lunes, 29 de marzo de 2010

Ciudad de ciegos

Es madrugada y Dora me recuerda que nunca se me debe olvidar que amo la película Ciudad de ciegos, de Alberto Cortés, del año 1991 (¡casi veinte años!) y que ya sé, tiene momentos acartonados, no todas las historias resueltas, la mayoría viñetas que no terminan de redondear personajes, un final pretencioso para tanta soledad de alcoba, insolencia aglutinadora que de tanto acumular se queda en la dispersión nostálgica, pero si tuviera que decidirme a amar a esta ciudad no podría hacerlo con las canciones de Guadalupe Trigo ni con los promocionales de Marcelo Ebrard, de repente con el poema de Efraín Huerta y es muy diferente mi ciudad a la Nueva Grandeza Mexicana de Salvador Novo; en cambio aquí se condensa algo de cómo pienso las calles y las farolas, los ejes viales y sus charcos fatales, de cómo son las luces amarillas de los departamentos y cómo las ocultan las cortinas de mal gusto, confieso que a veces voy en la noche caminando por la calle y tengo la afición malsana de asomarme por ventanas y fisgonear aunque sea de pasada las recámaras o los comedores y las cocinas de todos esos que no soy yo, que prefiero imaginarlos con historias retorcidas en vez de comuniones familiares, que mantengo la esperanza de sorprender atisbos de confesiones, placeres incorrectos o conciencias abismadas a su realidad.
Para ese voyeurismo de peatón ensimismado, nada mejor que mirar a Gabriela Roel, que nunca fue tan bella como entonces, sus tacones andando las calles de la Condesa en los años cincuenta, medias de nylon y cuco
outfit sastre, hasta entrar al edificio /al departamento del que ningún personaje saldrá hasta treinta años después. Porque desde que Socorro (la Roel, pues) traspasa el umbral y se quita las medias de liga con lenta coquetería, el departamento es protagonista y desde su interior se cuenta la historia de la Ciudad de México, nunca de forma didáctica, mostrando de refilón los cinco que seis pesares que la han asolado -las huelgas ferrocarrileras, el movimiento del 68, la opulencia y la crisis de los setenta, el terremoto de 1985-: idea que ya habría resuelto George Perec con más elegancia en sus novelas Las cosas y La vida. Instrucciones de uso, o que por nece$idade$ de producción -y tal vez, también, estiras y aflojas con la censura- obligaron a Jorge Fons a encerrar a todo el 2 de octubre de Tlatelolco en un departamento, apenas un año antes de Ciudad de ciegos, en Rojo amanecer.Ciudad de ciegos cuenta diez historias urbanas y todo se cuenta desde la sala, el comedor, el baño, la cocina, las recámaras del mismo departamento, que va cambiando de inquilinos. La música del rock and roll le enseña a Leonor (Claudia Fernández) el inicio de su emancipación; los Juegos Olímpicos en la tele anuncian el movimiento estudiantil y obligan a que Lucio (Benny Ibarra) tire su mois al excusado; el monólogo telefónico de Inés (Blanca Guerra) bosqueja su final cuando se ve muy de pasadita el libro El segundo sexo de Simone de Beavouir, y las pacas del periódico La Jornada caracterizan el tono de ese grupo de rock imposible en el que convive Santa Sabina con Saúl Hernández y el Sax de la Maldita Vecindad. Tal vez lo heterogéneo de los guionistas -Herman Bellinghaussen, José Agustín, Marcela Fuentes-Berain, Paz Alicia Garcíadiego y Silvia Tomasa Rivera- entorpece el total de la película, y como ocurre con los compilados, no todas las historias tienen la misma altura, pero incluso esta diferencia de tonos refuerza lo verosímil de la ficción, en la que el departamento lo mismo es depositario de cuentos picarescos que de melodramas, de inquilinos solitarios y agobiados que de familias agobiantes de tan nutridas.
Déjenme trascender el comentario guarro de que además se ven las tetas de todas las actrices que salen en la peli; porque reinterpretando,
Ciudad de ciegos en realidad podría ser una historia de la sexualidad chilanga, o más específico, de las mujeres chilangas y sus conquistas, tema que Cortés ya había abordado en otra película de oscuro culto, Amor a la vuelta de la esquina (85). Desde la clandestinidad de Socorro hasta el liberalismo chairo de Marisela (Rita Guerrero), quien sin pedos lleva a dormir a su chavo al depto con la complicidad de una madre Mara (Macaria) tan progre que mira (tremendo cliché) documentales de inmigrantes: Ciudad de ciegos también puede revisarse como una "historia de la vida privada" de la femeneidad o el feminismo (corríjanme las expertas en género), con una resolución que puede pecar de ese optimismo -hemos conquistado todas nuestras libertades- propio de la izquierda quesque propositiva sociedad civil del primer PRD, el que era víctima del salinato y aun se fingía honorable con el rostro de esfinge de Cuauhtémoc Cárdenas.
Ahí podría estar el error de
Ciudad de ciegos, en cierta arrogancia ideológica que imagina la perfección ciudadana desde una izquierda tan monolítica como el mismo Tatita Cárdenas, y que proviene de la formación del director y los guionistas, esos lectores bravos y consecuentes de La Jornada que en esos años noventa sonaban tan pertinentes y que ahora tristemente se han anquilosado. Defecto del que también adolece la novela Pánico o peligro de María Luisa Puga, que torpemente intenté reseñar por acá.
Pero política aparte, denme chance de engolosinarme con lo que
Ciudad de ciegos tiene de cine y de emocionante: el regodeo en los objetos según las épocas, esa descripción cuidadosa de muebles, cuadros, libros, recámaras, que solamente un chilango de vieja estirpe puede reconocer a lo largo de sus varios departamentos alquilados; los festejos clandestinos de los criados -la historia de Teo (Zaide-Silvia Gutiérrez) y Piter (Luis Felipe Tovar)- con musiquita de fondo de Rigo Tovar; la viñeta ingenua y romántica, con lluvia inhóspita y apocalipsis exagerado, de Raquel (Verónica Merchant) y Salvador (Roberto Sosa), tan adolescentes y hermosos ambos; o el perverso adulterio de Saúl (Enrique Rocha) con Fabiola (Elpidia Carrillo) que estremece cuando llega el temblor y el close up de la descorazonada amante se acompaña del blues fatal "Aquí me quedo" de José Elorza.
En otro post se valdrá hacerse el inquisitivo de los muchos nuevos cines mexicanos, en particular de aquel que ocurrió entre finales de los ochenta e inicios de los noventa. En la madrugada sólo vale pergeñar lo que proviene de la emoción; en la mía confieso que dos veces he soñado que le muestro esta película a dos personas que me han importado; supongo que el psicólogo que no consulto lo interpretaría como querer darle, a esas personas, el reducto desde donde podría construir mi amor por la ciudad. En
Ciudad de ciegos recupero al Distrito Federal que en otros momentos me decepciona con sus tantos conductores animales y con sus tan pocas faldas cortas. Si reinterpretara más: tal vez la Ciudad de México más sugerente se vive al interior de sus departamentos, en alcobas oscuras, tras las cortinas amarillas que apenas dejan imaginar sus historias.

