miércoles, 3 de septiembre de 2008

Jacobo y La Marcha

No tenía muy claro por dónde entrarle al tema de La Marcha Contra la Delincuencia; el respeto a tanto asesinado y secuestrado se peleaba con el recelo de ver a todos esos personaje conmovidos -el Juan José Origel y la Claudia Lizaldi, la Hania Novell y los niños patéticos de la última Academia, las lágrimas tan indescriptibles de Adal Ramones, las pelotas inmaculadas de los partidos de fut, las portadas con veladoras de todos los periódicos, el enorme listón blanco en el pretencioso edificio del periódico Reforma- tan oportunamente blanqueados de blanquísima blancura. El reclamo se me hace pertinente, desconfío mucho de su ejecución.
Tenía tanto resquemor que preferí evitar la ironía in situ y, como dirían los P. Mosh, vi la revolución desde mi televisor. Después la tele me regañó y me dijo que no se trataba de una revolución naca pinchona revoltosa perderrista, sino de unir voces en un grito desesperado (Cfr. Carlos Cuauhtémoc Sánchez) para expresar un contundente Ya Basta a la impunidad y a las ineficaces autoridades del país. Perdóname, tele, le dije arrepentido a la tele y me concentré en mirar.
Después me limité a leer las opiniones a favor o en contra, sin intención de abundar. Hasta que en la tarde del lunes, mientras comía unos tacos de guisado que están casi enfrente de la Cineteca, pasó un auto y desde su radio escuché esa voz inconfundible, de micrófono trabado en la laringe. Los años setenta y ochenta mexicanos no pueden entenderse sin ella. Y sin la figura flemática, acartonada, de Jacobo Zabludowsky al frente de 24 Horas, su noticiero de Televisa.
Lo inmediato fue pensar qué habrá dicho sobre la marcha en su programa de radio. Y la otra pregunta, más especulativa: ¿cómo habría hecho la crónica de la marcha del sábado anterior?

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A Jacobo le tocó ser el periodista de la censura priísta, el entrevistador en exclusiva de los candidatos del partidazo, el fustigador de los movimientos políticos alternativos (PAN, PC, PSUM después derivado al Frente Cardenista del 88 y al PRD) al todopoderoso tricolor. Y no es casual que su estrella televisiva decayera al tiempo que la hegemonía priísta se desquebrajara. Después, desde la radio, ha intentado posturas críticas e incluso sorprendió cuando en las elecciones de hace dos años tuvo un claro sesgo proPeje. Quienes lo conocíamos de antes supusimos en esta postura una forma de lavar culpas. Esta expiación también la ha mostrado en entrevistas, cuando ha declarado que su postura parcial era obligada por las políticas de la empresa donde trabajaba.
Por este periodismo sesgado fue víctima de las burlas y caricaturizaciones de los opuestos a su exempresa. Hasta Caifanes le hizo una rola que se quería ojete y les quedó más bien pinchona. Pero intentando justificarlo: Jacobo no pudo ser mucho más de lo que su momento histórico le permitió. Y de ahí sigue un intento de apología: y con eso poco que podía hacer, logró convertirse en el cronista más solicitado del México que se vivió en la televisión. Hizo relatos emocionantes de diversos momentos de la vida mexicana: él declaró la muerte de Colosio, él hizo las crónicas de las visitas del Papa, él entrevistó a los santones de esos tiempos (Salvador Dalí, María Félix, Cantinflas, Octavio Paz), él siguió todos los informes de gobierno de todos los presidentes de su época (De Díaz Ordaz a Ernesto Zedillo: treinta años con seis sinvergüenzas no es poca cosa) y quien siga dudando de sus habilidades no podrá negarse a reconocer lo estremecedora de su crónica, en tiempo directo, del terremoto de septiembre del 85.

