jueves, 22 de marzo de 2012

Mad Men: la mirada de Sally Draper

A muchos les da miedo la mirada de Sally Draper, la hija de Don y Betty, protagonistas de la serie Mad Men. Lo que sabe su mirada podría desbordar el mundo como se conoce. Semeja los ojos de otra chica aterradora, la hija de el Sueco, Merry Levov,  que ha descendido al muladar de la indigencia por convicción e ideología, en la novela de Philip Roth Pastoral americana. Ambas se abisman a ese juego salvaje que son los años sesenta, a su experiencia tan vitalista como autodestructiva: a su cima libertaria, de descarnada reinvención y viajes de la conciencia, pero también a su sima de desasosiego, incertidumbre y (qué difícil) a la asunción de un destino propio, que se realiza en cada decisión personal, en orfandad total.
En la mirada de Sally Dreper se condensa el tema y el magnetismo soterrados bajo el despliegue preciosista de la serie Mad Men. Repito la sinopsis que trae cualquier portal de entretenimiento: la historia de un grupo de publicistas, y sus esposas, y sus familias, a lo largo de la década de los sesenta. Ingenioso discurso de género que prefiere la ironía en vez del panfleto, ejercicio de memorabilia conmovedor sobre la cultura gringa, guiones gandallas por sus diálogos pero más por sus sugerencias, y habría que precipitar párrafos elogiando la fuerza de sus personajes y lo sobresaliente de las interpretaciones (y los fans de Don Draper, Joan Holloway o Peggy Olsen abren foros para drenar hormonas), o el cuidado moroso en su dirección de arte: la espléndida reinvención de una época que nos ha llegado de rebote en cine clásico, novelas y cuentos, revistas amarillentas y relatos de los abuelos.

II
Pero aunque parece lo más atractivo, el fastuoso despliegue de producción no es lo más importante de Mad Men. Junto a él viene una idea que gobierna a toda la serie, la que hace posible la tensión argumental aun con la lentitud de su ejecución. Y semeja a lo que suelen decir los críticos sobre la obra del cuentista Raymond Carver: la inclusión de algo amenazante, terrible, subyacente a la cotidianidad. Parecería sorprendente, pero podría compararse a Mad Men con una novela gótica, donde una sombra inasible constantemente parece precipitarse sobre los brillantes personajes. El humo negro de Lost es una broma idiota frente a lo que no alcanza a definir la mirada de Betty Draper: es la sombra del tiempo que viene sobre los personajes, que el espectador conoce y por eso lo inquieta más, porque los entes de la pantalla lo ignoran.
La serie inicia en 1960, aún con la inercia de la década anterior: con la culminación del american dream que la cándida iconografía de la época resuelve en adquisición de autos, lavadoras y vestuarios primorosos -por lo gallardos para los hombres; por lo ensoñadores para las mujeres-. Es el momento de la familia nuclear (el padre proveedor, la madre administradora, los hijos que se crían para perpetuar los moldes) en un ecosistema de bienes asombrosos (la comparación de cada nuevo electrodoméstico con la ciencia ficción suele ser de risa loca). Universo tan perfecto, que sería blasfemo sugerir su derrumbe. Pero la escena está llena de fisuras, contradicciones, verdades a medias, insatisfacciones apenas maquilladas por la obligación de cumplir con el estereotipo. Es justo en el punto de quiebre de la sociedad occidental como se conocía, cuando el paradigma, en apariencia insuperable, del sueño americano, amenaza desbordarse, las grietas se miran en cada fotografía amorosa de familias que prueban electrodomésticos o miran tele con sus hijos en armonía. La disección de Mad Men se encarga, justamente, de evidenciar las fisuras.
No es gratuito que el primer capítulo de la primera temporada trate un conflicto en apariencia inocuo, pero que será la primera alerta del cambio de los tiempos: cuando un reporte del Selecciones del Reader Digest's confirme el daño del tabaco a la salud y y lo acuse de potencial causante de cáncer. Agobiado, Don Dreper debe crear una campaña publicitaria para Lucky Strike que revierta la noticia. Desde aquí se va marcando la amenaza con la que irán viviendo los personajes a lo largo de la historia. La perversión está en que ellos no saben qué enfrentarán en los años venideros. Los espectadores, desde nuestra perspectiva histórica, sí reconocemos el desmantelamiento de sus formas de vida y la instauración de una nueva sociedad, a la que ellos deberán adaptarse o aceptarse rebasados. Viene el rock, los hippies y la contracultura, el feminismo, los derechos civiles de los negros, la guerra de Vietnam, liberación sexual, la desintegración de la familia tradicional, la conquista del espacio, el advenimiento de un hedonismo igualitario -en consecuencia, escandaloso- que contrasta con la doble moral que practican los varones y toleran las mujeres. La agencia de publicidad Sterling & Cooper no será la misma en la primera temporada que cuando termine la historia (siete temporadas, según ha anunciado su creador Mathew Weiner). Los hombres de traje y sombrero Stetson que toman su trago de whisky en la oficina y fuman a la menor provocación, las secretarias sumisas, casi decoración de lobby, serán rebasados por una generación que los observa agazapados, que poco a poco deja sentir su presencia en la serie.
Mad Men es la apología nostálgica del mundo de los abuelos, pero también es una morosa elegía a ese universo en el que la virilidad y la feminidad fungían como valores absolutos, y que paulatinamente irán siendo cuestionados y devastados ante las ideas de quienes les sucedan. Sin saberlo, el genio creativo Don Draper, sus jefes Roger Sterling y Bert Cooper, el advenedizo Pete Campbell y la etérea Betty Draper, se irán convirtiendo en seres anquilosados mientras perpetúan su presente de aparente perfección. Mad Men semeja entonces una travesía sinuosa, un malestar latente, que se va desgranando y confronta a los personajes a los límites de vivir al borde de los tiempos. ¿Los personajes mejor preparados para ese cambio? La secretaria ascendida a copywriter Peggy Olsen, los hijos de Don Draper, la empoderada jefa de secretarias Joan Holloway y otros secundarios.
Pero si esta amenaza de los nuevos tiempos es el gran tema de Mad Men, su ejecución está revestida de humor. La perspectiva histórica  hace posible la ironía, los hábitos y costumbres que ellos viven como cosa cotidiana al espectador contemporáneo le provoca risas por su absurdo, su anquilosamiento o su crueldad.