PD1: Y el soundtrack es al alimón entre José Elorza y El Jefe Jaime López. Decir que es excelente es una obviedad.

PD2: Por puro morbo, acá el final de la peli. Santa Sabina, Sax de la Maldita Vecindad, y Saúl Hernández, cuando todavía cantaba, covereando-pocheando al Rey Lagarto con la frase: "dis is di en, mai fren"



PD3: Ya entrados en gastos, un trailer de la peli, cortesía de VeneMovies



Por ahí leí que la peli se puede bajar desde Ares o desde Emule. Ahí investíguenlo por su cuenta, digo, todo lo quieren peladito y a la boca. Chales con ustedes. Me voy a dormir.

miércoles, 17 de marzo de 2010

San Remo Café

¿Han notado que en las cajas de los Oxxos y los cafés de franquicia, cuando les dan su vuelto, debajo les dan el papelito de la nota y que es el acto más estorboso e inútil del mundo, porque el papelito se enreda entre las monedas y los dedos y además no sirve para nada y luego uno se ve torpe y estando así se trastoca el orden del universo y provoca un inicio de agrura que con poco cuidado podría transformarse en severa úlcera gastrointestinal? ¿No se les antoja entonces decirle al cajero que no les interesa el papelito y cuando ellos insisten no les dan ganas de restregárselos en las narices y después sacar un cuerno de chivo y acribillarlos y después destruir la franquicia y los jardines adyacentes y ya entrados en gastos propiciar algo semejante a una espantosa hecatombe nuclear?
En cosas así pienso cuando estoy en la caja del San Remo Café de Plaza Universidad, antes de sentarme a escribir hermosos pensamientos sobre la humanidad y su sagrada misión en el mundo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cuestiones de ritmo