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Tras su salida de Televisa y con su incursión a la radio, la apuesta periodística de Jacobo se ha acentuado hacia la remembranza (el cliché convertido en nicho) del México que se fue. Jacobo entrevista taxistas, meseros, dueños de pequeños negocios, boleros o expertos de oficios vetustos que ahora sólo existen como rarezas. El intento es recuperar una ciudad anterior a todas las crisis: las económicas, las políticas, las sociales, las policíacas y de justicia de ahora. Una ciudad anterior incluso a la nefasta influencia del propio Jacobo como comunicador.
La ciudad que no se cansa de evocar Jacobo en columnas, entrevistas y crónicas radiales: un Centro Histórico sin vendedores ambulantes, una Zona Rosa con intelectuales y artistas en innovación continua, clases medias dignas que habitaban las colonias Narvarte y Del Valle, los ricachos de Polanco y Las Lomas como emprendedores suertudos que consiguieron amasar fortuna gracias a su esfuerzo y a que les hizo justicia la Revolución. Una ciudad movida con una doble moral eficiente, bien engrasada, en la que pobres y ricos conviven en una injusta pero armónica fraternidad. Sólo eso hace posible que el Jefe Jacobo llegara todas las mañanas a las afueras de Televicentro y platicara animadamente con quien le bolea los zapatos; Jacobo le habla del clima y el bolerito de las changuitas del dancing club donde él baila; Jacobo le promete que le conseguirá un autógrafo del mismísimo Chente Fernández y el bolerito le presumirá que también le bolea los zapatos a él.
La utopía tiene forma de ciudad: existen ricos y pobres, pero unos y otros están muy satisfechos de su condición. El distingo entre Nosotros los pobres y Ustedes los ricos nomás sirve para que un hijo del pueblo como Pedrito le cante a su chorreada con un miserabilismo conmovedor. Porque hay que aceptarlo, el nivel social va acompañado del nivel moral: el rico es fruto de su esfuerzo, su tesón, alguna simpática trampilla que tiene más que ver con su astucia (el lobo de los negocios) que con su probable (Dios nos libre) infamia. El pobre no sólo es pobre porque quiere, además se siente muy contento de serlo. ¿Huelgas de ferrocarrileros, campesinos? Gente ignorante que se deja llevar por ideologías extranjerizantes. ¿Partido Comunista, guerrilla? Impacientes que no permiten que la riqueza y las oportunidades lleguen a ellos cuando naturalmente se desborde la economía hacia abajo. Por fortuna, la gran mayoría de la sociedad mexicana es eso que llaman gente buena, sencilla, generosa, trabajadora, que describe con su inigualable picardía la guapura de López Mateos y la fealdad de Díaz Ordaz.
Jacobo ha ilustrado ese edén citadino, imperfecto pero entrañable, cuando presume su infancia en La Merced, cuando jugaba futbol con el hijito del arbano tendero Slim (sí, jugaba con Carlitos) y otros peladitos que ya no se recuerda el nombre pero eran de lo más simpáticos.
Después, cuando le tocó hacer la crónica de los setenta y ochenta mexicanos, mucho de su acartonamiento iba permeado por el azoro de no entender ese país y esa ciudad que se le estaba yendo de las manos entre devaluaciones, explosiones demográficas, oposiciones al priísmo idílico cada vez más nutridas y sólidas, y voces que ya no se conformaban con su hermosa ciudad armónica.

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Jacobo contempló sin entenderlo la transformación de una ciudad-un país- degradados por la mala distribución de la riqueza, con gobiernos ilegítimos que se esfuerzan en justificarse (pensaba en Salinas, incapaz de imaginar otros fraudes), con desdén hacia los esfuerzos de sobrevivencia de las clases medias lumperizadas, las cuales encontraron vías de escape en dobles empleos-subempleos-mercados-negros que originaron poderes paralelos (y he ahí el origen de las mafias, Cfr. Historia de la Mafia, de Guiseppe Carlo Marino), con clientelismo tricolor y amarillo (los azulitos no le hacen a prácticas tan nacas, prefieren negocios chonchos y legales aunque no éticos, Cfr. el metrosexy Mouriño), con matanzas como Acteal, Ciudad Juárez o Aguas Blancas convertidas en panfletos culturales de nuestros artistas consentidos (tan bonita la Bauché interpretando a una asesinada comprometida), con monopolios de globos aeroestáticos (y la ostentación imperialista: Todo México es territorio Slimcel), con accidentes que evidencian la indefensión de cualquier trasnochador común y corriente, con el recelo contra el otro, con estilos de vida contra vidas sin estilo y el cinismo disfrazado de declaración oficial. En ese contexto, ¿cómo carajos no se va a dar el secuestro, el asesinato, el narcotráfico, la impunidad, la vulnerabilidad? ¿Qué tejido social sano existe para impedir la bonanza del crimen organizado?
La pobreza no es causa de la criminalidad, explica el sociólogo ITAM que sopesa la posibilidad de la pena de muerte. Y no, la pobreza no lo es, pero sí lo es el tejido social destruido, que obviamente abarca la pobreza, pero también la indiferencia, la polarización, la farsa política que se finge gobierno, el enriquecimiento ambiguo que no irradia a toda la población, la tolerancia a capos circenses como Ulises Ruiz o el gober precioso, la hipocresía doblemoralina de los medios que hace más conmovedora la muerte del niño Martí que la de los niños New's Divine, la martirización que hace de Fernando Martí su conscientizador-padre al lanzar sus frases tan brillantemente ochocolumneras ("si no pueden renuncien" me gusta para camiseta, pero "tenía una misión: despertar a México" me choca (asusta) (si fuera Fernando Martí vuelvo a morirme) por su oportunismo redentor).

