martes, 23 de diciembre de 2025

Rafita lloró con el Rey León (cuento navideño)

 


A Rafa le daba pena lo que vino a decirme.

    —Mi papá. Vino pero no dejó dinero para la cena. Mi mami está inconsolable. Es odioso pasar una Navidad así.

    Yo le alquilaba el cuarto a la mamá de Rafa a cambio de que me dejaran estar en paz. Ellos ganaban unos pesos y yo me aislaba de todo. Pero ahora dejé de leer y puse atención.

Cuando mi mamá se pone así le gusta ir al Walmart. Yo le digo que no pero ella insiste. Quiere que todos la acompañemos.

    Hice el libro al lado, me incorporé de la cama.

    Rafa dije: tu madre es tu madre. Si ella quiere hacer eso, eso vamos a hacer.

    En la sala ya estaba la madre de Rafa, primorosa con su vestido de flores, aretes y una gargantilla dorada que tiene en una foto de hace veinte años. También estaba la hermana de Rafa, con la playera de un grupo de rock que yo no conocía.

    Subimos al viejo Tsuru de la familia. Adelante Rafa y su mamá, detrás la hermana y yo. El Walmart quedaba a dos avenidas de distancia. Todavía no se sentía el bochorno del sureste pero creo que se adivina en los baches. Siempre he pensado que tienen relación el bochorno y los baches.

Rafa prendió el radio.

    Ahora no, corazón.

 Rafa apagó el radio, su madre sacó un pañuelo de su monedero y durante todo el trayecto sólo la escuchamos llorar.

    Era muy temprano y sorprendía lo vacío que estaba el estacionamiento. En unas dos horas se pondría de locos.

    La comitiva para entrar al Walmart quedó así: delante, la madre de Rafa con la hermana de Rafa; detrás, como guaruras, Rafa y yo.

    Odio que mi madre haga esto dijo Rafa.

    Tranquilo, Rafa. Para eso estoy aquí, para apoyar.

    La madre de Rafa tomó un carrito, entró al súper. Siempre son intimidantes los arreglos navideños cuando uno tiene incertidumbre, Santa Clós, el árbol y las esferas insultan a la paz mental. La mamá de Rafa ya es adulta, no como nosotros, trasciende rápido esa cáchara sentimentaloide y llega pronto a donde quiere llegar.

    Cereales Maizoro, gran promoción de 3 x 2. La mamá de Rafa prefiere los cereales Maizoro, piensa que los corporativos aún no les han puesto demasiados químicos. Mira a un lado y a otro, Rafa enrojece, la hermana de Rafa finge interés en los chocolates en polvo del anaquel de enfrente. La madre de Rafa pone la caja de cereal en el carrito, la abre y pone su chal encima para disimilar.

    ¡Niña! la hermana de Rafa levanta los ojos pero se acerca y toma un puñado de cereales.

    La mamá de Rafa mira a Rafa. Él tiene vergüenza. Me mira. Le correspondo con un gesto que dice que una madre es una madre y que siempre se le debe obedecer.

    Rafa toma un puñado de cereal. Sigue mi turno. No soy muy afecto a este tipo de hojuelas pero soy invitado, no puedo hacerme el remilgoso.

    El cereal hace una masa pastosa y les vendría bien un poco de leche. Como si la mamá de Rafa leyera mi pensamiento, empuja el carrito al corredor de lácteos y jala un litro de leche light, deslactosada, es una mujer que le gusta cuidar la salud de los suyos.

    Tomamos de la leche con discreción, el supermercado sigue vaío pero nunca falta el desmañanado responsable en sus compras navideñas, por experiencia se sabe que suele ser un delator, mientras más responsables menos humanidad. Yo me voy limpiando el bigote de leche con la manga de la playera, cuando la mamá de Rafa ya está viendo los yoghurts.


 

    ¿De qué te gusta? me pregunta Hay fresa, durazo, frutas del bosque y sabor tropical.

    Estoy por contestarle que el que sea cuando me da el que sea. Extrañamente, no les da a Rafa y a su hermana. Las familias tienen comportamientos misteriosos.

    Avanzamos a las carnes frías, la mamá de Rafa toma turno.

    Mamá... suplica Rafa.

    Antes de nosotros hay una de esas mujeres guapas que le toman fotos a la comida y la publican en Instagram.

    La mamá de Rafa pregunta por los salamis. La vendedora le da una prueba. La mamá de Rafa le pregunta si no hay pruebas también para nosotros. Rafa hace el esfuerzo de la compostura. Todos degustamos el salamí. También el tocino ahumado, el quso mozarella, la mortadela, el jamón serrano. Cuando la vendedora empieza a fastidiarse, la madre de Rafa pide 300 gramos de jamón serrano. Las fetas son brillantes y oscuras. Las recibe la madre de Rafa. Y ella se las pasaa a Rafa. Rafa me enseña la etiqueta con el precio y es como si exhibiera a su padre. No todos los días tienen que ser buenos, Rafa, me gustaría consolarlo.

    Pero entonces la madre y la hermana de Rafa ya han desaparecido. Rafa y yo las buscamos con cierta alarma, no están ni en las carnes rojas, ni en las aves, ni en pescados y mariscos, ni en productos de importación. Cruzamos ferretería, artículos para automóviles, para mascotas, plantas y ornato, farmacia, calzado. Al final las encontramos entre la ropita para bebé, detrás de unos baberos y mamelucos en oferta, con dibujos de alguna caricatura infantil que fracasó. La mamá de Rafa ya lleva en el carrito pan artesanal, mostaza alemana, pepinillos y un paquete de mozarella. Rafael le entrega el jamón serrano, resignado. En la sección de bebés suele haber muchachas jovencitas que solo reaccionan cuando ven seres humanos menores a los cuatro años. Por eso apenas y nos hacen caso, tampoco se dan cuenta de la sidra que carga la hermana de Rafa y que en la discreción de su chamarra de mezclilla logró abrir.

    Ahora hay muchos muñequitos, yo me confundo —me dice la mamá de Rafa. Cuando estos niños eran pequeños, sólo estaba Bernardo y Bianca. A ésta ya le tocó el Rey León.

