad mexicana- me genera nauseas. Pero al final del día el hombre es un personaje de la historia nacional contemporánea y ya sacó boleto para la posteridad.

Con respecto a la Marcha, escribí un post donde cito este post y dice cosas distintas que acá.

Un abrazo.

Emilio dijo...

Interesantísimo post. La descripción de la ciudad en donde el bolerito y Jacobo vivían muy felices es brillante y me ha dejado muchas ideas y ganas de escribir algo sobre la marcha.