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Este... ya me enredé, ¿qué tenía que ver Jacobo con todo esto? Ah, ya. Que el lunes, mientras comía tacos, lo escuché y lo pensé describiendo la marcha. Y lo pensé reencontrando ese México idílico de tanta gente unida, ropita blanca y veladora mística, en el grito perentorio del Ya Basta. Y pensaba que ahí él volvería a contemplar su niñez variopinta en La Merced, el Mexiquito bucólico de ricos y pobres conviviendo como en comedia musical, el monolito revolucionario institucional que no se desquebraja (es un decir) en corrupción y racismo, la expresión genuina y ciudadana de frases sencillas (pero qué miedo: también lapidarias) pidiendo mano dura y orden y justicia, el cursi acompañamiento de las televisoras llorosas y un poco regañonas a quienes no asistimos al acto.
Pero también pensé que se encontraría con una ficción. Un montaje mediático basado en el chantaje sentimental. Una teatralización de ciudadanía que se cuida de no parecer partidista aunque sus reclamos tengan trasfondos anti-lo-que-no-soy-yo. Un espectáculo de luz y sonido perfectamente fotografiado, con mensajes sucintos, pero que por eso se niegan a interpretaciones más complejas. Un festival de la indignación sublimada en velas y ecos religiosos. La prefabricación televisiva de un momento histórico, como el final de La Academia, la presentación del hijo de Luismi o el inicio de la séptima temporada de 24. Artificial de tantas ganas de ser auténtico. Sospechoso de tanto énfasis en hacerlo bonito.
Si Jacobo validara emocionado esta marcha, ¿tendría que validar la menos linda de los 500 pueblos encuerados? ¿La de los oaxaqueños revoltosos? ¿La del otro reality show, tan menoscabado, del sup Marcos y sus encapuchados? ¿O esas pertenecen al México que no entiende, aunque sean de un México que corre paralelo a este México blanco? ¿Qué hace esta marcha superior a las otras? ¿Por qué esta sí merece cobertura especial y otras no? ¿Por qué esta marcha es ciudadana y la otra de acarreados, de raza, del pueblo, de nacos? ¿Por qué las otras son de acarreados si ésta tuvo el acarreo más sutil (ni siquiera tortas y refrescos, chale) de los medios y el alcahuete feisbuk? ¿Qué hizo de esta marcha prefabricada, higienizada, un acontecimiento tan especial?
Me atrevo a decir: no la mercadotecnia tan efectiva que aplicaron sus organizadores, ni la pertinencia política de quienes tienen intereses en "dar mensajes", pero tampoco (mucho menos) su tan mentada espontaneidad. Esta marcha funcionó por la nostalgia. La nostalgia de un México que ya no existe, que quizá nunca ha existido. El México Huapango de Moncayo que se estiliza en ropa blanca y veladoras como si fuera un ballet folklórico, un videoclip de los muralistas mexicanos, un rebozo de bolita que puede pasarse por un anillo. La nostalgia de ese México de estampita, y no otra cosa, fue la que iluminó tan artificiosamente el centro del país.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Por una ciudad de minifaldas

Mi idea de la desgracia: una ciudad sin minifaldas. Luergo entonces: el DF es una ciudad desgraciada. Por supuesto que ya me sé todos los argumentos de las muchachas para no usar minifaldas: las miradas lascivas, los acosos burdos, lo incómodo de tanto gandalla, la depilación y lo comodísimo de unos jeans simplones apenas insinuando lo que en otro caso se adoraría. Por supuesto que tomo nota de los agravios, y estúpido que soy, cargo a cuestas todas las culpas de mi género y cuando alguna chica aparece de mini evito la mirada obvia y me asalta la vergüenza y de soslayo atisbo y sonrío y me susurro El Mundo Es Bueno. Porque tan escasitas son las falditas en el DF, que cuando una chica se atreve la sorpresa es doble: porque de verdad qué lindas piernas tienes y porque de verdad, qué atrevida de usarla en una ciudad tan culpígena en su erotismo.
La desgracia inicia con las palabras: la hembra
provoca y el macho es incontenible. Y hay algo de cierto en la mujer que quiere atraer y el hombre que se exalta, pero los términos -provocar/no contenerse- vuelven horrendo lo que debería tener más poesía: Ella florece y Él idolatra; Ella ilumina y Él resplandece; Ella es el centro y Él gravita, baila, imagina, recita, seduce a la seductora y el mundo tendría sentido si amaneciéramos juntos en un cuarto con una botella de vino y el olor a sudor del enpierne satisfecho.
Pero el DF realiza esto desde la culpa, lo no dicho, lo prohibido. Los chilangos no nos seducimos: negociamos la seguridad de nuestros acostones. Ella tiene un tesorito y Él debe hurtarlo como trofeo de guerra; Ella se entregará si Él asegura trabajo duro auto hijos comidas domingueras con sus papis; Ella hará muecas si Él sugiere hurgamientos sin garantías de futuros; Ella está atrapada en su doncellez inmaculada; Él desespera en su chaqueta intraducible.
La separación en el metro de mujeres y hombres es la alegoría más triste de nuestra sexualidad miserable: quien quiera entender el fracaso del erotismo chilango debe contemplar esos rediles tensos de vacas y bueyes en la estación Pino Suárez: hembras desválidas de tanto paternalismo; machos estigmatizados como violadores potenciales; desconfianza y resentimiento, sobreprotección y rencor: quien quiera entender la eyaculación precoz y la anaorgasmia, sólo debe asomarse a la segregación de los vagones naranjas.
"Pero es que sí se pasan de lanza", "pinches viejas, calzones apretados", "estúpidos imbéciles babosos", "chale, ni que estuvieran tan buenas".
Los equilibradísimos estudios de género indicarían que Ellos deberían educarse. ¿Ellas deberían educarse también? ¿Conocer al otro como un sujeto tan imperfecto como ellas, y no solamente ver en él al patán o al violador? Mientras se debate el huevo o la gallina, la ciudad florece con sus pants de motitas y sus suéteres holgados sin imaginación. Como si no fuera suficiente, los sexistas autobuses del transporte Atenea insisten en hacer más misterioso el misterio femenino, más inaccesible a los trogloditas que desde lejos miran a las mujeres que no se merecen. Nos atisbamos desde lejos como cabrones y fruncidas, como garañones y putas, porque no existen los espacios y los riesgos para vernos/desearnos/cortejarnos como personas. Mientras se insista en el paternalismo hacia las mujeres y la estigmatización hacia los hombres, seguiremos siendo islas que nos sublimamos en páginas porno y
chick flicks.
(Aquí debería seguir la parte donde hablo con pedantería de ciudades decentes -Mi Buenos Aires Querido, y dicen que también Barcelona, y hartas falditas mulatas que vi en Cartagena, y Budapest tan gimnasta y tan gloriosa, y obvio que Nueva York obvio, y Tokio tan benditamente manga, y agréguenle casi casi cualquier ciudad más-, donde la minifalda no es misterio, donde las mujeres se afirman y se gozan ostentando el chamorro y los hombres titubean pero les invitan un trago y si se gustan se bailan y si se bailan se besan y si se besan siguen más y más allá, pero mejor me guardo la pesada presunción primermundista y mejor concluyo con sentencias excesivas: una ciudad con minifaldas sería una ciudad con un erotismo maduro):
Una ciudad con minifaldas sería una ciudad con erotismo maduro. Una ciudad con minifaldas sería una ciudad de hombres y mujeres que han superado el miedo y la ebullición del impulso y han aprendido que la falda corta es un festejo que pide vino, charlas en susurros y roces de labios en los cuellos. Una ciudad con minifaldas no le temería a la putería, al gozo del cuerpo, al baile trasnochado, a la mano larga sin tabúes, a la cachetada con arrestos. Y una ciudad con minifaldas ebulliría con botas largas, medias caladas, tacones hirientes, tangas furtivas... pero bueh, esto es el DF, y si la vida es en el DF, a tolerarlo, pues. Por lo pronto yo me voy al Hi5 a ver a las rumanas.

