martes, 23 de diciembre de 2025

Rafita lloró con el Rey León (cuento navideño)

 


A Rafa le daba pena lo que vino a decirme.

    —Mi papá. Vino pero no dejó dinero para la cena. Mi mami está inconsolable. Es odioso pasar una Navidad así.

    Yo le alquilaba el cuarto a la mamá de Rafa a cambio de que me dejaran estar en paz. Ellos ganaban unos pesos y yo me aislaba de todo. Pero ahora dejé de leer y puse atención.

Cuando mi mamá se pone así le gusta ir al Walmart. Yo le digo que no pero ella insiste. Quiere que todos la acompañemos.

    Hice el libro al lado, me incorporé de la cama.

    Rafa dije: tu madre es tu madre. Si ella quiere hacer eso, eso vamos a hacer.

    En la sala ya estaba la madre de Rafa, primorosa con su vestido de flores, aretes y una gargantilla dorada que tiene en una foto de hace veinte años. También estaba la hermana de Rafa, con la playera de un grupo de rock que yo no conocía.

    Subimos al viejo Tsuru de la familia. Adelante Rafa y su mamá, detrás la hermana y yo. El Walmart quedaba a dos avenidas de distancia. Todavía no se sentía el bochorno del sureste pero creo que se adivina en los baches. Siempre he pensado que tienen relación el bochorno y los baches.

Rafa prendió el radio.

    Ahora no, corazón.

 Rafa apagó el radio, su madre sacó un pañuelo de su monedero y durante todo el trayecto sólo la escuchamos llorar.

    Era muy temprano y sorprendía lo vacío que estaba el estacionamiento. En unas dos horas se pondría de locos.

    La comitiva para entrar al Walmart quedó así: delante, la madre de Rafa con la hermana de Rafa; detrás, como guaruras, Rafa y yo.

    Odio que mi madre haga esto dijo Rafa.

    Tranquilo, Rafa. Para eso estoy aquí, para apoyar.

    La madre de Rafa tomó un carrito, entró al súper. Siempre son intimidantes los arreglos navideños cuando uno tiene incertidumbre, Santa Clós, el árbol y las esferas insultan a la paz mental. La mamá de Rafa ya es adulta, no como nosotros, trasciende rápido esa cáchara sentimentaloide y llega pronto a donde quiere llegar.

    Cereales Maizoro, gran promoción de 3 x 2. La mamá de Rafa prefiere los cereales Maizoro, piensa que los corporativos aún no les han puesto demasiados químicos. Mira a un lado y a otro, Rafa enrojece, la hermana de Rafa finge interés en los chocolates en polvo del anaquel de enfrente. La madre de Rafa pone la caja de cereal en el carrito, la abre y pone su chal encima para disimilar.

    ¡Niña! la hermana de Rafa levanta los ojos pero se acerca y toma un puñado de cereales.

    La mamá de Rafa mira a Rafa. Él tiene vergüenza. Me mira. Le correspondo con un gesto que dice que una madre es una madre y que siempre se le debe obedecer.

    Rafa toma un puñado de cereal. Sigue mi turno. No soy muy afecto a este tipo de hojuelas pero soy invitado, no puedo hacerme el remilgoso.

    El cereal hace una masa pastosa y les vendría bien un poco de leche. Como si la mamá de Rafa leyera mi pensamiento, empuja el carrito al corredor de lácteos y jala un litro de leche light, deslactosada, es una mujer que le gusta cuidar la salud de los suyos.

    Tomamos de la leche con discreción, el supermercado sigue vaío pero nunca falta el desmañanado responsable en sus compras navideñas, por experiencia se sabe que suele ser un delator, mientras más responsables menos humanidad. Yo me voy limpiando el bigote de leche con la manga de la playera, cuando la mamá de Rafa ya está viendo los yoghurts.


 

    ¿De qué te gusta? me pregunta Hay fresa, durazo, frutas del bosque y sabor tropical.

    Estoy por contestarle que el que sea cuando me da el que sea. Extrañamente, no les da a Rafa y a su hermana. Las familias tienen comportamientos misteriosos.

    Avanzamos a las carnes frías, la mamá de Rafa toma turno.

    Mamá... suplica Rafa.

    Antes de nosotros hay una de esas mujeres guapas que le toman fotos a la comida y la publican en Instagram.

    La mamá de Rafa pregunta por los salamis. La vendedora le da una prueba. La mamá de Rafa le pregunta si no hay pruebas también para nosotros. Rafa hace el esfuerzo de la compostura. Todos degustamos el salamí. También el tocino ahumado, el quso mozarella, la mortadela, el jamón serrano. Cuando la vendedora empieza a fastidiarse, la madre de Rafa pide 300 gramos de jamón serrano. Las fetas son brillantes y oscuras. Las recibe la madre de Rafa. Y ella se las pasaa a Rafa. Rafa me enseña la etiqueta con el precio y es como si exhibiera a su padre. No todos los días tienen que ser buenos, Rafa, me gustaría consolarlo.