(cuando voy en la calle y voy imaginando un post siempre imagino un ritmo, un ritmo testarudo, atrabancado, que se cae a trompicones y se levanta sin la menor gloria, con más riñones que cerebro; la perorata machacona del antipático que quiere ligarse a una muchacha a la que ha aburrido desde el inicio de la conversa, pero insiste y sin ver que lo han dejado solo sigue caminando y recapitulando necedades para enamorarse de sí mismo aunque eso apenas resulte una salpicada de patético onanismo; así me gusta que suene el fraseo, esa insistencia ciega de quien no tiene nada brillante qué declarar pero si deja de decirlo se abarranca peor y el ni modo de la supervivencia le obliga a ofrecer como nuevas tres ideas ya choteadas, aburridas pero que no le hacen mal a nadie porque al menos no quieren protagonizar, rescatarse como aforismo o encabezar el marketing social media de lo frugal)
(en cambio a veces redacto y limo oraciones y cuando estoy a punto de decir algo me pasmo al sentir que finjo una cátedra de sentido común y contención, entonces me entristezco porque sé que estoy a punto de volverme en quien no quiero, resignarme a mirar por encima de los anteojos beneméritamente y conformarme con representar a ese que no tuve más remedio que ser; ahí me agobio y me aterro de mí mismo y es cuando prefiero cerrar la plantilla de blogspot y me voy a cuidar granjas de facebook o algún otro juguete virtual de generosa evasión)

miércoles, 3 de marzo de 2010

La señorita Búho, The Police, Horacio Quiroga y la necesidad de ser prolíficos, versátiles y ambidiestros

La Señorita Búho es curiosa insegura impulsiva torpe sexy hiperactiva y graciosa, todo al mismo tiempo, lo cual la hace un ser de lo más complicado. Y me estaba diciendo por el msn que se sentía insegura con sus cuentos, quince minutos antes de que Luis Gerardo Salas anunciara en el internetero Rock 101 que pondría la rola “Every little thing she does is magic” de The Police, “como no se había escuchado en los últimos quince años que no existió Rock 101”; y como a veces da flojera ponerse crítico y está más bueno ser emocional, aunque no fuera cierto se lo creí. Escuchar y querer escuchar más The Police fue lo mismo, por suerte existe Taringa! y con cierta paciencia uno puede bajar seudolegalmente lo que quiera, y en tres clicks de mouse me topé con el Message in a Box, tan azul y hermoso él, con todas las rolas del grupo, que fue tan bueno y luego tan malo y después de nuevo bueno y últimamente muy choteado, aunque a veces a uno lo vence lo choteado y qué bonito ponerse a oír. No recuerdo cómo perdí esta caja, si me acuerdo cuándo la compré, y dónde la compré, en una tienda pequeña de discos al lado del Cine de las Américas, se jactaba de vender puros discos importados y tan mamón que era uno a los veintipocos, mejor pagar cien pesos más pero presumirle a todos que era la caja inglesa originalmente venida de Inglaterra e inglesamente original. La señorita Búho reclamó porque no le contesté a no sé qué pregunta, ok, los cuentos, debe ser triste escribir un cuento y sentirse inseguro de haber escrito un cuento, es muy triste perder la sensación, incluso falsa, de que se escribe como si se fabricaran bombas molotov artesanales, y hago responsables de esa tristeza a los manuales decálogos tratados y reglamentos del cuento perfecto (estoy hablando de ti, Quiroga); ya sé que los cuentos deben evolucionar y Ser Arte y que todo narrador que se respete debería enmarcar “La caída de la Casa Usher” e hincarse todos los días diez minutos frente a él y venerarlo desproporcionadamente, pero qué joda si un cuento perfecto nos vuelve cuentistas tristes y no podemos hacer caminar a ningún personaje porque les pesa el peso de tanto Carver y Cortázar y Chejov. Información no autorizada me hace intuir que ellos escribieron sus cuentos pasándose antes a sus maestros por el arco del triunfo, y que lo más importante que debe aprender un cuentista es a deshacerse de todos los fardos ilustres antes de empezar a escribir. Entonces estaban los cuentos y estaba The Police. Y la Señorita Búho gritando desde el azul-gris-azul-gris de la ventana del msn. Y se hacía obligado escucharse, por ejemplo, el momento en el que inició The Police. “Fallout”. No se puede seguir leyendo si no escucha antes “Fallout”:





La guitarra de Andy Summers es básicamente rupestre e imperfecta. Sting se escucha tan destemplado que todavía debe darle vergüenza. Stewart Copeland aporrea la bataca tan estúpidamente que parece filetero de bisteces administrando las ganas de matar a su mujer. Compárese con la delicadeza del “Tea in the Sahara” (y hablando de todo un poco, ¿por qué no dejan de leer este post y se van a leer a Paul Bowles?) y es cierto que falta misterio, delicadeza instrumental, reposo sensual del bajo y juguetitos sonoros que aporten arena y turbantes y oasis new wave. Pero, ¿quién menosprecia la energía, el ánimo trompicado del inicio postpunk de The Police? Ajá, dice Madmoiselle Hibou, y eso qué tiene que ver con los cuentos. Y pues ajá, pues tiene que ver eso, que el cuento más estructuralmente perfecto pero sin energía, es una verdadera pérdida de tiempo y una auténtica tristeza. De ahí que se vuelva impostergable dictar alguna regla del cuento perfecto:


Regla 1 del cuento perfecto: No hay que leer el decálogo de Quiroga, hay que escuchar el primer disco de The Police.


Después le agregué a Milady Owl que para escribir un buen cuento también había que saber mover las caderas (Eduardo Casar decía que uno debía saber escribir moviendo todo el cuento) pero eso más bien se lo lancé de buscapié pa’ ver cuándo le damos a la danzoneada. La conclusión de este bonito post debería ser que hay que escuchar a The Police y olvidar que Mix FM y Universal Stereo lo han choteado.

Miento: el post en realidad debió haberse tratado de cinco tuits que perpetré hace rato y que decían que para recuperar las obras choteadas de Los Beatles, Police y Jaime Sabines, había que escucharlos o leerlos desde sus obras menos famosas y después llegar hasta sus oldies but goldies, pero no sé por qué se fue el post por acá y ni modo de andar rehaciendo todo, sobre todo cuando hay tanta gente reclamando porque hace mucho tiempo que no posteo y tal. Entonces eso mejor lo posteo después. Baste poner de adelanto que @sabandijiux después hizo unos bonitos comentarios tuiteros que hablaban de …jazz, y Occidente, individualismo, sentido del tiempo, nostalgia, radios de onda corta, un citroen aparcado en una calle solitaria… películas en blanco y negro, sin subtítulos, películas del otro lado del mundo, películas grandiosas, ciudades industriales llenas de hollín, un invierno en Venecia.
Antes de todo eso decía que debíamos ser prolíficos, versátiles y ambidiestros. Le creo. Por eso insisto: Oigan a The Police:





Y más The Police:



Y más The Police:



Y ya me voy a ver si N ya me habla. Shu, shu.