    Rafa se complica con el pan y la mostaza, yo saco de la cartera mi tarjeta de crédito y la usamos para untar. La hermana de Rafa abre el paquete del queso con los dientes.

    Ella es más valiente con las películas. Rafita vio que se murió el papá de Simba y no quiero contarte cómo lloró.

    Mamá...

    Bien mariquita. Bien chulo, mijo. Por eso no me gusta que sepa de mis problemas con su papá.

    Y hay dos sandwiches hechos cuando aparece un tipo de traje y con gafete, con ganas de hacernos problemas. Por suerte en este rancho todo mundo se conoce, fue compañero de Rafa en la preparatoria, muchas tardes estuvo en su casa haciendo trabajos escolares. Lo reconoce, lo saluda, le explica que lo va a meter en problemas con la actitud de su mamá. Rafa y la hermana hablen con él mientras la mamá de Rafa me convida de la sidra.

    Mis niños me dice. A veces siento que no los preparé bien para la vida.

    Encuentro una servilleta arrugada en la bolsa de mi chamarra y se la doy para que se limpie las lágrimas. En eso regresa Rafa, su hermana, el tipo del traje.

    Mamá, tenemos que irnos ya.

    La mamá de Rafa accede, mientras el tipo de traje nos escolta. Y la reconoce.

    —En su casa hacíamos los trabajos de biología con Rafa. Mucho tiempo, señora, qué recuerdos.

    Muchos recuerdos, hijo, deséale muy feliz Navidad a tu familia.

    Ya en el auto, el humor de la madre de Rafa ha cambiado; pone una estación de radio donde canta Sonia Rivas y dice que siempre podríamos pedir un pollo rostizado para la cena, que no importa el platillo, sino vernos inmersos en el espíritu de la Navidad.

    Yo me ofrezco a pagar otro pollo. La madre me agradece, la hermana propone hacer una ensalada con manzanas. Rafa va callado, sigue callado hasta la noche. No me preocupa. Puedo regresar a la cama, recostarme, jalar mi libro y seguir leyendo.

 


jueves, 27 de noviembre de 2025

Juan Gabriel antes de Juanga

 

Mi Juan Gabriel favorito es el de los setenta, el que cantaban mis padres, mis primos mayores y mis tíos. El Juan Gabriel que todavía no es Juanga, un jovencito que se le miraba como el novio ideal de las chamacas, guapo, bien vestido y mejor portado, del que sólo algunos recelosos empezaban a sospechar una sexualidad polémica.

 Este Juan Gabriel es icono absoluto de los setenta mexicanos, esa larga y oscura década que inició el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y terminó con el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Años de hegemonía priista, sin contrapesos políticos de importancia, sin rock, ni jóvenes, ni diversidad sexual; con un autoritarismo tieso y una sociedad cooptada por Televisa, desde los programas de Raúl Velasco y Jacobo Zabludovsky.

 En estos espacios, Juan Gabriel galvaniza un estilo ramplón y sentimental, de frases pegajosas e inmediatas, pero más amplio, desde ahí reconoce y compila una educación sentimental diferente al trasnoche prostibulario de Agustín Lara o la bravuconería existencialista de José Alfredo Jiménez.

En Juan Gabriel miran dos marginados: el muy mentado homosexual pero, igual de importante, el payo o provinciano. La condición de provinciano no sólo se trata de llegar a la capital, se agrega el pasmo ante una realidad urbana abrumadora. En los setenta, el provinciano ya no llega a la capital para las parrandas vaciladoras en los cabarets de San Juan de Letrán, como ocurría en décadas anteriores; ahora se les confina en multifamiliares y son motivo de burla por su impericia en el metro y por su forma de cruzar las avenidas, en carreritas humillantes para que el Maverick avance con señorío. La clave en cómico de Juan Gabriel sería La India María, que aparece a la par de las primeras canciones del baladista, pero mientras la María logra ser tan intrépida como los giros del guión se lo permiten, Juan Gabriel se concentra en canciones, sentencias, melodías, rimas y desde ahí desarrolla la sabiduría de la emoción.

 A la ironía cosmopolita la enfrenta con honestidad emocional. “No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es amor para amar”, dice en su primer éxito, que coincide con las tribulaciones de quienes lo escuchan: frente a las apariencias, él blande franqueza. Franqueza frágil pero por eso melodramática y conmovedora.

 Versos sencillos y francos, que vienen de un código simple: el amor correspondido hace bien, se es feliz con él (“Nuestro amor es el más bello del mundo, nuestro amor es lo más grande y profundo”); el amor desdeñado o desengañado provoca dolor y despecho, ante él sólo queda agonizar en el desconsuelo (“Yo no nací para amar / nadie nació para mí, mis sueños nunca se volvieron realidad”) o lanzar reclamos airados para compensar la humillación (“que para amarte nada más / para eso a él le falta lo que yo tengo de más”).

Aquí se agrega la condición homosexual, que Juan Gabriel no hace explícita porque los tiempos no están para reivindicar diversidades. Juan Gabriel escribe sus canciones al tiempo que el novelista Luis Zapata publica El vampiro de la colonia Roma, y cuando José Joaquín Blanco lanza aquel ensayo bisagra del movimiento homosexual mexicano, “Ojos que dan pánico soñar”. En los tres casos, la homosexualidad es transgresión y decadencia, con irremediable final trágico. Pero mientras Zapata y Blanco hacen su obra con conciencia de la visibilización de una comunidad, Juan Gabriel no tiene (ni quiere tenerla) la formación ideológica que le haga entender la identidad sexual como identidad política. Por eso opta por la ambigüedad y los mensajes cifrados. En lugar de afirmaciones, alusiones; en vez de la exhibición, secreto y susurro, romance de alcoba y pasiones sin nombrarse. La franqueza de Juan Gabriel está en la emoción, no en la asunción de sí mismo. “La solución no sé cómo encontrarla / si yo trato de olvidarte y no lo sé”. La maravilla (la obviedad) es que este mensaje cifrado le corresponde a cualquier romance, homo, hetero o de cualquier coloratura. Pero si la mirada romántica de Juan Gabriel llega a ser misteriosa o desgarrada, es justo por la pieza del acertijo  -la prohibición de hacer explícita la homosexualidad- que no se sitúa en la cartografía del deliquio, pero que lo barniza en cada verso, coqueteo y arranque pasional.

