sábado, 24 de octubre de 2009

#postnonecesario

Hay cosas peores por las cuáles protestar: las constantes cagadas que hace Calderón para seguir intentando legimitarse (ya vives en Los Pinos desde hace tres años, ya no tienes que demostrar lo que de todos modos no eres), los sueldos excesivos de la aristocracia legislativa y de la alta burocracia, las limitaciones de las libertades civiles con la ley de terrorismo contra el tabaco y la venta de licor solamente hasta las dos de la mañana, la designación de un solapador de asesinos de mujeres como Procurador General de la República, la decepcionante estupidez de López Obrador y la izquierda en general, la ensartada con el aumento del 16% del IVA, la ensartada con el aumento del 30% del ISR, la arrogante confrontación contra el sindicalismo, la falta de oportunidades, la escasez de agua, las pocas minifaldas en la capital... y sin embargo, el interés virtual se ha centrado en el impuesto del 3% a las telecomunicaciones, que en específico, haría más caros los de por sí mediocres servicios de internet en el país.
El país se destruye mientras los tuiteros redactamos, en 140 caracteres, inteligencias tipo: "tengo sueño", "voy a comer", "adoro a Edward Cullen", "Nuevo pic de Megan Fox". Pero entonces la historia se nos cruzó: el aumento del 3% al internet se volvió sorpresa, indignación, angustia y fácilmente derivó en reclamo. Se erigió el hastag-lema #internetnecesario y nació la causa que desamodorró un poco al procrastineo generacional. Que en algunos blogs llegó a Sublimes Niveles Poéticos, "soy parte de una generación, la red y yo somos uno mismo" leí no se dónde y luego me dio flojera y cambié la ventana a Youporn.com. La sorpresa fue que una bravata propagada en infinitum trascendió la red social del tuiter y se convirtió en nota de primeras planas de los periódicos nacionales.
Y a partir de ahí ha venido el debate. Quienes argumentan que el impuesto al internet amplía la brecha tecnológica con los países desarrollados, que si en Suecia ya es derecho constitucional y nosotros siempre tan paisanos, que si se evidencian lo caros y malos de los servicios de internet en México, que la gente pobre que además no tenía acceso a internet ahora será mucho más pobre y con mucho menos acceso a la ansiada virtualidad. Mientras, el argumento que relativiza al #internetnecesario se burla de esta revolución geek, insiste en que hay reclamos más urgente y necesarios, evidencia que la movilización tuitera-bloguera es más modita nice que conscientización política, y los #internetnecesario reviran que están lejos de ser nice, que tener laptop no es ser rico, que la virtualidad es desarrollo, educación, tecnología, información... y menos belicosos, se podría justificar: cada sector protesta por la porción de intereses que estropea Fecalito (no hay bronca, está empeñoso en destrozarlo todo), y suena lógico que la comunidad virtual proteste por el impuesto que asedia sus teclados y sus pantallas.
Lo sorprendente, sin embargo, es reconocer lo poderoso que puede ser la injerencia de las redes sociales y las comunidades virtuales en el espectro nacional. Ni sindicatos, ni feministas, ni minorías, ni gremio turístico, ni facciones políticas, han logrado lo que el mundo virtual consiguió en un par de días. Visita al senado, programas de radio, columnas en periódicos, y por supuesto, los espacios propios de la virtualidad. Otras luchas más importantes ya quisieran una cobertura de información y opinión tan extensa, compleja, efectiva, como la de #internetnecesario.
El movimiento del #internetnecesario de inmediato recuerda otra cruzada-modita que ocurrió hace pocos meses, la del voto nulo, más intensa en facebook que en tuiter, que logró una representación importante en las elecciones federales de julio de este año. En las semanas anteriores a las elecciones, intensos luchadores sociales emergentes publicaron artículos, preguntas, reflexiones, arengas, postulados, que mostraban al voto nulo como la forma más efectiva de protesta ante la porquería del legislativo. Voto nulo logró tener espacios importantes de información, logró que los opinólogos más reputados fijaran posiciones y obligó a que la gente del poder se pronunciara sobre el tema. Lo decepcionante ocurrió el día después de las elecciones: no por la mayoría de cámara que ganó el PRI, que esa felonía estaba más que cantada, sino por la rapidez con la que la abulia regresó al displicente FB. Los nicks celebraron el éxito de su representatividad, después contestaron un test sobre qué tanto sabes de Los Beatles, después subieron fotos de su última party, después escogieron su galleta de la fortuna del día. Si se les preguntaba qué venía después, dejaron el movimiento en pausa hasta el 2012, en el que el nuevo voto nulo logrará un digno 8% de representación que de todos modos no impedirá que Mr. Gaviota llegue a Los Pinos.
¿Cómo irá a evolucionar ahora #internetnecesario? ¿También será tan efímero y desvaído como el voto nulo? Sin entrar en especulaciones, queda consignado: #internetnecesario como segundo movimiento mexicano generado desde el internet, integrado probablemente por los mismos héroes anulistas de las elecciones federales, y que como ellos, muy probablemente, cuando consigan echar para atrás el impuesto del 3% regresen a la #procrastinaciónnecesaria y gozosa. "Tengo sueño", "RT: Tengo hambre", #carmensalinasnecesaria... hasta que otro juguete digno de ser mediatizado vuelva a estimularnos y a hacernos sentir que, como los abuelos del 68, tomamos la calle, ahora virtual, y hacemos la revolución, aunque en este caso sería como la que canta Plastilina Mosh:

si es la revolución desde tu televisión
si es la revolución desde tu televisión
si es la revolución desde tu televisión