UPDATE: EN EL QUE SE EXPLICA DE LO QUE SE SUPONE QUE ORIGINALMENTE DEBERÍA TRATARSE ESTE POST: De la ley que les prohíbe a las muchachas sinaloenses a usar minifaldas en las prepas, quesque para prevenir de acoso y violencia. Y creo que el post debía odiar esa decisión tan pinche, porque tan bonitas las sinaloenses y de pronto obligadas a las murgas burocráticas, en vez de garantizarles seguridad, respeto, y más bien tener a los chamacos rijosos a régimen de cubetadas de agua fría pa' que se acostumbren a no enloquecer (ay, Dios, qué dificil) ante tanto contoneo carnavaleando tan meritorios muslos. Pero de ahí quien sabe por qué acabé concentrándome en el triste, triste, triste antiminifaldismo de esta triste ciudad.

UPDATE QUE SE QUIERE POLÍTICO: Desde que el cabo Totó ganó tan pristinamente la presidencia de este rancho me prometí no volver a votar en mi vida, pero corrijo: votaría por quien prometiera generar el ambiente propicio para que más muchachas usaran minifaldas en la ciudad. Porque insisto: apostar por la minifalda es apostar por la madurez sexual. Por una educación sexual que rebase el uso de los hulitos y la deconstrucción de las cigüeñas. Una educación sexual efectiva sería aquella que también validara el placer de las miradas y los tactos y los tragos y el vengase pa'cá. ¿Feminismo? ¿Machismo? Hedonismo. La vida es una y demasiado corta como para fingir beneplácito por las mezclillas y los pants.

UPDATE QUE CONVOCA: A las lectoras de este congalito, para que manden sus fotos de minifaldas al correo del perfil y sean publicadas como Proclama Del Derecho A Decidir Sobre El Cuerpo y todas esas zarandajas feministas. La minifalda fue la prenda política de los sesenta: regresemos a esa altísima forma de expresión social y cultural. Hagamos política con nuestros cuerpos. Con nuestras identidades (ja, ¿alguien creyó en mi elocuencia nomás pa' chismearles el piernaje? Aún así, quien contribuya...).

UPDATE ARREPENTIDO. Ya es retarde, por eso escribo tanta tontera. Mejor me voy a ver los clavados de Paola Espinosa. Sí-se-puede-sí-se-puede. Splash.

sábado, 9 de agosto de 2008

Profesional

Uno
El próximo lunes entrevistaré a una de estas cantautoras que fusionan lo requeteoriginal de su origen autóctono con ritmos contemporáneos
nice y lo envuelven en estuches de cartón corrugado para que parezca más auténtico y orgánico (como la Pepsi Retro pero en disco putumayo). Antes, su relachonchips me pide que vaya a escuchar el disco que va a lanzar, para conocerlo y hacer las preguntas pertinentes sobre él. Es la primera vez que me toca ir a estas escuchas previas para periodistas, imagino que será práctica común de la fuente de música. El punto es que el jueves hacia las once de la mañana estoy en la disquera, saludos amables y el típico chistorete insulso de cordialidad. Junto a mí hay otros ocho periodistas. La cantautora putumaya nos saluda desde la laptop de su relachonchip y después ponen el disco. Música cumbianchera salerosa, de ésta que intuitivamente hace mover los pies. Se me ocurre que la mejor forma de apreciar el disco sería bailarlo, sobre todo con una de las periodistas, argentina de mirada iracunda harto seductora. Pero miro al grupo y todos se mantienen pétreos, escuchando con exquisita autosuficiencia. Hacia el quinto o sexto track, alguna lanza una risita tímida por el chiste populachero-a-güevo de una de las canciones. Hacia el octavo, la argentina iracunda mueve la patita cruzada. Me parece artificial tanto hieratismo para música tan bullanguera. Pero como al pueblo que fueres haz lo que vieres, sostengo el gesto estoico, profesional. Se va aprendiendo, ni modo que enseñe el cobre como hace tres años, cuando