III
Mad Men también hace suyas distintas tradiciones literarias y cinematográficas norteamericanas. Los recuerdos de Don Draper parecen sacados de las novelas de Faulkner, las andanzas de Peggy están cerca del Truman Capote contracultural, el universo de Betty Draper alude a John Cheever, la personalidad de Don parecería tomar prestada la de El Gran Gatsby de Fitzgerald, y algunas aventuras de los personajes se enmarcan en escenarios que corresponden a los grupos beatniks, existencialistas o de la contracultura warhorliana; mientras que las coreografías, las iluminaciones, los encuadres, dialogan con el melodrama, el screwball y hasta la comedia musical clásicos norteamericanos. Pero además, el poder de la alusión, el planteamiento de escenas que sugieren más de lo que dicen, también avientan su lazo hacia los cuentos contenidos de Richard Yates y su alumno destacado, el antes mencionado Carver. En Mad Men se condensa la cultura norteamericana del siglo XX, guiña hacia el pasado y hasta nuestros presente, es una summa narrativa equivalente a la trilogía U.S.A. de John Doss Passos, pero -y ahí la novedad- concebida para un auditorio de televisión. Si no existieran antes Los Soprano, si no pidieran su turno otras series como Roma o Boardwalk Empire, si no se pararan de pestañas los Lost-fans, podría presumirse a Mad Men como la primera serie de televisión de autor. Y sin quitar su peso a los otros proyectos, éste gana desde la necedad suprema de Mathew Weiner, su demiurgo, que ha debido pelear férreamente con las televisoras para conseguir las condiciones ideales para lograr una obra perfecta en cuanto a valores de producción.
La misteriosa mirada de Sally Draper es la contraparte a la angustiosa caída del hombre de corbata (¿Don Draper, se vale intuir?) que abre cada programa. Son dos formas distintas de experimentar la vida: la de Don, el vértigo del éxito; la de Sally, la incertidumbre de la libertad. Entre estas coordenadas transitan los publicistas, y las esposas, y las familias, de los madmens. A lo largo de siete temporadas -el siguiente domingo 25 de marzo inicia la quinta- se recorren los años sesenta, esos que tanto terror le causan a Roth, y que tanto inspiran a Dylan, Warhol, Joplin, Sontang: los nuevos madmen que vigilan agazapados.

TAMBIÉN

  • El tema da para tanto que seguro habrá más posts de Mad Men porque ahora es inevitable esa sensación de quedarse corto en el comentario.
  • El post va dedicado a la Ana, a la Virjinia, a la Lilians y algunas otras personas con quienes hemos compartido la pasión Mad Men y que estamos muy nerviosos por lo que ocurrirá el siguiente domingo.
  • Yo quería escribir más o menos lo que acá hizo mejor y con más gracia Lilians.
  • En otro post hago una lista más sabrosa de las muchas páginas y de las muchas formas (ropa, códigos de conducta, bebidas, modelo de negocios, filosofía empresarial) en que han recreado el interés por Mad Men. Que acaso confirme el exceso: Mad Men es un mundo que rebasa los casi 50 minutos, que nos está atañiendo de manera más profunda de lo que imaginamos.



12 comentarios:

Rox dijo...

Sally merece su spin-off como jipi-madafaka

Ana Escoto dijo...