 Hay un equivalente literario de las canciones de Juan Gabriel, es la novela de Luis Zapata En jirones (85) que escribió años después de la picaresca gay El vampiro de la colonia Roma (79). Cuenta el romance entre el narrador Sebastián y A., hijo de familia indeciso entre asumir su identidad sexual o casarse y ser un macho tapatío. La novela tiene dos partes, el diario de Sebastián y después su desvarío obsesivo. Elementos minimalistas -salvo un par de personajes y espacios, Zapata evita nombrar amigos, calles, contextos sociales o culturales- crean una textura narrativa espesa, que anuncia y valida la autodestrucción de la segunda parte. Lo curioso es que esta textura semeja mucho, las letras de Juan Gabriel: “en el amor, me digo, cuando es amor, cuando hay pasión de por medio, sólo se puede perder; no hay otra alternativa” reflexiona Sebastián en las primeras páginas. “Y sólo me queda desearte que seas feliz en el espinoso sendero de la vida que has elegido”, fantochea contra la indecisión de A., páginas después, y se parece al “Que seas muy feliz” del Juan Gabriel tardío. El homenaje explícito llega hacia la mitad de la novela, cuando el enamoramiento de Sebastián empieza a convertirse en delirio: “Hoy, en este día, decido, como si la vida fuera una canción de Juan Gabriel, que voy a dejar de quererte. Aunque estoy más convencido de que la vida es una canción de Juan Gabriel que de poder dejarte de amar”.

Para los ochenta Juan Gabriel ya ha conquistado la ciudad. “Querida” permanece meses en los rankings musicales, sus discos venden millones y su concierto empieza a ser de los shows más esperados. Su figura de novio de las chamacas evoluciona al de pícaro noctámbulo de la Zona Rosa, que hace de su sexualidad esquiva una estrategia para la promoción. En esta década se acuña el mote de Juanga, que se convierte en mofa y orgullo según desde qué cantina buga o estética trasvesti se diga.

Juan Gabriel el payo conquistó la ciudad y se convirtió en símbolo cuasidivino de la cultura popular, y el mejor representante del provinciano que hace suya la ciudad, con su concierto de Bellas Artes, en mayo de 1990. A la par, Juan Gabriel el gay se consolida como divo en el imperio de los machos. 

Tras consumar su triunfo se alejará de la capital, del escándalo, gravitará entre la frontera y las comunidades mexicanas en Estados Unidos, hará canciones horrorosas para apoyar al candidato priista Francisco Labastida y estará, como se suele decir, “más allá del bien y el mal”. Con canciones francas, como álgebra puro, para hacer ambiguos los romances, la realidad del sentimiento y de la identidad.


sábado, 10 de agosto de 2024

El impostor y el pícaro

 


Llevo tiempo pensando en el síndrome del impostor, sobre todo desde que mi actual chamba me hace preguntarme a diario si estaré a la altura de las circunstancias, o si algún día se darán cuenta de que soy un merolico mareador. 

Cuando reconocen mi trabajo respiro aliviado y me permito cenar una hamburguesa con tocino, doble queso y papas fritas; cuando la cago y lo solapan con discretos carraspeos, corro a revisar mis moneditas de ahorro porque el Ángel del Desempleo empieza a respirarme en la nuca.

 El síndrome del impostor le ocurre incluso a la gente más brillante que podrías conocer. Gente de opiniones o ingenios deslumbrantes titubean ante la nueva encomienda —El Reto, nos enseña a decir la cultura laboral— y evidencia lo que siempre sabemos pero olvidamos, que a final de cuentas somos gente que nos pedorreamos y eructamos, que disfrutamos con tik toks sangrones y que tenemos chistes familiares que nomás a nuestra familia les da risa.

 Justo por ahí la impotencia del impostor: el engorro de ser solamente esa persona, con sus perros, sus gatos, sus relaciones de pareja desastrosas y sus oportunidades canceladas, contra la perfección impoluta del logo que nos contrata. ¿Cómo podemos estar a la altura de la Universidad de Oxford, Google, TechnoDevelopmentCorp o la Secretaría de Cultura del Estado de Michoacán? Porque acá la mercadotecnia juega con su intimidación amigable: apenas nos dan la bienvenida a ser parte de la familia Carso o Elektra o Movimiento de Regeneración Nacional, la inseguridad de tamaña responsabilidad nos empequeñece, desconfiamos de los años de estudio, de las experiencias en los lugares de trabajo previos, de nuestra luminosa personalidad que sólo conocen nuestras amistades cuando ya estamos muy borrachos (nosotros y las amistades). Todo lo que somos se desintegra ante la idea inmaculada del Corporativo, del Instituto, del Cargo. Y por ahí olvidamos algo más primitivo: que estamos ahí para sacar dinero (o un diploma que después intentaremos canjear por dinero). Y que además, el dinero siempre es menor del que mereceríamos.


 No suena raro que el tal síndrome del impostor se hubiera identificado hacia 1978, cuando faltaban cinco minutos para que iniciara la fiesta del libre mercado, con sus misterios sacros de Excelencia, Liderazgo, Eficiencia, Competitividad. Quien quiera participar de esta algarabía debe contar con todos estos atributos. Lo que sigue lo conocemos: horarios extenuantes para mostrar que se tiene puesta la camiseta, amistosas tácticas de bulliyng laboral para dejar claro quiénes tienen el pecho plateado, burnout que se alivia con la clase de yoga en la oficina, después de las ocho horas de oficina. Y a pesar de todo, nunca terminamos de ser suficientes para el cargo. El Impostor existe porque el Auténtico es un imposible. E insisto: con menos plata de la que merecería la jornada.