Dos
Viaje de tres días a Ensenada para conocer los viñedos de Santo Tomás, LA Cetto y Monte Xanic. Ahí debíamos ser unos veinte periodistas. La mayoría, de revistas
lifestyle que reseñan restaurantes y destinos playeros. Nuestra guía es una mujer madura, sommelier profesional, que nos hace curso intensivo de uvas y caldos y cosechas y formas de fermentación. Pocamadre todo. Y al lado va el aprendizaje de este estilo de vida plácido, elegante, hedonista, de la bebida adecuada y el queso pertinente y las carnes frías indicadas. Maridaje de platillos y vino, pero de banquetes y comensales también. Se toma el vino como se comentan los libros de Sándor Márai. Con pasión contenida y sereno fervor.
Pero al llegar a Monte Xanic nos atiende una rubia espectacular. Espectacular su pinta, mucho más su actitud. Desde que se presenta y recita la introducción corporativa de los viñedos de Xanic se advierte su crispación. Pero media hora después, cuando ya estamos frente a los vinos, se le desconfigura el sistema y empieza a ser adorable de verdad.
-Ya fueron a Santo Tomás y a Cetto, ya les hablaron de los taninos y las cosechas y esas monsergas, yo voy a explicarles qué tipo de vino es mejor para cada forma de amar.
Yo estoy tan arrobado que apenas noto que los otros periodistas se miran desconcertados. A ella le vale madres, rápidamente suelta una cátedra que es una pena no haberla grabado. Porque explica que el Cabernet 2003 es para un romance ocasional, "ese chico que conoces en el bar y usa camisas lindas y huele a buen perfume y sabe hacer pasta y pone baladas de Lenny Kravitz, pero que le falta eso, ese aaarrgghhh imperfecto (y ella se emocionaba al pensarlo) y por eso sabes que la cosa no pasará de una noche, pero te esmeras y te pones lencería linda, y sabes que le bailarás algo sexy pero cuando ves tu cava entiendes que en el fondo no pasa de ser un Cabernet 2003. Brindemos por este lindo y prescindible bebé", dijo, le dio el trago largo, los demás paladeamos educadamente, ella abrió los ojos, le extrañó:
-Ya cataron con Santo Tomás y Cetto, aquí beban placer y desdicha, que el vino también es para eso. Porque por ejemplo, este Merlot...
E insisto que fue una pena no haberla grabado, porque en cada vino había una historia, y en cada historia había delirio y amargura, y el trago rápido, y la comitiva
lifestyle cada vez más desconcertada, y yo más que listo para ofrecerme como felpudo de tan impresionante dama. Escuchándola aprendí que Merlot era retador e inquisitivo, para pelearte al punto de la bofetada y resolverlo todo con un acostón fulminante; que Pinot Noir sería mejor al extrañarlo que al tenerlo al lado, que con Cabernet-Merlot era obligado el amor fou y depresión posterior de seis estrictos días (dedicarle más tiempo era una soberana estupidez), y aún me estremece cuando la recuerdo llegar al Syrah y asegurar: "Éste es para el hombre de a de veras. El que no conviene, el que te incendia, el que te va a destruir la vida. El que quieres tener en la cama ahora, sin concesión".
Para entonces nuestra guía sugirió que sería buen momento de pasar a la comida, la representante Xanic aceptó, no sin antes pedirle a sus chalanes que llevaran tres cajas de vino para el convite. Comimos perdices bajo un toldo mamuco, que estaba al lado de un lago con gansos. Apenas se servía, la chica Xanic quiso indagar con las reporteras quién tenía la más escabrosa historia de amor. Ellas respondieron evasivas, incómodas, nuestra guía intentó llevar la charla por las formas en que Monte Xanic comercializaba sus productos, Chica Xanic dio respuestas vagas, abrió otra botella, recomendó los antros de Ensenada donde podía conocerse a los facinerosos más inquietantes, después se resignó a charlar con los tres que le seguíamos la mala copa, nos contó (y viene otra botella) su fascinante historia de modelo adolescente, anoréxica temprana, amante de político que la dejó abandonada en Baja California, redimida por poetas tijuanenses, estrella local de performances feministas, locutora nocturna, y ahora relachonchips de Monte Xanic, y ahora tres novios y ni por cuál decidirse, y ahora otra botella, y si no obedeces al espíritu del vino el vino te da la espalda y su ausencia es brutal, y viene la última botella (y hubo dos más después de la última) y quien quiera encontrarla esta noche ella estará en tal bar, y habrá otros amigos, y lo importante del vino es hacer amigos, y nada más terminamos esta botella y después regresan a su hotel.
Hasta ya subidos al autobús supe varias cosas, como por ejemplo: a) que yo iba pedísimo; b) que el resto de la comitiva estaba indignada; c) que mi adorable Chica Xanic podría tener sus días contados en la empresa por su comportamiento tan poco profesional.
Intenté explicarle a nuestra guía que, de todo el viaje, justamente Chica Xanic había sido lo más importante, porque aterrizó la experiencia del vino a la experiencia de vida, porque sus ojos azules eran más solitarios que toda la costa, porque urgía destapar otra botella para brindar por su siniestro destino con el hombre Syrah. Pero sospecho que con todo lo profesional que era, la guía sommelier aún no alcanzaba a traducir los balbuceos beodos recientemente bendecidos por una epifanía.
Al otro día, los tres crudos que adoramos a Lady Xanic soportamos con estoicismo el desdén de la comitiva. Por suerte, lo que restaba era el vuelo de regreso al DF. La historia más importante fue ésta que no pude escribir en la revista que me envió a Baja California.