viernes, 22 de enero de 2010

Adventureland: la aventura de la historia simple

Aventúrense al encanto de las historias simples; dije simples y no previsibles; las simples muestran todas sus cartas desde la primera jugada, las previsibles se hacen las tontas aunque sepamos que ocultan su as bajo la manga; la historia simple se solaza en su ligereza, la previsible carga pesados clichés que sacará de la chistera para asombrar con espectaculares giros de tuerca; la historia simple es un churrasco jugoso con papas fritas, la previsible se promueve como ExtraHiperMegaChingón sabor, aunque nunca queda claro si se trata de res auténtica o de ratas procesadas.
Inicia Adventureland (Mottola, 09) y a los diez minutos ya sabemos qué ocurrirá: el adolescente James Brennan (Jesse Eisenberg) quería hacer su viaje iniciático a Europa, pero por un lío laboral del padre debe refundirse con su familia en el rancho acerero de Pittsburgh y tener una existencia opaca; necio con hacer su viaje, empieza a trabajar en Adventureland, un parque de diversiones. Se me fue poner antes que todo ocurre en los años ochenta, que es como decir que todo ocurre en un parque de diversiones. Y es de lo más fácil completar la trama: en este lugar, James tendrá un aprendizaje de vida superior al que hubiera vivido al cruzar el Atlántico. Porque claro, se agregan los personajes que ya imaginan: Em (qué bella es Kristen Stewart), una niña bonita de comportamiento huidizo; y Joel, el amigo rusófilo y repelente, y Lisa, la buenota excesiva con la que todos quieren, y Connell, mayor que el resto del grupo, mítico por haber tocado junto a Lou Reed, viril, casado y con tanta doble vida como Em (y ni por el spoiler protesten: insisto que todo es obvio desde la presentación de cada quien).
Ya pueden calcular los romances, los secretos, las revelaciones y las peripecias, cómo reaccionará cada personaje ante los conflictos y cómo los resolverán. Pero eso importa poco: lo hipnótico es el trazo tan detallado que Mottola le da a cada personaje. Es cierto que parte del estereotipo, pero desde ahí los borda hasta conseguir riqueza en los matices, y antes de darnos cuenta, los personajes cándidos se han vuelto mezquinos, los de aspecto torvo revelaron fragilidad y el rol esperado (el aprendiz, la bonita, el experto, la buenota) se resuelven desde una ambigüedad que, esa sí, lleva al asombro. La sencillez en la trama de Adventureland permite prever qué ocurrirá con cada personaje, pero la complejidad en el trazo de cada uno de ellos obliga a la sorpresa por los gestos, los silencios en suspenso, los diálogos que saltan como acertijos morales, las disyuntivas que sólo tienen sentido al interior de esta historia.
Chéjov pedía que el final de un cuento no sorprendiera por lo inesperado, sino por la naturalidad con la que se va decantando. Así parece obedecer Greg Mottola, al darle el tempo, la frescura a la solución de cada personaje. Y entonces se intuye: el director ha filmado con más emoción que estrategia, con más necesidad de Verdad que de reconocimiento por su habilidad narrativa. El resultado es una película suave y sugerente; divertida, nostálgica, incluso para quienes ahora mismo se están debatiendo en sus conflictos de los diecitantos.
Adventureland es un cine que no cuenta, muestra; en consecuencia, un cine menos astuto, pero con una materia más cercana a la epifanía.


PD: Ah, y el soundtrack está de güevos, chéquense sino esta rola nomás

miércoles, 13 de enero de 2010

Sherlock Holmes y la aventura del detective, el mago y el doctor

1. La forma obvia de comentar a Sherlock Holmes, la película reciente de Guy Ritchie, es situándonos desde nuestro arrogante púlpito de lector inmaculado, y con el gordo tomo de Conan Doyle en el regazo despotricar porque: a) transformaron al maravilloso "detective asesor" (Sherlock dixit) en pinche muñequito de acción articulado; b) permitieron que Robert Downey Jr. siga interpretando a su genial personaje Robert Downey Jr., que en Iron Man está de güevos pero acá hacía falta otro tono; c) exageraron el protagonismo amanerado de un Doctor Watson (Jude Law) que nunca entiende la grandeza del tono menor del cronista original (la puta madre: qué mierda hace Watson cagando cada tres diálogos a Sherlock); d) apelmazaron buticantidad de gags cínicos resnatch que diluyeron el humor flemático del hombre de Baker Street 221B hasta hacerlo parecerse a Jim Carrey protagonizando Sin ton ni Sonia; e) se regodearon en corretizas, madrazos, explosiones y un romancito gratuito con Irene Adler, que se quería apasionado y terminó siendo cliché de cualquier crossover de Lara Croft vs. G. I. Joe y f) crearon soluciones muy sacadas de la manga (qué cazuelas que las claves de TODO estaban en el mismo laboratorio), que habrían hecho retorcerse de la impotencia al mismo Sir Conan Doyle.
Pero Guy Ritchie seguro que ya estaba preparado para críticas tan memas y ya tendría la respuesta obvia: que su Sherlock es una actualización del mito para la chaviza de hoy, que el hieratismo de Basil Rathbone poco tiene que decirle a los niños del internez y el post-punk-indie gooeeei, que mejor relájense y diviértanse y zoquen el hocico con puñados de palomitas. Bien valdría advertirle al tal Ritchie que al menos diez generaciones de lectores de Holmes lo vigilan. O sea: que se ande con cuidado. Aunque también:


2. Lo que sigue es doloroso (y más para un fan from hell del gran Sherlock) pero debe decirse: el personaje de Conan Doyle es el equivalente, en el entresiglo XIX-XX, al Harry Potter del entresiglo XX-XXI. Y si ya empecé con herejías, le sigo: ambos personajes comparten la representación episódica, el maniqueísmo entre el bien y el mal, la narrativa esquemática y sin riesgos formales, el confort pequeño burgués (odio los términos izquierdosos pero fue el que mejor le quedaba) que no se atreve a la épica absoluta, los valores conservadores sobre cualquier trasgresión incómoda. Conan Doyle y Rowling consiguen lecturas fascinantes pero sin peligro; no reinventaron ni reinventan las escrituras de sus tiempos, pero supieron recrear escenarios y personajes conmovedores para sus lectores, y aunque no remuevan drásticamente los sistemas literarios que les rodean, pueden y podrán presumirse como esas primeras lecturas que después nos hicieron indagar hacia autores más sustanciosos.
A Harry Potter le tocará el juicio del tiempo en algunas décadas más, a Sherlock Holmes ya se le puede pasar ingrata factura. La principal: que lo fascinante de sus deducciones, que seguramente asombraron a sus primeros lectores y todavía puede impresionar a dos que tres adolescentes, ha perdido fuerza frente a historias de enigma de mayor complejidad. Todavía siento el frío de los quince años, cuando leo que en Estudio en escarlata Sherlock revisa la casa de los Jardines de Lauriston mientras deja fanfarronear a los policías Lestrade y Gregson, para después dejarlos con un palmo de narices, describiendo al asesino, los cigarros que fumaba, el tipo de carruaje en el que llegó y su arma letal. Pero en una segunda lectura, varios años después, es imposible no esbozar una sonrisa por ciertas sorpresas que ya parecen ingenuas. ¿Dónde envejeció la maravilla de Holmes? En la novela negra gringa, que evidenció que nadie es criminal o delincuente del todo; en los thrillers kafkianos y su empeño en mostrarnos que el mal es una abstracción burocrática; en las conjuras de la vida real (Kennedy, Olaf Palme, Colosio, ¿les suena?) y la certeza de que el crimen obvio solamente es la punta del iceberg de más siniestros lodazales. Las deducciones precisas de Sherlock sólo eran posibles en una Europa orgullosa del positivismo y la fe en la ciencia; con el mugrero de la Gran Guerra se hizo imposible resolver el acertijo perfecto del crimen perfecto. Tal vez por eso, el personaje más inquietante del mundo de Holmes sea el oscuro Dr. Moriarty, que acaso prefigura a ese mal evasivo, difuso, que la lógica es incapaz de desmembrar.
¿Lo rebasado del original es, entonces, el motivo de que la reinvención de Ritchie sea tan fallida?

3. Aquí en realidad quería hablar de cómo se reinventó el mito de Sherlock Holmes en el doctor en diagnósticos Gregory House, pero entonces el texto se iba a alargar mucho e iba a parecer demasiado jalado de los pelos (¿no que el tema era la peli?). Que además ya todo mundo ha leído sobre esa influencia manifiesta de Sherlock Holmes en David Shore, el creador de la serie de TV, y sobre cómo lo ha reformulado en el insoportable doctor cojo que interpreta Hugh Laurie. Nomás pa' no perder el pretexto, sugeriré: que en Dr. House, tan importante es el ejercicio de la deducción, como el conflicto del genio científico rodeado de tanta gente cursi. Que el acento en Dr. House está en la confrontación del saber, como empeño y como fatalidad, contra la corrección política de un hospital y su misión de "salvar vidas". Lo que agrega House al arquetipo de Holmes es el carácter atormentado del personaje: que Conan Doyle lo sugiere cuando Holmes le entra a la morfina, pero no lo destaca como su tema mayor. No me atrevería a decir que House supera a Holmes, pero sí se valdría sugerir que House es una reformulación más afortunada del detective, contra el mamarracho que se inventó Guy Ritchie y que payaseó con tanto esmero Robert Downey Jr.
O sean francos: ¿cuántos no quisieron ver a Hugh Laurie con el gorro y la capa a cuadros, en vez del dandy mamón de Tony Stark?