Cuando pienso en el síndrome del impostor de inmediato se me contrapone la figura del pícaro. Ya se sabe, clases de literatura: el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, el Buscón de Quevedo; pero más moderno el Charlot de Chaplin, Cantinflas antes de volverse oficialista, Huckeberry Finn, el Jim Carrey de Dumb & Dumber, Jeffrey Lebowski de El Gran Lebowsky, Jordan Belfort de El lobo de Wall Street y muchas de las heist movie —Ocean’s Eleven en versión Sinatra y versión Clooney, Perros de reserva de Tarantino—, Luisito Rey, incluso esa ranfla de pelafustanes que son Don Gato y su pandilla: marginales que sirve a uno o varios amos —La Iglesia, La Academia, La Aristocracia, El Gobierno— y que entre estropicios e ingenios resuelven lo que, por otra parte, ya era un sinsentido desde la misma concepción de La Autoridad.

El pícaro es más astuto que acreditado, más práctico que estratégico, más experto en parchar y remendar lonas arruinadas, que en erigir hermosas catedrales conceptuales. El pícaro tiene hambre, no puede perder tiempo en la angustia de pensar si merece estar ahí. Por cualquier razón, y quizá sobre todo por las incorrectas, es que está ahí. Lo que sigue es confiar, resolver, improvisar. Pero sobre todo, el pícaro sabe que La Autoridad, El Instituto, El Corporativo, son engaños, errores de origen (finalmente fueron creados por humanos, o por fantoches autoasumidos como genios del liderazgo) a los que hay que subirse para hacerse la vida. El logro del pícaro no está en hacer la Diferencia de Valor que pontifica el buen mercado, está en asumir su impostura, marear a quien lo emplea, resolver tan bien como se pueda y largarse lo más pronto, con los amigos, a las cervezas.

El Impostor y el Pícaro en realidad son la misma persona que sirve a un Amo: pero donde el primero va a terapia para enfrentar el Misterio Sacramental del Reto, el segundo ha aprendido a ser cínico. Y el cinismo del pícaro es el hermoso, el verdadero valor.

(Del 6 de ene. de 2022)

sábado, 18 de noviembre de 2023

¿Todavía sigue vivo esto? (o la recapitulación del bloguero entusiasta)


No sé qué pasó. 
O sí sé pero no quiero recordarlo. El caso es que dejé en suspenso este blog y me dediqué durante una década a seguirlo en Wordpress 

Confieso que ando un poco psicodélico, pero también apareció una razón menos poética: wordpress me avisó que pronto renovaría mi anualidad, bonito pago automático desde paypal por unos 800 varos, según la conversión de dólares a pesos. 800 varos que podrían servir para un ron, para alguno de los libros que tengo en las listas de deseos o para varias cajetillas de cigarros. Entonces me dio el codo y le dije que no gracias. Según lo que entendí desde la cancelación, aquel blog sería eliminado el 19 de diciembre de 2023, pero con la compulsión que traigo esta noche aproveché para darle copy-paste a todas las entradas y ya no tengo mucho temor de que se pierdan.  

Me abrí cuenta en el Medium,  Dejé un primer post que finge un próximamente para 2024, aunque no tengo la más puta idea de qué haría allá. Más de veinte años yendo del tingo al tango entre redes, plataformas, chats sexuales de mala muerte y espacios de chamba digitales, te enseñan que cada espacio tiene su espíritu, su propia respiración. De hecho, ahora que redacto acá, tengo la impresión de que recupero algo del ánimo que quedó en suspenso hace diez años que dejé abandonado este espacio.

¿Qué respiración tuvo la versión de este blog en wordpress? Da un poco de vergüenza reconocer y recapitular. Según lo que habré supuesto hace diez años, wordpress sería la oportunidad de hacer un blog más profesional, acorde a las ambiciones emprendedoras de los dosmilesdiez. Ser tu propia marca, tu branding. El blog como un espacio de promoción para que te leyera el círculo rojo y te invitara a espacios importantes y que te dieran plata. Y ahí estuve, de monito cilindrero, haciéndole gracias al cine, o a la grilla, o a la literatura, o a la crónica de moda y de novedad, o a ver qué de todo era chicle y pegaba. 

Reconozco: pegaron tres que cuatro cosas. Desde aquel blog (pero como extensión de éste, ojo) hubo chance de publicar en un par de sitios; estuvo bueno, pero no supe cómo darle continuidad. La larga lista de pretextos pueden condensarse en la palabra desidia, tan bonita palabra y tan olvidada por usar términos contemporáneos como ansiedad, síndrome del impostor, precariedad, procrastinación, bornout o dismorfia redaccional.

Sin embargo, logré publicar, y también vale agregar, mis últimas chambas, incluida la que tengo ahora, han tenido su punto de partida en las entradas del blog. Que si intento consolarme de mis intentos frustrados por escribir otras cosas, las entradas de allá, y las de acá, podrían ser un modesto ejercicio de escritura, más o menos constante, menos de lo que hubiera querido, más lo que hace el bloguero entusiasta que redacta tres entradas y luego lo olvida años y años. 

Pero también debo decirlo, el blog de allá *señala allá* estaba muy contaminado por el espíritu de aquella época. Había disciplina atormentada, mentalidad de tiburón chimuelo y muchísimo agobio, otro término que prefiero al contemporáneo de la ansiedad. 

Había que decir cosas importantes. Había que tener el punto de vista más sagaz y disruptivo. Si no tenías alguna buena idea, había que alimentar el sitio con algún chistorete de la temporada (y aun así me hizo gracia esto sobre los aluxes como funcionarios públicos de la 4T), o hay que hacer una crónica de barrio para mantenerlo vivo. Y puede notarse la pretensión cándida de publicar un post a la semana a inicios de cada año, que es cuando uno hace propósitos de año nuevo, y después todo se desbalaga porque el trabajo, porque la desidia, porque el presente perpetuo te abrasa y nubla todo propósito y cuando te das cuenta llegó octubre y no publicaste casi nada. 

 Este 2023 hice solamente tres posts, uno sobre Huesera, la peli de Michelle Cervera Garza que nos voló el cerebro, un ensayo entre naive y angustiado sobre los sueldos y pagué mi cuota de voracidad por la actualidad con un texto obvio sobre Succession, que alguna onda meritoria podría tener.  