Tres
No recuerdo a cuento de qué, una amiga y yo nos describimos lo que cada uno entendía como "profesional". Ella lo relacionaba con lo bien pagado. Yo lo relacionaba con la farsa. Obvio, ella gana mejor que yo por su actividad profesional. Yo tengo claro que estoy engañando a mis contratantes cada vez que afino mi gesto y hago mi comentario pedante de escribidor profesional. Atrás de eso hay un gandul que sabe retorcer tres lugares comunes y con ellos adorna algún tema aburrido o fastidioso. Lo propio ocurre en un espacio ajeno a esa redacción ascética y convencional. Lo propio pocas veces existe en las revistas. Ni siquiera estoy seguro de que exista en la criación, esa parcela tan ortodoxa y limitada porque incluso ahí se debe respetar a esa institución llamada literatura, con sus vigías y sus santones y sus jueces impostados.
Profesional también lo relaciono con acartonado, neurótico, pretencioso, hipotecado. En consecuencia, un tanto imbécil. Con cara de Calderón. Igualito, pues. Pero de eso se tratan los cheques y de los cheques depende el cine, las novelas y los lugares donde aún se puede beber y fumar. De ahí que uno perfeccione la máscara hierática de profesional. Aunque se envidie el impulso de la chica Xanic. Aunque no se pueda bailar con la argentina iracunda. Qué se le va a hacer.

lunes, 4 de agosto de 2008

¿Sería muy ojete si

me pongo a revisar morosamente los comentarios a la Despedida de Alejandro Aura e intento clasificar cuál es el más original, el más discreto, el más fino, el más aguzado, el más pretencioso, el más arribista, el más miren-qué-chingón-escribo-despedidas, el más informativo, el más críptico, el más miren-qué-de-pelos-me-llevaba-con-Aura, y después me atrevo a refunfuñar mi desconcierto por tanta dolorosa alma dolida que ha encontrado brillantísimo escaparate para sacar a relucir su erudición su emotividad su nostalgia su impulso poético su creatividad?
Sí, sí sería ojete, mejor no.

martes, 29 de julio de 2008

Conclusión después de haberme puesto una discreta peda con el Lear y haber oído los discos proscritos durante cinco años de Caetano Veloso,

El único final digno sería cumplir cuarenta años, robar un auto, abandonarlo en una carretera de Centroamérica, vagabundear hasta terminar como mendigo en un parque de Paraguay, Perú, Bolivia o Uruguay, y morir ahí de inanición cantando el Lamento Borincano. Lo demás son estupideces.

martes, 22 de julio de 2008

Vivamos el Ya Basta!!!

