
Pero es Roger Waters, pero es The Wall, y no mames Rufián, ya te han dicho que dejes de estar de quisquilloso y que disfrutes los simples placeres de la vida simple. Si además te acompaña ese prodigio de emoción, gritos y saltos desesperados que es Bellota, pues qué más se puede pedir. Y hay que aceptar: el espectáculo impresiona, los juegos multimedia con títeres colosales y videos con toda la pertinencia dramática; el despliegue de luces, fuegos artificiales y escenas efectistas hacen abrir la boca alelado; ni qué decir de la genialidad del disco, que uno va canturreando fervorosamente, una rola detrás de la otra, es fácil recitar el orden y los momentos en que las guitarras, las baterías, los gustos a balada o los rompimientos al hard rock detonan giros dramáticos y las emociones propias de la angustiante vida de Pinky.
Porque le cuento a Bellota -y me extraña que no lo conozca-: dos años después del disco The Wall de Pink Floyd (1980) apareció la película (1982), dirigida por un joven Alan Parker, con muchas ganas de provocar. Lo que el álbum The Wall tenía de autobiográfico (nunca se dejó de ocultar que contenía muchos elementos de la vida del mismo Waters) se resolvió en el filme con la creación del personaje Pinky, interpretado por un Bob Geldof que después se habrá espantado tanto, que por eso se habrá dedicado a armar conciertos filantrópicos. El hecho es que para muchos, la película Pink Floyd's The Wall y el disco The Wall son un ente indisoluble, la historia de Pinky encarna en las rolas de Waters; describir alguna de las canciones muchas veces significa describir una secuencia de la película. Muestra de esta alianza es que en el espectáculo de Roger Waters la gran mayoría de las escenas son tomadas del filme de Parker, e incluso las animaciones de Gerald Scarfe siguen siendo la base de la puesta en escena de 2010. Es decir, ver el espectáculo Roger Waters The Wall Live es remitirse al disco de Pink Floyd que se escuchó por primera vez hace treinta años y a la película que se mira desde hace 28.

La historia de The Wall podemos contarlar y recontarla desde hace treinta años a la fecha, ha dejado de ser un argumento que sorprenda por sus giro imprevisibles y más bien se contempla con ese carácter irreversible de los mitos. Podría incluso decirse que con The Wall estamos ante uno de los grandes mitos pop de los últimos tiempos. Y como buen mito, con su carga simbólica y la riqueza de sus interpretaciones. Pero también: con su carácter fatalista por lo irremediable de la trama. Si en el Viacrucis católico tenemos perfectamente diferenciadas las tres caídas de Cristo, la pecadora que le limpia el sudor a Jesús, el hombre compasivo que le ayuda a cargar la cruz durante un tramo, y aún así nunca se podrá evitar la crucifixión, la muerte y la resurrección en tres días, en esta caso también reconocemos la historia del niño incomprendido que se convierte en rockstar alienado hasta que, harto de su vida, construye un muro para aislarse de las amenazas del mundo. Y podemos seguir recitando: la enajenación del encierro, los recuerdos de la guerra, los lloriqueos frente a la tele, la droga y su cómodo aturdimiento, la experiencia neonazi para esconder los sentimientos, el juicio que evidencia la fragilidad del personaje, la condena de tirar la pared y regresar al mundo.

Aún y con esa reformulación optimista (el padre de Jacobo Deza, en Tu rostro mañana, fustiga contra esa propensión a hacer versiones blandengues de las historias para no herir susceptibilidades de personas que se espantan fácilmente), The Wall sigue siendo un rito de iniciación, un manual de la desesperación y el ensimismamiento, con el tono adulto, abismal, que Pink Floyd siempre intentó conservar. La versión de Waters, si bien no logra ser fiel a ese espíritu original, por lo menos recuerda la espectacularidad, el azoro de una pasión que se despliega entre rock bravo y baladas reflexivas.
4 comentarios:
Yo no sé, pero a mí se me enchinaba la piel a cada rato. The Wall tiene se efecto en mí, porque me reconozco en mi adolescencia atormentada de nadiemequieretodosmeodianmejormecomoungusanito, y hasta creo empatizar con la triste autobiografía de Waters en más de un aspecto.
También creo que los psicoanalistas deberíamos adoptar "Mother" como canción oficial, digo.
Yo opino igual que Freud. Casi le hablo a mi mamá cuando sonó "Mother."
Pero, pues básicamente lo que yo opino del concierto en general es que casi me hago pipí.
Fin.
¡Gracias mil ocho mil, Rufián!
El concierto fue mucho mejor que el In The Flesh de hace 10 años, que fue mi primer contacto con Roger Waters y aun así no guardo en el baúl de mis memorias con mucho cariño; Pink Floyd es mi banda favorita, pero “The Wall” no es precisamente la obra que más me emociona y de allí que a pesar de la espectacularidad del show no entra a formar parte de mi colección de momentos inolvidables, porque la verdad sea dicha: un concierto de Guille Milkyway en plan semi karaoke sigue causándome más sensaciones cósmicas que una revisión ultra tecnológica de The Wall, quizá en parte por la ausencia de Gilmour y Cia, por lo distante de la calidad de interpretaciones entre este tour y lo que fue “Is There Anybody Out There?”, y sorprendentemente ver el espectáculo en vivo no se compara con lo que sentí la primera vez que vi el DVD de “Pulse” en donde por semanas no pude dejar de pensar en ese despliegue artístico . Waters es grande, pero el no es Pink Floyd y eso me parece que quedo demostrado, una lastima que el no lo entienda del todo y nos prive de interpretaciones en vivo de Amused to death, Radio Kaos y Ça Ira, igual el espectáculo sigue siendo de lo mejor que hay actualmente y ya quisieran shows así pseudoartistas como Lady gaga
Saludos
Yo extraño a Syd Barrett... pero esa analogía con Mecano! Es una de las cosas más kitsch que he escuchado en este fin de año...
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