¿Siete? ¿Sólo van a hacer siete¡ *hiperventila*

Angel B dijo...

En lo que tiene que ser una anomalía cósmica, te señalo un error en cuanto al vestuario: Los sombreros no son Stetson (esos son los de vaquero onda Roy Rogers y Llanero Solitario). Los sombreros de esta época eran Fedoras.

Borra esto cuando lo leas. Que no me vean las fashionicas porque es nada mas darles munición ;)

Confieso que no he visto la serie salvo el primer capítulo, que no me impresiono mucho, pero tras todos los comentarios la veré sin falta.

Como mera referencia y muestra del "Mad Men Madness" te dejo otro post del tema que también está interesante:

http://www.paiki.org/un-post-casi-5-anos-tarde-algunos-comentarios

Abrazos y tenemos un café pendiente la próxima semana.

Botica Pop dijo...

las fashionicas ya llegamos, marsupial. curiosamente, y en ese tipo de cosas que les encantan a los frikis, la cuidadísima producción tiene detalles como modelos de lentes de sol que no salieron hasta los 70's y cosas así. aunque digo yo, eso a quien le importa si quien lleva esos lentes puestos es Don.

no sé donde leí que Betty es la mujer de la época y Peggy es la mujer del futuro. sally hoy día tendría ¿cuantos? ¿cuarenta y algo?

Botica Pop dijo...

por cierto (otra vez para el marsupio) te advertí que hay que saltar los primeros 4 o 5 capítulos ¬¬ yo me aburrí como ostra con el arranque ¿a alguien más en la sala le sucedió algo similar?

Lilián dijo...

Para nada, a mí me enganchó desde el capítulo 1. ¿Por qué les aburre? Está súper interesante todo el rollo de la junta con Lucky Strike y cómo Don llega, como House cuando descubría qué pedo con el paciente, a ese momento de realización luminosa sobre LA idea que había que vender.
Y pues ya, hay dos textos que debo tener por 'ai en mi otra compu sobre:
1. Sally Draper como el personaje más cabrón de la serie. A mí una escena que NO.PINCHES.MAMES es esa donde el abuelo acaba de morir y ella está que se la lleva la chingada y se sienta a ver las noticias y en la tele está el monje vietnamita que se prendió fuego. ¿Te imaginas lo que pasa por la mente de esa niña? Están retratando uno de esos momentos cumbres que luego los escritores recrean en sus memorias. Así, en una escena sin palabras, con puras imágenes. Por otro lado, es la ÚNICA niña con vida interior en la televisión. Ahí sí fue cuando dije QUÉ.PEDO.CON.MAD.MEN, hacer un personaje infantil -que usualmente son puro ornato- tan complejo, tan lleno de capas.
2. Hay otro texto donde rescatan todas las referencias literarias de Mad Men. Y sí, coincidimos en Faulkner, en Carver. Eso está bien padre.

Lilián dijo...

O sea, no textos que escribí yo, claro. Otros artículos que debo pasarte.

El Hombre Cactus dijo...

Pues yo escuché (los fans ultra me corregirán si me equivoco) que serán 8 temporadas y terminará en el época actual. No sé si me emociona ver a Don viejo.

Angel B dijo...

A Lilian: Pero la foto del monje vietnamita es de 1963. ¿Qué no se supone que la serie de desarrolla antes que eso? Creo que Kennedy ni siquiera es presidente aún.

Ahi que los fans me corrijan.

Lilián dijo...

Ángel:

La serie transcurre a través de los años. No deseo espoilerearte, pero incluso pasan, pon tú, un año, dos años, entre una temporada y otra. Eventualmente pasan del 63 al 66, etc. Estaba leyendo, curiosamente en un texto que era un debate sobre Community, y más tarde en una entrevista con el propio Mathew Weiner, que en Mad Men hay una cosa muy cabrona: los personajes tienen vida FUERA de la pantalla. Viven sus aventuras independientemente de lo que después, en una hora, nos muestran. De pronto, en el siguiente capítulo un personaje vivió un cambio muy cabrón que no vimos y lo que se nos muestra es solamente las consecuencias de ese cambio. Por eso, los saltos de tiempo tan cabrones son muy adecuados. Ahora que empieza la quinta temporada, neta no sabemos cuánto tiempo pudo haber pasado desde la última vez que vimos a Don Draper. For all we know, el güey podría regresar con canas y Mad Men seguiría siendo una historia jodidamente chingona y respetaría su concepto.
Entonces, he ahí la explicación.

Virginia dijo...

Mi sesudo comentario consiste en expresar mi impaciencia con ya sea domingo, por un carajo.

Anónimo dijo...

Y si, Mad Men es una serie de la cotidianeidad pero ahí radica su grandeza, gira entorno a un hombre normal que hace cosas extraordinarias en su agencia y no tiene que matar o tener una doble vida para hacer atractiva la serie, a mi me encanta.