Entre los mensajes colectivos del jaifaiv encuentro un llamado para participar en una "campaña contra el hostigamiento en comunidades zapatistas". Seguía una explicación idéntica a la de cualquier cadena izquierdosa de este tipo ("los abajo firmantes manifestamos nuestro rechazo..") y concluía con los lemas pertinentes ("¡Exigimos respeto a la autonomía de los pueblos indígenas! ¡Rompamos el cerco informativo y detengamos el avance del ejército en las comunidades zapatistas!"). Después había que firmar y mandárselo a quinientas personas comprometidas más. El mensaje no significaría más si no me llamara la atención su título: "Vivamos el Ya Basta!!!"
Es decir, en el cúmulo de las experiencias excitantes a vivir (Vivamos los Eightie's Experience, Vivamos la Aventura Colonial Guanajuatense, Vivamos la Moda Swinger, Vivamos el Sabor Pepsi Retro), se agrega la invitación a vivir la experiencia de la indignación y la concientización por los abusos del gobierno contra las comunidades indígenas. Protestar, increpar, movilizar, ha llegado al mismo nivel de entretenimiento que bailar, turistear, comprar IPhones o hacer cola para ver el último Batman.
El sentido común haría pensar que indignarse o protestar contra alguna acción del gobierno sería una actividad triste e indeseable, pero obligada ante el odioso contexto político. Pero ahora resulta que puede verse como una rica experiencia de vida, un hobbie o actividad lúdica que (imagino la apología terapéutica) te hace contemporáneo a los problemas del mundo, regodea tu compromiso con lo que sea e higieniza tu conciencia tan fácilmente corruptible por tanto comercial y teletones alrededor.
Obviamente esto no es nuevo, ya se sabe del turismo político que se hacía en San Cristóbal de las Casas en los noventa, o el que ahora se realiza en cualquier lugar del mundo donde haya una reunión político-empresarial de altísimo nivel (Seattle, Davos, Cancún, más las que se acumulen el siguiente trimestre).Es la fantasía erótica revolucionaria, "cuando hago la revolución me dan ganas de hacer el amor", dicen que decían en el 68 checoslovaco o francés o mexicano; lo excitante de la cogedera en un colchón pulguiento, rodeados de fotos del Che y libros de Marx y cómics de Los Agachados; la creación de líricas amorosas alrededor de escolásticas dialécticas: "mas le gusta la canción que comprometa su pensar..."
Estas mitologías de hace treinta o cuarenta años persisten, fingiendo la misma modernidad que la canción "Creep" de Radiohead (no insistan, ¡ya no es moderna!). Cierto que ha evolucionado, de la izquierda dogmática-proletaria, a los activismos proderechos humanos, ecológicos o de libre expresión. Lo curioso es que evidenciarlo equivale a exhibirse como un monstruo reaccionario neoliberal monopolista eclesiástico. Satirizar el compromiso es como negar el pensamiento libre y desinteresado, haberse vendido al pan Bimbo y a las bobadas de Galilea Montijo (aunque por tus piernas, mi Galis, yo me vendo a lo que quieras). Que bueno, siempre hay activistas menos radicales, quienes aceptan que en efecto, muchos de estos turistas izquierdosos en realidad van a echar la chacota en vez de trabajar para las comunidades, y acto seguido te demuestran que ellos sí tienen requeteharto compromiso porque pasaron tres meses tejiendo petates con los huicholes o se inventaron unos libros artesanales cosidos a mano bien bonitos, que ahora venden los tianguistas de Coyoacán y el centro de Tlalpan. Por demás está decir que estos activistas en serio son los más terribles, pues la seguridad de su convicción los hace más robesperrianos ante los bufones que como por default le tiramos un poco de mala leche a todo (y los izquierdosos tan fácil se ponen tan de a pechito...)
Me ha tocado ver amigos izquierdosos que calendarizan marchas como si fueran conciertos o bodas. Se viene la de los oaxaqueños, en dos semanas la del orgullo gay, no olvidemos la del derecho al aborto o la protesta contra la invasión a Irak. No discuto la pertinencia de estos apoyos o protestas; se me complica no esbozar la sonrisa ante lo programático del itinerario. Porque de la obsesión de participar en estas actividades se desprende algo más importante que la conciencia política: es un "estilo de vida" en el que el contenido de la protesta importa menos que la facultad de rebelarse, "tomar la calle", expresarse libremente ante gobernantes que ni siquiera están en las sedes de las protestas, sino comiendo gastronomía mexicana de fusión en el congal de Martha Ortiz (ah, todos mis platillos tienen historias!!!).
Aunque por otro lado, siempre queda el desconsolado argumento: si no se protesta, si no se toma la calle, ¿entonces qué se hace? Tampoco es de lo más satisfactorio pensar en un país de terciopelo y conforme, en el que Mouriño firma libremente contratos legales (no importa que no éticos) y el burócrata ese que chambea de presidente sale en fotos con Elba Esther Gordillo cuando ésta le da chance.
La mitad escéptica de mi cerebro borra con fastidio el "Vivamos el Ya Basta" del jaifaiv. La mitad (por suerte) aún ilusa y aérea se pregunta si no habrá otras formas, nuevas, efectivas, de participar de lo izquierdoso sin que eso signifique ser un protestón profesional y sin un sentido (de tan resentido). Por suerte, las dos mitades se concilian al hacer la búsqueda en el jai de unas rumanas impresionantes, de minifaldas casuales y sonrisas informales, que te miran directamente, y al menos desde esa mirada aseguran que quieren ser tus amigas. Vivamos el Jalou Baby, pues. Y ahí, sí, a darle a aceptar.

PD1: releo y me sorprende ver que de alguna manera estoy suscribiendo los argumentos aciditos del libro Rebelarse vende, de Joseph Heath y Andrew Potter, que me recomendó Lilián , quien a su vez lo tomó de Paxton, y que me prometí leer con mucha ceja levantada (no quiero acabar de tragarme esto de que la contracultura solamente es un negocio que legitima el "capitalismo consumista"). Pero encuentro, por ejemplo, en el libro: "La contracultura considera la diversión como el acto transgresor por excelencia. El hedonismo se transforma en una doctrina revolucionaria". Y quiero seguir con la ceja levantada, pero ya no puedo hacerlo tanto. Igual, apenas empiezo el libro, conforme lo avance iré encontrando unos hermosos y resplandecientes sofismas para rebatirlo y que no me incomode tanto.

PD2: El coso éste va dedicado a la Rax que me estuvo chinga-jode que ya subiera algo y este post era el único que ya tenía medio armado pero no acababa de convencerme; tons, si hubiera algún acierto, que se le deba a la insistencia de Rax; la putacera que vaya toda contra mí.

PD3: De verdad están preciosas las rumanas.