(Y sin embargo, me gusta la última frase de esa última entrada, creo que describe perfecto mis intentos, mis fracasos y mis agobios. Es gran forma de darle final a aquel espacio"Finalmente eso somos los equis: bufones que bebemos cerveza y practicamos una ironía de perfil bajo, mientras todo se destruye.")

Pero no escribí mucho más. Hay razones objetivas: la carga de trabajo que impide sentarse y concentrarse en hacer un post que no trate de los temas de la chamba. Alguna razón más triste: cierto desaliento hacia la escritura. Tema amplio que se puede redactar después.    

Pero ahora, entre que la anualidad y el ácido, abrí el Medium y no sé qué hacer con él, pero también, entonces, regresé acá, a ver si todavía funcionaba. Y hasta el momento (todavía falta darle en publicar) todavía funciona. Ni saben el gusto que me dio. Ahora quiero quitar las telarañas, sacudir los sillones, abrir ventanas y que le dé la luz. De nuevo desde estas caracterizaciones de plataformas, se me ocurre que éste era un espacio más libre (ahora, mientras escribo, me siento con una redacción más libre, aun con lo farragosa) y que el intento del wordpress, fracasado o no (tampoco creo que haya sido un fracaso del todo) encorsetó cierta forma de escritura, porque la ambición profesional pedía más crispación y escrúpulo en lo que redactaba. 

Acá me siento regresar a la informalidad de los primeros posts (aunque confieso que me da vergüenza asomarme a ver cómo eran esos primeros posts). Recuerdo cosas divertidas, un casi cuento sobre mis batallas con un colchón, una crónica oscura con un vagabundo que encontraba en el Walmart, o ese otro casi-cuento de los Huaraches de metro Zapata. 

Pero ese blog (este blog), de esas épocas, traía ese impulso bloguero en el que creábamos comunidad desde leernos, comentarnos, asomarnos a lo que escribían los demás, pactar borracheras en el Covadonga (era barato) u otros sitios con buena cerveza y gente que se quisiera unir. 

Tengo claro que los tiempos han cambiado. Algunos de los solteros líquidos y eufóricos de esas épocas se casaron, se divorciaron, se hicieron madres o padres, perdieron el impulso de compartir su joie de vie. O quienes se profesionalizaron, o especializaron, o institucionalizaron, y ahora escriben con autoridad intachable desde los espacios y las estaturas de sus méritos laborales. Debemos ser los menos quienes nos quedamos anquilosados en dos que tres rutinas, que en su momento parecían espléndidas y cada vez se han ido volviendo más opacas. 

Entre la última entrada de este espacio y la que ahora estoy por publicar han pasado tres presidentes de México, tuvimos admiración por López Obrador y ahora nos ha decepcionado profundamente, pasaron las mejores series de TV ---Mad Men, Breaking Bad, Game of Thrones y, concedo, ciertos momentos de Succeeesssssion---, una pandemia tan larga que para algunos todavía parece seguir, montón de pelis memorables y muchas más que se nos han olvidado, las pelis de súperhéroes llegaron a su plenitud y ahora a su decadencia (y qué bueno, ya no las soportábamos), y Paul Mescal y Frankie Corio nos enseñaron a resignificar la canción de Under Pressure.

Hay mucho más que ha cambiado en esta década que va de 2013 a 2023, pero sería largo enumerar tantos gestos, tantas miradas, tanto que se dijo o no, tantas rabias y frustraciones, tantas esperanzas que se siguen mimando, pero cada vez más a solas; tantas declaraciones irónicas o furibundas o falsas que se vestían de ciertas, o ciertas que se siguen fingiendo falsas. 

No sé qué ocurrirá en este retorno a blogger. Lo único cierto, es que la época de wordpress se acabó. Iré subiendo algunas de aquellas publicaciones que creo que aún tienen vigencia. Y capaz después de sacudir y quitar telarañas, pueda reencontrarme con algo que valga la pena por acá. 

Y Medium, pues ya veré qué hago con él. 

martes, 30 de octubre de 2012

Turismo de aventura -y la explicación de por qué cada vez me cuesta más trabajo escribir sobre viajes