    Pero entonces la madre y la hermana de Rafa ya han desaparecido. Rafa y yo las buscamos con cierta alarma, no están ni en las carnes rojas, ni en las aves, ni en pescados y mariscos, ni en productos de importación. Cruzamos ferretería, artículos para automóviles, para mascotas, plantas y ornato, farmacia, calzado. Al final las encontramos entre la ropita para bebé, detrás de unos baberos y mamelucos en oferta, con dibujos de alguna caricatura infantil que fracasó. La mamá de Rafa ya lleva en el carrito pan artesanal, mostaza alemana, pepinillos y un paquete de mozarella. Rafael le entrega el jamón serrano, resignado. En la sección de bebés suele haber muchachas jovencitas que solo reaccionan cuando ven seres humanos menores a los cuatro años. Por eso apenas y nos hacen caso, tampoco se dan cuenta de la sidra que carga la hermana de Rafa y que en la discreción de su chamarra de mezclilla logró abrir.

    Ahora hay muchos muñequitos, yo me confundo —me dice la mamá de Rafa. Cuando estos niños eran pequeños, sólo estaba Bernardo y Bianca. A ésta ya le tocó el Rey León.

    Rafa se complica con el pan y la mostaza, yo saco de la cartera mi tarjeta de crédito y la usamos para untar. La hermana de Rafa abre el paquete del queso con los dientes.

    Ella es más valiente con las películas. Rafita vio que se murió el papá de Simba y no quiero contarte cómo lloró.

    Mamá...

    Bien mariquita. Bien chulo, mijo. Por eso no me gusta que sepa de mis problemas con su papá.

    Y hay dos sandwiches hechos cuando aparece un tipo de traje y con gafete, con ganas de hacernos problemas. Por suerte en este rancho todo mundo se conoce, fue compañero de Rafa en la preparatoria, muchas tardes estuvo en su casa haciendo trabajos escolares. Lo reconoce, lo saluda, le explica que lo va a meter en problemas con la actitud de su mamá. Rafa y la hermana hablen con él mientras la mamá de Rafa me convida de la sidra.

    Mis niños me dice. A veces siento que no los preparé bien para la vida.

    Encuentro una servilleta arrugada en la bolsa de mi chamarra y se la doy para que se limpie las lágrimas. En eso regresa Rafa, su hermana, el tipo del traje.

    Mamá, tenemos que irnos ya.

    La mamá de Rafa accede, mientras el tipo de traje nos escolta. Y la reconoce.

    —En su casa hacíamos los trabajos de biología con Rafa. Mucho tiempo, señora, qué recuerdos.

    Muchos recuerdos, hijo, deséale muy feliz Navidad a tu familia.

    Ya en el auto, el humor de la madre de Rafa ha cambiado; pone una estación de radio donde canta Sonia Rivas y dice que siempre podríamos pedir un pollo rostizado para la cena, que no importa el platillo, sino vernos inmersos en el espíritu de la Navidad.

    Yo me ofrezco a pagar otro pollo. La madre me agradece, la hermana propone hacer una ensalada con manzanas. Rafa va callado, sigue callado hasta la noche. No me preocupa. Puedo regresar a la cama, recostarme, jalar mi libro y seguir leyendo.

 


jueves, 27 de noviembre de 2025

Juan Gabriel antes de Juanga

 

Mi Juan Gabriel favorito es el de los setenta, el que cantaban mis padres, mis primos mayores y mis tíos. El Juan Gabriel que todavía no es Juanga, un jovencito que se le miraba como el novio ideal de las chamacas, guapo, bien vestido y mejor portado, del que sólo algunos recelosos empezaban a sospechar una sexualidad polémica.

 Este Juan Gabriel es icono absoluto de los setenta mexicanos, esa larga y oscura década que inició el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y terminó con el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Años de hegemonía priista, sin contrapesos políticos de importancia, sin rock, ni jóvenes, ni diversidad sexual; con un autoritarismo tieso y una sociedad cooptada por Televisa, desde los programas de Raúl Velasco y Jacobo Zabludovsky.

 En estos espacios, Juan Gabriel galvaniza un estilo ramplón y sentimental, de frases pegajosas e inmediatas, pero más amplio, desde ahí reconoce y compila una educación sentimental diferente al trasnoche prostibulario de Agustín Lara o la bravuconería existencialista de José Alfredo Jiménez.

En Juan Gabriel miran dos marginados: el muy mentado homosexual pero, igual de importante, el payo o provinciano. La condición de provinciano no sólo se trata de llegar a la capital, se agrega el pasmo ante una realidad urbana abrumadora. En los setenta, el provinciano ya no llega a la capital para las parrandas vaciladoras en los cabarets de San Juan de Letrán, como ocurría en décadas anteriores; ahora se les confina en multifamiliares y son motivo de burla por su impericia en el metro y por su forma de cruzar las avenidas, en carreritas humillantes para que el Maverick avance con señorío. La clave en cómico de Juan Gabriel sería La India María, que aparece a la par de las primeras canciones del baladista, pero mientras la María logra ser tan intrépida como los giros del guión se lo permiten, Juan Gabriel se concentra en canciones, sentencias, melodías, rimas y desde ahí desarrolla la sabiduría de la emoción.

