jueves, 2 de octubre de 2008

El 2 de octubre y la íntima tristeza reaccionaria

No fue a propósito, pero sin darme cuenta me tocó estar en CU hoy, dos de octubre. Cuando terminé mi trabajo en la hemeroteca vi que en la sala principal había una pequeña exposición del movimiento estudiantil del 68. A pesar de la eterna urgencia por llegar a casa a seguir la chamba, me asomé a ver. No había mucho más de lo que ya se conoce: las fotos de las marchas, notas de periódicos denostando el movimiento, los carteles olímpicos reelaborados con granaderos y la cara de simio de Díaz Ordaz. Si acaso, me entusiasmó encontrar volantes originales que invitaban a los actos, y algo más que se me hizo excesivo, un disco donde se escuchan los discursos del rector Javier Barros Sierra.
Empecé a mirar con escepticismo, después me di cuenta que no había testigos que pudieran balconearme y me puse a disfrutarlo de verdad.
Porque aquí vendrían dos confesiones que parecerían vergonzosas en estos tiempos calderonistas-convenientes-timoratos del 2008: me gusta el tema del 68, y me gusta de disfrutarlo, de haber querido estar ahí, sin importarme demasiado -sin darle la dimensión fúnebre- a la matanza de Tlatelolco.
Es decir, el final trágico del 2 de octubre no me puede tanto como los ambientes festivos de las brigadas, las bravatas en las marchas, imaginar la sabrosa interrelación de estudiantes encauzados en el objetivo común. Seguro que sería motivo suficiente para mi linchamiento preferir el carnaval que la tragedia; el matiz Kevin Arnold que las otras interpretaciones del 68. Y es curioso: de este punto de vista depende la interpretación del 68 en el presente: quienes lo asumen como una tragedia, acartonan los semblantes hasta obligarnos a compartir la culpa de Díaz Ordaz y Echeverría; quienes lo vemos como una fiesta estamos condenados a consumir Bob Dylands y horas de Los Beatles hasta nuestra lenta muerte por melancolía.
Yo me habré enterado del movimiento en la infancia, hacia los ocho años; un tío tenía en su recámara el libro de Juan Miguel de Mora T 68 (Tlatelolco 68): ¡por fin toda la verdad! Me sorprendió el tono amarillista de la contraportada, debía decir algo así como "la realidad de un México sanguinario que nadie quiere contar". Pero me sorprendió más que cuando le pregunté al tío de qué se trataba, me contestó que no estaba en edad de saberlo y que era de esas cosas que debían hablarse en voz baja. El tono clandestino de la advertencia me hizo percibir realidades distintas a mi realidad. Algo ocurría normalmente en la sala de la casa, en la televisión, en los Aurrerá. Y otra cosa, más lúgubre, pantanosa, indecible, ocurría en algunos libreros o en lo que se escondía en los cajones. Debe ser por eso que nunca terminó de impresionarme Lovecraft. El verdadero horror cósmico ocurría en lo que no se podía decir, en lo que pasaba cuando la gente empezaba a charlar en susurros. Pero ese tema está más bueno para alargarlo en otro post.
Mi encuentro directo con el 68 ocurrió hacia los quince años, cuando encontré un número especial de Nexos dedicado al tema, se llamaba "Pensar el 68", estaba coordinado por Gilberto Guevara Niebla y Raúl Álvarez Garín, dos de los líderes del movimiento (después, ese número se editó en libro, en Cal y Arena, y creo que es relativamente fácil de conseguir). Había una cronología acuciosa del movimiento, desde finales de julio hasta diciembre que se disolvió por completo el CGH, y lo leía de lo más impresionado, era espeluznante pensar que algo tan memo como un tochito en La Ciudadela pudiera crecer como bola de nieve hasta convertirse en un movimiento que tuviera en vilo al país, y que amenazara instituciones tan pétreas como el Sr. Presidente. Me daba cuenta que eran expresiones inéditas contra la obediencia sin cuestionamiento a la que yo estaba acostumbrado. Me asombraba pensar que quince años antes de mi momento se pudiera ser tan valiente y renegón.
Que esta revista se publicara hacia los mismos tiempos en que Cuauhtémoc Cárdenas iniciaba su movimiento contra el PRI (el que a la larga terminó en la fundación del PRD) enlazó ambas eras y probablemente sea el momento más rabioso del 68. Lo que tanto se ha dicho: que el movimiento estudiantil hace un puente directo con los movimientos antipriístas de los ochenta y (acá viene el cliché político) "ayudó a construir la democracia" bla bla bla.
No diré que me volví un fan iracundo del 68, de apañarme todas las memorabilias posibles, pero sí iba siguiendo las notas, los libros, los comentarios alrededor del tema. En mis tiempos de intensito sufrí horrores porque mataban a los hijitos de Hécto Bonilla en Rojo amanecer (después padecimos peor que los hermanitos Bichir siguieran vivos en tooodas las películas nacionales) y obviamente fui a cuatro que cinco marchas conmemorativas, como si asistiera a un rito iniciático, con la cabeza gacha y el pesar estallando en la mirada (así de excesivo, si no se iba de otra forma, ¿para qué se iba?).
Después se han dado, simultáneamente, las glorificaciones y satanizaciones; al tiempo que la derecha procura relativizar la pertinencia del movimiento, la izquierda lo enarbola hasta convertirlo en un dogma religioso francamente chocante. En este momento, entrarle al tema del 68 suena a lugar común acartonado, que se defiende o se desdeña con más demagogia que inteligencia.
Supongo que aquí sigue la parte en que debo dar el consejo: "por eso no debemos olvidar el 68, debemos regresar a él y conmemorarlo con hartísima devoción, porque El México Moderno está hecho de los niñitos héroes de Chapultepec y los otros niños rabiosos de Tlatelolco", pero la verdad es que de tan gastado, el tema está condenado en caer más y más en lo simbólico y menos en su realidad. A fin de cuentas, las peticiones del 68 de alguna manera están cumplidas: se puede marchar cuanto se quiera y como se quiera, los granaderos siguen existiendo pero están nulificados a su mínimo poder, justamente para contrarrestar su tradición de represión e intransigencia; los canales de libre expresión están dados, su manipulación ahora es más sutil y perversa (gracias Fox), a lo que se agrega una expresión política mucho más estúpida (gracias Peje).
Es decir: el 68 logró sus objetivos a largo plazo, pero sin saber que el resultado sería la creación de una sociedad estúpida y agachona, inflada de hipotecas, comerciales de Valores (de los de tienes el valor o te vale) y festivales blancos con velitas para horario estelar de televisión.
El 68 ya no existe ni sirve: perdió su pertinencia y está más que listo para mirarse en vitrinas de museos, para escucharse en hallazgos arqueológicos de folk sesentero y para que Alfonso Cuarón haga una peli que venderá muchas palomitas el próximo año. Imagino que era su destino. Y que con él, va el destino de quienes encontramos en aquel movimiento cierto sentido. Nos tocará seguir revisando su memorabilia en solitario, con cierta vergüenza reprimida, con (como diría López Velarde) la íntima tristeza reaccionaria.