lunes, 7 de julio de 2008

No complenden mi lenguaje modelno

Cuando tomé clases de filología en la universidad (saludos maistros, pronto regreso a terminar las materias que debo) estaba tan angustiado por el destino de las fricativas en Andalucía, que apenas y reparé en la vulgarización del latín vulgar, que originó lo que ahora conocemos como lenguas romance (francés, italiano, portugués, español y varias más que se me escapan). Los maestros y los libros desbrozan con tal detalle las evoluciones de cada uno de los sonidos, que apenas se permiten fantasear sobre el ambiente en el que concurrieron los soldados y mercaderes romanos y los nativos con enjuagues ambiguos, negocios en corto, vaciladas ruines, la doble moral como edificadora de estratos sociales (¿por qué la doble moral siempre termina siendo la verdadera edificante?); famas y dislates que en sabroso potaje de excesos e incongruencias fueron fermentando esto que ahora es nuestra lengua.
Yo creo que a las revistas académicas y a los libros de los eruditísimos maestros de la erudición, con sus ediciones tan bonitas y cuidadas y siempre anotadas con el mayor rigor y propiedad, no les queda muy bien explicar que estos procesos del lenguaje se hacían en mercados, puteros, corrales con estiércol y borracheras estruendosas; que la lengua la reinventaban más los cábulas y los ruines que los doctos o autorizados; que el fenómeno de los sonidos yod y wau se debieron más a malhablantes holgazanes que a Maestros del Buen Decir. Capaz y esta indiferencia hacia la invención del lenguaje hecha por los barbajanes sea necesaria para preservar la Gloria del Idioma y dotarlo de la autoridad que perdería si se insiste en recordar sus orígenes barriobajeros y poco refinados.
Todo esto viene a colación porque en los últimos días he estado escuchando obsesivamente y de lo más contento a los puertorriqueños de Calle 13, quienes han hecho su música partiendo del reaggeton y removiéndolo con cierto revuelo literario o refinamiento musical, hasta generar una propuesta que ha logrado agradarle incluso a los atalayas más radicales del rock.
Me gusta que Calle 13 sitúe en el centro de su creación la pertinencia de su música y su lenguaje. Ahora, mientras redactaba este post, me asomé al wikipedia y encontré que su fama inició por opiniones políticas en torno al asesinato del líder Filiberto Ojeda Ríos, y que de ahí se desprendieron a las letras de contenido social. Pero eso ahora me importa menos. Prefiero centrarme en la energía y honestidad para encarar el idioma, que sería el tema central de su segundo disco, Residente o Visitante, del año pasado.
No es secreto que si hay un tipo de música menospreciada por los escuchadores del buen gusto es el reggaeton, género sexista, engreído, machacón, ostentoso, poco imaginativo y ramplón, como lo fueron en su tiempo el tango o muchas de las vertientes del rock. Esto opinan lo mismo los fans de Christian Castro que los de Scorpions, ejemplos ambos de músicas vitales y bullentes. Al lado, el bastardo reggaeton corrompe con su lascivia pornográfica, la vulgaridad de sus intérpretes y la falta de miras transmusicales (como defender a las ballenas o al peculio de Christian Castro). Calle 13 lo sabe y en vez de hacerse que la virgen les habla, le entran al pancracio del idioma retorciendo su buen gusto, su pertinencia, y asumiendo las incorrecciones y los excesos como propuestas formales de expresión. Lo obvio, porque en su decir harán contacto más cercano con sus escuchas; lo intrigante, porque al apostarle a un lenguaje fangoso también lo dotan de nuevas resonancias.
Desde la Intro de su segundo disco, Residente o visitante, inician la afrenta con una introducción en contrapunto operístico que le debe más a Queen que a la misma ópera:
Les prometemos
en este disco
no usaremos malas palabras
y después se lanzan machacones a decir cabrón cabrón cabrón cabrón puñeta puñeta puñeta verga verga verga. De acuerdo, chiste de escuincle de prepa que dice pedo y se caga de risa, pero la estupidez se eleva a asunción de posturas cuando sigue "Tango del pecado", que propone una poética de la vulgaridad como extensión de la naturalidad (estuve a punto de poner autenticidad pero ya chole chango chilango).
Se antoja copiar toda la letra pero ya sé que la paciencia no da pa' tanto, me contento con estos versos:
Allá en el infierno donde se goza,
donde la gente habla mal y es más sabrosa,
mi vocablo lo divido en prosa
jugosa
pa' ponerte las axilas grasosas,
llego la araña que el idioma daña
la Real Academia yo se la dejo a España
Así es que mama mía si me pongo perverso
pero es que tú me tienes escupiendo versos
Contra la cuidadosa organización del idioma (con su lema aquel de detergente: limpia, fija y da esplendor), los residentes-visitantes oscurecen, embadurnan, ceban y desparraman; nótese lo sensorial (hasta el punto de lo nauseabundo) del lenguaje: la prosa es jugosa, las axilas grasosas, el idioma se daña, los versos se escupen. Si el perreo del reaggeton embarra sustancias pastosas (sudores y espermas y salivas y afeites), su cantaleta exuda humores que Mijail Carnavalito Bajtin hubiera olisqueado gustoso; más Quevedo que Garcilaso, más Celestina (¡E qué gorda e fresca que estás! ¡Qué pechos e qué gentileza!) que Antonio Machado; la pornografía y el humor remueven el fraseo y hacen de sus letras uno de los castellanos más vigorosos del presente.
Dan ganas de copiar más frases (no puedo evitar ésta de la "Cumbia de los aburridos": Aquí bailamos en el fango/ con un poco de charango/ vamos a resbalar esos pies como en tango/ y si tienes tanga/ a enseñar toda la fritanga) pero se me hace más sabroso (jugoso) que cada quien escuche y rezume su filia y su fobia. Pa' no hacer más largo el comentario, pero también porque ni modo de no compartirlo, por acá queda su rola romántica, "Un beso de desayuno", que con todo y su tosquedad ostenta una dulzura impresionante: "mis piernas se convirtieron en algodón/ porque estar contigo se siente cabrón. "