 A la ironía cosmopolita la enfrenta con honestidad emocional. “No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es amor para amar”, dice en su primer éxito, que coincide con las tribulaciones de quienes lo escuchan: frente a las apariencias, él blande franqueza. Franqueza frágil pero por eso melodramática y conmovedora.

 Versos sencillos y francos, que vienen de un código simple: el amor correspondido hace bien, se es feliz con él (“Nuestro amor es el más bello del mundo, nuestro amor es lo más grande y profundo”); el amor desdeñado o desengañado provoca dolor y despecho, ante él sólo queda agonizar en el desconsuelo (“Yo no nací para amar / nadie nació para mí, mis sueños nunca se volvieron realidad”) o lanzar reclamos airados para compensar la humillación (“que para amarte nada más / para eso a él le falta lo que yo tengo de más”).

Aquí se agrega la condición homosexual, que Juan Gabriel no hace explícita porque los tiempos no están para reivindicar diversidades. Juan Gabriel escribe sus canciones al tiempo que el novelista Luis Zapata publica El vampiro de la colonia Roma, y cuando José Joaquín Blanco lanza aquel ensayo bisagra del movimiento homosexual mexicano, “Ojos que dan pánico soñar”. En los tres casos, la homosexualidad es transgresión y decadencia, con irremediable final trágico. Pero mientras Zapata y Blanco hacen su obra con conciencia de la visibilización de una comunidad, Juan Gabriel no tiene (ni quiere tenerla) la formación ideológica que le haga entender la identidad sexual como identidad política. Por eso opta por la ambigüedad y los mensajes cifrados. En lugar de afirmaciones, alusiones; en vez de la exhibición, secreto y susurro, romance de alcoba y pasiones sin nombrarse. La franqueza de Juan Gabriel está en la emoción, no en la asunción de sí mismo. “La solución no sé cómo encontrarla / si yo trato de olvidarte y no lo sé”. La maravilla (la obviedad) es que este mensaje cifrado le corresponde a cualquier romance, homo, hetero o de cualquier coloratura. Pero si la mirada romántica de Juan Gabriel llega a ser misteriosa o desgarrada, es justo por la pieza del acertijo  -la prohibición de hacer explícita la homosexualidad- que no se sitúa en la cartografía del deliquio, pero que lo barniza en cada verso, coqueteo y arranque pasional.

 Hay un equivalente literario de las canciones de Juan Gabriel, es la novela de Luis Zapata En jirones (85) que escribió años después de la picaresca gay El vampiro de la colonia Roma (79). Cuenta el romance entre el narrador Sebastián y A., hijo de familia indeciso entre asumir su identidad sexual o casarse y ser un macho tapatío. La novela tiene dos partes, el diario de Sebastián y después su desvarío obsesivo. Elementos minimalistas -salvo un par de personajes y espacios, Zapata evita nombrar amigos, calles, contextos sociales o culturales- crean una textura narrativa espesa, que anuncia y valida la autodestrucción de la segunda parte. Lo curioso es que esta textura semeja mucho, las letras de Juan Gabriel: “en el amor, me digo, cuando es amor, cuando hay pasión de por medio, sólo se puede perder; no hay otra alternativa” reflexiona Sebastián en las primeras páginas. “Y sólo me queda desearte que seas feliz en el espinoso sendero de la vida que has elegido”, fantochea contra la indecisión de A., páginas después, y se parece al “Que seas muy feliz” del Juan Gabriel tardío. El homenaje explícito llega hacia la mitad de la novela, cuando el enamoramiento de Sebastián empieza a convertirse en delirio: “Hoy, en este día, decido, como si la vida fuera una canción de Juan Gabriel, que voy a dejar de quererte. Aunque estoy más convencido de que la vida es una canción de Juan Gabriel que de poder dejarte de amar”.

Para los ochenta Juan Gabriel ya ha conquistado la ciudad. “Querida” permanece meses en los rankings musicales, sus discos venden millones y su concierto empieza a ser de los shows más esperados. Su figura de novio de las chamacas evoluciona al de pícaro noctámbulo de la Zona Rosa, que hace de su sexualidad esquiva una estrategia para la promoción. En esta década se acuña el mote de Juanga, que se convierte en mofa y orgullo según desde qué cantina buga o estética trasvesti se diga.

Juan Gabriel el payo conquistó la ciudad y se convirtió en símbolo cuasidivino de la cultura popular, y el mejor representante del provinciano que hace suya la ciudad, con su concierto de Bellas Artes, en mayo de 1990. A la par, Juan Gabriel el gay se consolida como divo en el imperio de los machos. 

Tras consumar su triunfo se alejará de la capital, del escándalo, gravitará entre la frontera y las comunidades mexicanas en Estados Unidos, hará canciones horrorosas para apoyar al candidato priista Francisco Labastida y estará, como se suele decir, “más allá del bien y el mal”. Con canciones francas, como álgebra puro, para hacer ambiguos los romances, la realidad del sentimiento y de la identidad.