4. Y bueno, a eso hay que agregar las limitaciones, orgullosamente asumidas, de Guy Ritchie, quien ha conseguido con gran empeño convertirse en algo así como un Tarantino sin el genio de Tarantino. Entonces valen las corretizas, los balazos, los putazos, los diálogos ingeniositos de matón de a tres pesos. Nomás como sugerencia: aun con lo cándido y predecible que pueda parecer ahora, sigue valiendo más la pena regresar al original de Arthur Conan Doyle. Y se puede conseguir en ediciones relativamente baratas. Corran por él, y de paso compren la novela de Pocahontas, antes de que alguien les invente que es flaca como anoréxica, verde como lagartija y que vive en un excitante mundo llamado Pandora. Y pues ya, me fui.

viernes, 1 de enero de 2010

Parque MacArthur

Me voy a ahorrar las payasadas esas de especificar que por comprar un disco gay uno no es gay, aunque lo sea. Lo que no me ahorraré será explicar que a veces intuyo que ser gay y ser homosexual no es lo mismo, que al homosexual le gustan los hombres y el gay jotea, es decir, se apropia de ciertos elementos de una cultura que supuestamente no es "para hombres", como ropas chillantes, músicas festivas, afeminadísimos despliegues dancísticos en el escenario que rompen plaza y hacen trizas el tablado. El hombre hombre, por el contrario, desprecia los movimientos estrafalarios, a menos que sea Chuck Norris y deba salvar al mundo o a su hija; se mantiene grave, estoico, en la fortaleza meditabunda de su cuerpo, con ojos agudos de estratega, es un cavernícola al acoso del mamut, aun cuando el mamut contemporáneo use tacones e insista en pesar menos de 50 kilos (y quiera parecerse -horror de los horrores- a Carrie Bradshaw).
Pero ese tampoco es el tema. El tema estaba maso bien redactado en alguna libreta de hace seis años, que reencontraré justo cuando ya no la necesite --es decir, cuando haya terminado de escribir este post--. Intentaré el recuerdo: también empezaba conque compré un cd doble con los éxitos de Dona Summer, que me daba un poco de vergüenza, pero que lo puse en la casa y fui el más feliz. En ese entonces acababa de ver la peli de Studio 54, acababa de divorciarme y tenía claro que mi vida necesitaba mucha jarana. Los excesos de una generación setentera previa al sida, que bailaban, se drogaban y cogían con desesperante felicidad, era el mood que me gustaba. Aunque también me fascinaban los despliegues musicales, más orquestados que con bits, de ese estilo discoteque que todavía no era lo suficientemente electrónico y debía compensar los samplers con cajas de ritmos primitivas, violines, trompetas y guitarras. Estaban a tres meses de la despersonalización robótica (que también tiene su chiste pero es otra historia) de la música electrónica, y el bit rupestre debía compensarse con instrumentaciones fastuosas, que venían un poco del progre y otro poco del glam rock. Oigan el piano con el que inicia "I Will Survive" de Gloria Gaynor, las trompetas de Earth Wind & Fire, los coros agudos hasta la diabetes sonora de los Bee Gees.
Esta orquestación le daba un tono muy especial al sonido discoteque de los setenta. Convengamos que entonces se le trataba tan pésimamente como ahora al reaggeton, porque la gente entendida prefería a Pink Floyd, Led Zepellin o David Bowie. El desdén era rigorista, al menos hasta que era sábado y daban las diez de la noche, entonces se podía evadir el distingo tan radical y escabullirse a la típica discoteca de pisos de colores y esferas de espejos.
La gente que oía rock pensaba rudamente, todavía le pesaba la represión postAvándaro y se refugiaba en hoyos fonquis muy gruesos, donde corría la mota, la promiscuidad y la falta de estilo. Los nices iban a las discos donde también corría la mota, la promiscuidad y la falta de estilo, aunque esto último apenas se advertía, usar traje blanco y camisa negra con el cuello de fuera estaba de lo más in. Lo que debo decir: si el rock era el compromiso, la música disco era evasión. Si el rock confrontaba y no daba soluciones sencillas, la música disco se elevaba al sueño frívolo y sonriente. Si el rock era un viaje a una oscuridad que fortalecía tras pesadillas estridentes, la música disco transportaba a la belleza, la elegancia, el ligue glamoroso y la emoción fútil.
Pasión de cueros y demonios, era el rock; romancillo de gasas y luces, el de la música disco. Pero ambas manifestaciones en realidad resolvían una larguísima resaca que duró toda una década, que inició con aquel famoso Dream is Over de Lennon. Cuando se fue a la mierda la utopía sesentera, la música debió camuflajarse en máscaras de distinto pelaje: heavy metal, punk, glam rock, sonido Motown, todo teatral y excesivo. Los setenta son una cruda, una evasión que no mira frontalmente lo que ocurre, un aquí y ahora que no pretendía crear discurso. Y sin embargo, no sólo de dogmas se hacen los recuerdos; tal vez la memoria más dolorosa sea aquella que proviene de lo imperceptible, lo que no pudo aprehenderse, lo que no tuvo documentales o manifiestos que dejaran constancia de la gente, los bailes, los revolcones que se dieron ahí.