5 comentarios:

lunanueva dijo...

solo tengo algo que decir.

........... Wow............

Isteri dijo...

PRIMITA DE ISTERI.- Tu estuviste en el 68?

ISTERI.- No mames, yo nací en el 79

PRIMITA DE ISTERI.- Y el 68 se llama así porque ocurrió en 1968?

ISTERI.- Sí

PRIMITA DE ISTERI.- Y quines pelearon?

ISTERI.- No hubo pelea, los soldados agandallaron a los estudiantes.

PRIMITA DE ISTERI.-¿por?

ISTERI.- Así de barbas.

fonema dijo...

Estoy de acuerdo, el 68 se manoseó tanto que perdió su verdadero sentido. Y ahora que lo escribo pienso, ¿cuál fue su verdadero sentido? ¿Quién lo sabía entonces? Los líderes, en su mayoría, se vendieron o cantaron; la mayor parte de los que marcharon lo hicieron más por el furor o la rabia adolescente que por una convicción sensata (si es que eso existe); los políticos se limitaron a matar lo que se había salido de control (lo cual era una práctica común, sólo que no había sido masiva). El 68 a mí también me gusta, me gusta de disfrutarlo, porque es un tema complejo y escabroso y lleno de matices, que nunca son realmente los que los políticos (de izquierda o derecha) nos quieren mostrar. Quizá esa nostalgia festiva de protestar, de dolernos, es lo que ha llevado al joven Andrés Gómez a sus quince minutos de fama (que ya duraron tres días). Quizá todos hubiéramos querido marchar aquel otoño o este mismo.

dèbora hadaza dijo...

si pero...

One güey dijo...

Qué pasó rufián, mira te platico un par de vivencias que también tengo alrededor de ese acontecimiento que no nos tocó. Cuando estaba haciendo un trabajo en la universidad tuve que estar iyendo al archivo histórico de la Secretaría de Exteriores, ahí en en el convento de Tlatelolco. La plaza me impresionó desde que llegué por primera vez, creo que nunca había estado allí y me llevé varias impresiones del lugar: todo el complejo de la zona residencial de Tlatelolco evocaba una concepción muy particular del desarrollo urbano, en la cuál la planificación masiva podía garantizar a la gente la comodidad y el bienestar que la modernización ofrecía. Grandes bloques de cemento organizados en una estructura bastante funcional aparentemente, en donde la racionalidad de los edificios no contradecía la armonía con pequeños espacios libres de esparcimiento, como jardines y parquecitos.
Lo que me impresionó de todo esto fue que toda la zona parecía totalmente abandonada, como una isla fantasma dentro del bullicioso y dinámico centro de la ciudad. ¿Qué había pasado? lo que quedaba era nada más el sueño de un proyecto, un proyecto nacional, político, económico y de modernización social. En medio de todo eso estaba la plaza de Taltelolco, los fantasmas del proyecto posrevolucionario hacían valer más su ausencia en ese piso de cemento completamente vacío y silencioso; la vida de los pocos habitantes de los edificios que la rodean parecía ser inusualmente tranquila, comercios populares del viejo estilo, ni un sólo Oxo, Seven, como si ni siquiera el neoliberalismo hubiera llegado a ellos. Eso fue lo que ví cuando fui a Tlatelolco, a un costado de la plaza había un monolito que en letras difusas recordaba la masacre estudiantil, al lado las ruinas de la pirámide prehispánica y una de las catedrales más viejas del nuevo mundo. Más
allá, el ya setentero y recientemente abandonado edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Toda la zona me pareció llena de simbolismo y fantasmas, como si en ella se traslaparan muchas de las contradicciones que han caracterizado nuestros proyectos nacionales. Es lo que me ha ayudado a mí a entender el 68, a darle un siginificado un poco más palpable y real a través de las múltiples capas de representación que se han montado sobre él y que son usados en función de las diversas necesidades poltícas contemporáneas.
Saludos