El artículo debe tratarse del azoro ante la naturaleza, de la sorpresa de las cascadas ocultas, del gratificante esfuerzo de las largas caminatas de exploración que terminan llevando a terrenos inéditos, fragantes de misterio. El artículo no debe tratar de la joda que me llevé caminando hora y media con zapatos que no estaban hechos para excursiones por el monte, ni de las maldiciones que ensayaba en la mente porque me habían prometido un viaje menos demandante y, ¿qué rayos estaba haciendo con cinco remedos de Rambo, más brioso uno que el otro, caminatas marciales y competencias por ver quién era el más bravo de todos?
Reúno adjetivos: impresionante, asombroso, majestuoso, intrépido, fascinante. Yo sólo quería regresar a la cabaña, tirarme en la cama, leer y fermentar mi mala onda. La cabaña que nos recibía tras la extensa caminata apenas tenía dos cuartos, tres camas, los excursionistas debíamos dormir juntos y confiar en la heterosexualidad del de junto, o aflojar carnes y cooperar y esperar que pronto terminara el viaje.
La hombría, la ostentación de la heterosexualidad, es el verdadero tema del viaje. Los Rambos se van bañando para quitarse el olor a barro, regresan con las toallas a la cintura, sacan de sus maletas desodorantes, bermudas y playeras. Son jóvenes y de ánimo ligero, muy contrario a mi amargura. Cuentan anécdotas divertidas de un tipo que tropezó en el arroyo y salió escupiendo charales, del que iba con diarrea cuando exploraron una cueva, del que fue picoteado por hormigas y creía que iba a morir por lo ostentosas de las ronchas. Se secan con toallas mientras recuerdan las anécdotas que se han contado -seguro- treinta, cuarenta, setenta veces, siempre que han hecho esta caminata. Luego alguno se queja de lo irritada que trae la espalda. Luego otro saca una crema, se la regaló su novia, nos dice que nos pongamos un poco. La crema huele bien. El de la crema dice que le gusta porque a eso huele su chica. Otro apunta el nombre, quiere regalársela a su novia. Viene la hora de las picardías, el tercero pregunta si saben de un aceite con olor a coco que pone a las mujeres muy locas. ¿Entonces con ese aceite la vuelves loca? El del aceite lanza sonrisa discreta. El aceite de coco la vuelve loca, entre otras cosas. Un cuarto que no ha hablado sorprende confiando el nombre de una espumita, la pones en las tetas de las viejas y ahí luego me cuentan. Todos imaginamos la espumita. Las tetas de las viejas. Siempre que se haga con respeto, claro, aclara el de la espumita. Todos estamos de acuerdo en tener respeto. Todos quisiéramos hablar de sexo pero lo hacemos con respeto. Ni modo de describir las faenas salvajes en las que las dejamos exhaustas y mansitas ante nuestra virilidad majestuosa. Más cierto: ni modo de confesar nuestras ejecuciones modestas que se compensan con charlas autocompasivas y series de TV que se comentan morosamente. Las mujeres, qué misterio las mujeres, no decimos ninguno pero cada quien se pierde tras una mujer que conoce y no conoce. El de la cremita confiesa que le preocupa la señal del celular porque su novia es desconfiada y dos días sin hablarse, seguro está pensando cosas horrendas. El del aceite de coco presume que su novia ya está acostumbrada porque ya la ha llevado a esas caminatas y sabe cómo son las cosas. El de la espumita pide opinión: la novia que se vuelve loca le ha hablado tres veces de casarse, no es que le saque al bulto pero, ¿casarse? El de la cremita dice que de pronto llega el momento y no queda de otra. El del aceite sugiere aguantar lo más posible porque después ya no se vive lo de antes y eso debe considerarse. El de la crema pontifica que, sin embargo, tarde o temprano hay que madurar. La palabra flota, tan femenina: madurar. El del aceite asegura: las mujeres se acostumbran a todo. El de la crema se lamenta: las mujeres no se acostumbran a todo. El de la espumita prefiere no pensarlo más, insiste en que compremos la espumita. Ponérsela en las tetas. Todos pensamos en las tetas. En la espumita. El olor de la crema nos envuelve, olemos a las chicas que no están con nosotros. Yo y mi amargura a cuestas, me pregunto si alguna vez han estado con nosotros. Pienso en los adjetivos de mi artículo. Impresionante, asombroso, majestuoso, intrépido, fascinante. Y solos. Hombres viriles heteros, que huelen a barro y a estar solos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Psicoterapia Telcel

 Por supuesto, iba indignado. Y listo para recitar todas las formas lentas en las que creo que debe morir Carlos Slim. Ella lo sabía y por eso me dejó desahogar.
-Porque el puto Slim BLA BLA BLA al infierno con su BLA BLA BLA, putos monopolios de mierda que BLA BLA BLA, pero nos estamos organizando BLA BLA BLA; yo también soy 132 aunque sea de espíritu BLA BLA BLA, el que no brinque es Peña (y juro que brinqué: así era mi indignación).
La vendedora de Telcel me pidió mi número, tecleó rápidamente, constató que, en efecto, era momento de renovar mi contrato y cambiar de equipo.
-Yo le compré este cacharro -le enseñé el iPhone- a una chica por la mitad del precio que lo venden ustedes, le cambié el chip y aun con lo lento tuve el mundo que ustedes me negaban al alcance de mi mano: seduzco muchachas por Whatsapp, comparto a qué hora voy al único café al que voy en Foursquare, le tomo fotos a mis vasos de Starbucks y lo subo al Instagram. ¿Y ustedes qué han hecho por mi? Dime, menciona una sola cosa que ustedes hayan hecho por mí.
-Con sus puntos azules y su renta fija no puedo ascenderlo al iPhone 4 pero le alcanza para los Androids de esta hoja, revise y me dice cuál le interesa.
-Le diré qué me interesa -y mis ojos se inyectaron de sangre- me interesa una renta más barata, que limite mi red de datos porque quiero volver a salir a la calle y ver la vida: respirar el pasto, mirar los árboles, las ardillas y las mujeres en tacones, quiero pagarles menos para tener más calidad de vida, ahora seré yo quien los limite a ustedes y volveré a ser dueño de mi existencia.
- Renta más barata, de acuerdo. Mire estos Galaxys, tan bonitos, uno de ellos le puede servir.
-Me sirve volver a leer a Tácito, a Séneca, a Herodoto, esos pequeños placeres que he perdido por culpa de ustedes.
-Hay una aplicación muy amigable que se llama Alkido, ahí puede almacenar sus ebooks.
-¡No me interesa almacenar nada en estos artefactos! -bufé espuma rabiosa- ¡Quiero el olor del papel, del pan y la tierra mojada después de la lluvia! ¡Ya no me interesa seguir con este espejismo de la vida virtual!
-Estoy viendo que con la renta que quiere más bien le alcanza para estos Motorola, son más modestos pero con muy buena conectividad.
Y no entendí lo que me explicó de los pixeles de la cámara, la duración de la batería, el almacenaje de canciones, pero en la propaganda lo mostraba una rubia increíble y acepté. La vendedora siguió tecleando mientras yo trataba de explicarle con más detalle lo que me ocurría.
-No sé dónde quedó la vida, no sé dónde la perdí en esta borrachera del mundo 2.0. Entonces tomé decisiones: limitarme la conectividad para conectar mejor conmigo. Leer, escribir, escuchar álbumes completos y no sucumbir a las veleidades del shuffle; hablar con gente real y no con avatares de chichis que hacen daño y dan pena y se acaba por llorar.
-Firme acá y le entrego.
El aparatejo, más grande que el iPhone, sobrevivirá menos a la obsesión vintage pero por eso mismo será una suerte de delicatessen vintage. Pero no sucumbí a los recuerdos futuros, acepté la máquina con displicencia. Y ya preparaba los insultos de despedida cuando me dijo la mujer:
-Y no se preocupe que ya también le hice el cambio de chip. En pocos minutos su iPhone no funcionará más.
Palidecí. Un abismo insondable se abrió a mis pies. Sentí el vértigo del adiós y el olvido.
-¿CAMBIÓ EL CHIP? ¿CUÁNDO COÑOS LE PERMITÍ CAMBIARLE EL CHIP?
-Es para mejorar su conectividad. Cortesía de la empresa.
-Pero... ¿Y todo lo que tengo en el iPhone? ¿Contactos, mensajes, canciones que me dedicaron y dediqué, emoticons de cervezas y ligueros que prometían cervezas y ligueros reales? ¿Todo eso a dónde irá?
-Todo eso nunca existió. ¿Y no que quería deshacerse de todo eso?
-Sí, pero yo quería ser quien decidiera cuándo.
-¿Entonces vino a gritar sus bravuconerías solamente para compadecerse a sí mismo y no crearse un compromiso firme de cambiar?
-Mis fotos... la de la noche aquella en el Hotel Marlowe...
-Quítese la costra rápido, joven. Así duele menos. Digo, le duele ahorita, pero mañana que ya le entienda al Android estará listo para nuevas pics.
Me recargué en el mostrador y la miré intensamente a los ojos.
-Me siento patético. Es un teléfono de mierda, nada más eso. Nunca he endiosado a Apple, no compré la biografía de Jobs ni vi sus discursos en Youtube. Para mí esto -agité el iPhone- es un celular, y un celular es como una licuadora. Prefiero la licuadora, hace salsas, son reales, pican. El iPhone no. Pero cambió el chip y sentí un vacío. Sentí que perdía un hogar, ahora soy un damnificado, peor que el que vive un terremoto en Haití. Me siento muerto, me siento sin nada. No puedo creer que me esté pasando esto a mí.
Ella suspiró.
-Mire a su alrededor joven. Primero las propagandas: muchachos en una carretera. Muchachos en un globo. Muchachos en una fogata. Muchachos en un puente. Ahora vea a los demás clientes: ¿dónde está la carretera, el globo, la fogata, el puente? Vea sus gestos ansiosos, cómo disimulan sus carencias, cómo disfrazan sus miserias con arrogancia geeks. ¿Cree que vienen por teléfonos? Vienen por las montañas pero sólo tendrán recámaras polvosas. Vienen por el mar porque ya no escuchan cómo gotea la llave de agua en la cocina. Pero no lo saben y por eso buscan lo que usted ya supo que es falso: las fotos, las canciones, las promesas, las alianzas. Usted ya lo sabe, pero todavía no sabe cómo deshacerse de todo esto. Por eso le doy un Android. Cuando esté listo para la renuncia podrá regresar a los orígenes, el Nokia monocromático 1200.
-Pero los mensajes, señorita...
-No tenga miedo, va por buen camino. Ande, Telcel le regala un termo para cuando regrese al ejercicio.
Salí arrastrando los pies, hombros caídos, mirada perdida. Frente a mí pasó una anciana jamona que eructaba chorizo. La vida, me dije. También me di cuenta que me hacían falta cigarros.