***

Menos rollo, mejor escuchen:



Una entrada bastante generosa de wikipedia para una canción revela que "MacArthur Park" existía desde 1968, que fue escrita por Jimmy Webb y ha tenido muchos cover, el más prestigioso en voz de Frank Sinatra, aunque el más famoso sea el de la "reina de la disco". Pero su estructura es por completo el estilo de Donna Summer, quien al menos en tres rola más (ésta, "On The Radio" y "Enough is Enough", con Barbra Streisand) repiten un esquema semejante. Un principio suave, de balada dulzona con violines, un piano de fantasía y coros alambicados, que detalla con enorme melancolía el recuerdo de dos amantes que por cualquier razón no siguen juntos. Apenas al minuto, Summer sostiene un agudo que se vuelve grito de batalla, se incorporan percusiones, trompetas e inicia la fiesta discoteque. Pero la canción conserva la misma melodía.
A pesar del ritmo bailable, del énfasis de los violines y de la voz que se ha hecho más firme que al principio, subyace la tristeza del inicio. Escuchen bien, dense cuenta que pueden contonearse, girar las patitas, levantar brazos e imitar la alharaca de la fiesta, pero ahí sigue el dolor del amor perdido, y claro, la falsa promesa de la vida que sigue adelante, porque eso es un mal chiste ante esa voz que se descifra en desesperanza. ¿Cómo puede entonces bailarse al mismo tiempo que dolerse tanto? O tal vez se baila por eso, porque el baile es la única respuesta al desasogiego, a no entender por qué terminaron esos años dorados. La historia habla de amantes, pero bien pueden ser la generación toda, buscando a San Francisco, el submarino amarillo de los Beatles, las consignas disueltas, mucho menos por las represiones institucionales como por el simple paso de la vida.
Por ahí viene el siguiente debraye: MacArthur Park no puede referirse a un amor adolescente; la pareja que se canta ha pasado las duras y las maduras, no tienen el candor del dolor primero, sino la suave pesadumbre del desamor crónico, y justamente por eso es tan urgente ser bailada; tiene el peso, la gravedad, de quien ha dejado su último esfuerzo en ese baile y que solamente le queda el invierno de refugio.
Y entonces vale extenderse a las canciones de esos setenta tardíos: "I Will Survive" o "Staying Alive" aluden al fracasado que busca su última oportunidad; podría ser el mismo hippie de hace diez años, que divorcios, cárceles o corbatas mediante, ya no puede promover las utopías que cantó con Grateful Dead y ahora apenas va buscando recodos nostálgicos donde pueda pernoctar lo que resta de su vida ("Now I need a place to hide away" cantaría, visionario, Paul McCartney quince años atrás).
Las canciones de los setenta parecen el consuelo para quienes se atrevieron a enfrentar el edicto de Mick Jagger, de crecer más allá de los treinta años. Por eso la evasión, aunque no el desparpajo; por eso su ligereza aérea, aunque no su posibilidad de consigna. Los setenteros tendrían que desaparecer pocos años después, cuando los Buggles mataran con el video a las estrellas de radio. Entraría una nueva generación educada para los juguetes de Star Wars, para los cubos de rubik, para cambiar el existencialismo por las trivias de TV. Historia menos compleja, también de colores más brillantes. Mamase mamasa mamacusa.

PD: Y esto es otra jotería pero, ¿ya vieron qué chido se ve el primer post acomodadito en su casillita de enero de 2010? Cumplan los propósitos esos que se dijeron, al menos los primeros quince días.