Y pues saca mi cerebro del frasco, que no?

martes, 13 de octubre de 2009

El cine bastardo (y ya sin gloria) de Quentin Tarantino

Esto se recitaba de memoria a mediado de los noventa, cuando apareció Pulp Fiction (Tarantino, 94) y los espectadores azorados intentaban interpretar su prodigio: decían que con Tarantino el cine basura trascendía al arte y a esa transposición de valores estéticos hasta se le dio el nombre, entonces rimbombante, de "cine de culto"; se decía que los largos diálogos, tan sofisticados de tan simples, tan sabios de tan chabacanos (la disertación de Le Big Mac, los preparativos para el asalto de Honey Bunny, el versículo de Ezequiel) merecían glorificarse en soundtracks y memorabilias de citadores mamones; que las rupturas temporales (y sin embargo hacía siglos que existió Godard) reinventaba el cine y la forma de contar historias; que el niño terrible del cine gringo rescató a Travolta para simbolizar la decadencia y lo logró rebien con su bailadito autista de You Never Can Tell de Chuck Berry. Con las genialidades de Tarantino se aterrizó al público masivo la reflexión de Lyotard sobre la "incredulidad a los metarrelatos", que derivó en fanfarronada ecléctica para pacheca nice.
El cine que se explica desde el cine, pero más sofis, el cine que se explica desde el desperdicio tuttifrutti del subcine. Prohibido parodiar a Ford o Wells o Coppola o Hawks, bienvenido el cine B, Z, el sexplotion, el exotismo asiático y ahora, con Bastardos sin gloria, el cine italiano y el bélico de propaganda que se hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el recurso parodista tenía sentido en aquella década última que revisaba la gloria y la miseria del siglo XX. ¿Seguirá sirviendo el cine de Tarantino, a nueve años andados del hiperquinético XXI? ¿O ya se evidenciará como carcaza, como le ocurrió con ese divertimento feministoide-pero-no-es-para-tanto de Kill Bill? ¿Tarantino sigue combinando con la fugacidad frívola de la sociedad virtual?
Incierto de formarme una opinión propia, corrí al centro de la información (al tuiter, ¿hay otro?) para enterarme de que: los personajes de Tarantino están de güevos, #nomamar los diálogos de Tarantino, #soyfans del estilo Tarantino. Y entendí que con él ocurre lo que con Tim Burton, que el otrora cineasta competente se convierte en inflada marca de moda, para consumirse en llaveros, quotes de yahoo (sí, todavía existe) y soundtracks para fiestas retros; que su anterior hallazgo de la reinvención del discurso ha derivado en modita cute para intelectuales trendy. Que su gran propuesta fílmica ahora es tan trivial como una tienda de trapos vintage.
¿Intentó renovarse? Y se alcanza a olfatear que sí. La clave está en los carteles de la pelícola. Brad Pitt as Lt. Aldo Raine, y Christoph Waltz as Col. Hans Landa (no mamars se lleva la peli goeiiii), y Til Schweiger as Sgt Hugo Stiglitz, semejan figuras de acción para niños de 1950: a Bastardos sin gloria le hubiera encantado ser un salvaje entretenimiento bélico de desperdicio, pero debe conformarse con ser otra peli de Tarantino. Otro juguete bastardo para comentarios cagados de tono avantgarde.
Tarantino, más coreógrafo que cineasta, más cazador de citas que contador de historias, tenía en las manos un sabroso material para masacres y corretizas, para regodearse en el exceso y provocar desde la feria hiperreferencial, para hacerle a Brad Pitt el homenaje más chocante y soberbio de su carrera (como sí logró hacérselo a John Travolta; como lo volvió ¿emotivo? poema amazónico con la Novia Turman de Kill Bill), pero al director Tarantino le ganó la marca Tarantino: por eso los diálogos largos y tensos, efectivos si los protagoniza Waltz, soporíferos en los otros casos; por eso la película es anticlimática a güevo en momentos que pedía convencionalismo mainstream; lo banal que se intelectualiza pero al hacerlo se trivializa: entonces Bastardos sin gloria es más complacedora de eclectifans que descubridora de su tensión genuina.
No quiero decir que sea una mala película, pero sí me queda claro que no es una gran película. Y que el discurso de Tarantino se va agotando, y que su añeja innovación pusmoderna no ha sabido (¿logrará hacerlo?, ¿pero cómo?) evolucionar.
"No se puede ser Spielberg cuando a uno le toca ser Tarantino", concluimos ayer con Liar, pero los dos estábamos demasiado borrachos (pedas por skipe, a lo que hemos llegado) como para entenderlo. Ahora que lo repienso: hacer la montaña rusa de Indiana Jones y el templo de la perdición requiere clasicismo e ingenuidad. Tarantino retuerce el clasicismo. La ingenuidad no es lo suyo. Pero la malicia bastarda no siempre es suficiente.




lunes, 5 de octubre de 2009

Taxonomía de la escritura

Las personas inteligentes escriben novelas.
Las sabias, cuentos.
Las empeñosas, ensayos.
Las iluminadas, poesía.
Las simples con aspiraciones estudian literatura para disertar sobre las cuatro anteriores.