domingo, 2 de septiembre de 2012

La Canción del Vino Especiado y el Hidromiel de George R. R. Martin


Apenas leo tres páginas y ya voy de bocafloja al tuiter a decir que la prosa de George R. R. Martin -el autor de la extensa saga Canción de Hielo y Fuego que ahora se adapta para serie de TV en la famosa Game of Thrones- es pobre y convencional, sin gran juego de lenguaje ni pretensiones de estilista, pero me voy tragando la bravata -más bien, voy matizando exabruptos- según avanzan los tabicotes de la novela: sigo creyendo que elige una forma narrativa práctica -esa estilo: "la marquesa salió a las cinco" de la que se burlaba Valery- y que no busca el regodeo en la forma, pero porque su interés se encuentra en presentar y darles volumen a montonazo de personajes que las solapas del libro comparan más cercanos a Shakespeare y Homero que al fantasy acartonado de juego de rol. Pero la intención no era repetir lo que en otros espacios ya han dicho de mejor manera: sobre la complejidad de los personajes, la versatilidad en recrear escenarios tan contrastantes como bosques ensimismados, metrópolis mustias o desiertos mucho más vitales de lo que su aridez finge -como suele ocurrir con todos los desiertos; también me guardo para otras parrafadas el emocionante momento en el que el gnomo Tiryon Lannister recuerda cuando conoció las osamentas de los dragones que asolaron a los Siete Reinos algunas décadas atrás, escena de una belleza enigmática por la devoción casi infantil con la que el Lannister marginado va revisando los esqueletos, paleontología fantástica que fisgonea la historia y el mito y acaso anuncien que toda la saga tiene su origen en este solitario asombro.
De carácter menos épico, pero que le da una dimensión más cotidiana (y se supondría, entonces, más verosimil), es un gozo ir revisando lo que comen los honorables Stark, los intrigosos Lannister, los cuasimonacales Guardias de la Noche o la Madre de los Dragones en su reino primitivo. Si se le debe reconocer a Martin su erudición para describir lo mismo una gran ciudad medieval que una casi-hacienda en el bosque, también se debe admirar su afición sibarita que en su gran novela sugiere un recetario amplio y apetitoso. Sin ser de lo más exhaustivo -y en el entendido que apenas voy hincándole el diente al tercer tabique de la saga-, ahí van algunos ejemplos de lo que comen reyes, guardianes y nobles de los Siete Reinos, el Muro y el otro lado del Mar Angosto:

Daenerys Targaryen es ofrecida como esposa al semibárbaro líder de los dothrakis, Kahel Drogo. Las costumbres de su pueblo son salvajes y en consecuencia voraces. Y así comen:
"Se atiborraban de carne de caballo asada con miel y chiles, bebían leche fermentada de yegua y los excelentes vinos de Illyrio hasta embriagarse por completo, y se intercambiaban bromas y puyas por encima de las hogueras con unas voces que a los oídos de Dany sonaban ásperas y extrañas.
Y así rinden tributo a su nueva reina:
"Los esclavos ponían ante ella trozos de carne humeante, gruesas salchichas asadas y empanadas dothrakis de morcilla, y más tarde frutas, compota de hierbadulce y delicados pastelillos de las cocinas de Pentos, pero ella lo rechazaba todo. Tenía el estómago del revés, y sabía que no podría retener nada."
En contraste, para los festejos de bienvenida a Ned Stark como el nuevo Mano del Rey, en la corte de la cosmopolita ciudad Desembarco del Rey se presenta el siguiente menú:

"Una sopa espesa de cebada y venado. Ensaladas de hierbadulce, espinacas y ciruelas con frutos secos por encima. Caracoles en salsa de miel y ajo. Sansa no había probado nunca los caracoles, así que Joffrey le enseñó a sacarlos de su concha, y él mismo le puso el primero en la boca. Después sirvieron trucha pescada en el río aquel mismo día, horneada en barro; su príncipe la ayudó a romper la envoltura sólida para dejar al descubierto el pescado jugoso. Y cuando se sirvió la carne, él mismo le ofreció la mejor tajada con una sonrisa seductora. Sansa advirtió que el brazo derecho todavía le molestaba al moverlo, pero en ningún momento se quejó. Más tarde se sirvieron empanadas de pichón y criadillas, manzanas asadas que olían a canela, y pastelillos de limón bañados en azúcar, pero para entonces Sansa estaba tan llena que apenas si pudo comerse dos pastelillos, por mucho que le gustaran."
Los Guardias de la Noche, custodios del Muro que separa a las amenazantes Tierras Libres de los Siete Reinos, hacen comidas simples en su preparación pero de resultados deliciosos. Así se festeja que Jon Nieve y sus amigos vayan a ordenarse como nuevos guardias:
"Los ocho futuros hermanos devoraron un festín de costillar de cordero asado con ajo y hierbas, adornado con ramitas de menta y con guarnición de puré de nabos amarillos que nadaba en mantequilla.
"—Viene de la mesa del mismísimo Lord Comandante —les dijo Bowen Marsh.
"Había ensaladas de espinacas, garbanzos y nabiza, y de postre cuencos de arándanos helados y natillas."
El mercader que le ofrece a Dany vinos -y entre ellos uno envenenado porque el rey Robert Baratheon ha ofrecido una recompensa a quien la asesine- le recita las distintas maravillas que vende:
"—Tintos dulces —proclamaba en excelente dothraki—. Tengo tintos dulces, de Lys, de Volantis y del Rejo. Blancos de Lys, coñac de peras de Tyrosh, vino de fuego, vino de pimienta, néctares verdes de Myr. Cosechas de bayas ahumadas y agrios de Andal, tengo de todo, tengo de todo. —Era un hombrecillo menudo, esbelto y atractivo, con el cabello rubio rizado y perfumado a la moda de Lys. Cuando Dany se detuvo ante su puesto, hizo una profunda reverencia—. ¿Quiere probar algo la khaleesil Tengo un tinto dulce de Dorne, mi señora, su sabor canta a ciruelas, a cerezas y a roble oscuro. ¿Un barril, una copa, un traguito? Después de probarlo le pondréis mi nombre a vuestro hijo."
Un ejemplo de cocina popular, que no puede comer la pobre Arya Stark cuando huye del castillo donde han apresado a su padre, pues no tiene dinero siquiera para un estofado:
"(...) había tenderetes con calderos en cada callejón, en los que hervían guisos que llevaban años al fuego; allí se podía cambiar media paloma por un pedazo de pan del día anterior y un «cuenco de estofado», y hasta te ponían la otra mitad al fuego y te la asaban, siempre que uno mismo le quitara las plumas. Arya habría dado cualquier cosa por un tazón de leche y un pastelillo de limón, pero el estofado tampoco estaba tan mal. Por lo general llevaba cebada, trozos de zanahoria, nabo y cebolla, y en ocasiones hasta manzana, y siempre había una capa de grasa en la superficie. Ella procuraba no pensar en la carne. Una vez le había tocado un trozo de pescado."
Del segundo tomo, Choque de reyes, un banquete en un torneo puede volverse metáfora de la inexperiencia de la tropa del aspirante a rey Renly Baratheon, pues cuando están al borde de la guerra  la imaginan como un cuento candoroso de heroísmo que caza a la perfección con un festín opulento:
"Porque comida había en abundancia. La guerra no había afectado a la legendaria generosidad de Altojardín. Mientras los bardos cantaban y los saltimbanquis hacían cabriolas, el banquete se abrió con unas peras al vino y prosiguió con rollitos crujientes de pescado a la sal, y capones rellenos de cebollas y setas. Había granes hogazas de pan moreno, montañas de nabos, maíz y guisantes, jamones inmensos, gansos asados, y platos rebosantes de venado guisado con cerveza y centeno. A la hora del postre, los criados de Lord Caswell sirvieron bajdejas de dulce hechos en las cocinas del castillo cisnes de crema y unicornios de azúcar, pastelillos de limón en forma de rosa, galletas de miel especiadas, tartas de moras, tartaletas de manzana y ruedas de queso cremoso"
Mientras que los atormentados Greyjoy, Hombres de Hierro de hábitos austeros, se distinguen por los banquetes modestos:
"El banquete era exiguo: una simple sucesión de guisos de pescado, pan negro y cabra poco especiada. Lo más sabroso, en opinión de Theon, fue una empanada de cebolla. la cerveza y el vino siguieron corriendo mucho después de que se retirase el último de los platos"
En el enigmático capítulo donde llevan a Daenerys a la Casa de los Eternos, para entrar le dan de beber "un líquido espeso y azul: color-del-ocaso, el vino de los brujos". Y al probar:
"el primer trago le supo a tinta y a carne podrida, nauseabundo, pero cuando lo tragó sintió como si cobrara vida dentro de ella. Fue como si unos tentáculos se extendieron por el interior de su pecho, como si unos dedos de fuego se le enroscaran al corazón, y se le llenó la lengua de sabor a miel, a anís y a crema, a leche de madre y a la semilla de Drogo, a carne roja, a sangre caliente y a oro fundido."
Y el último, para no abrumar: cuando Tyrion y su hermana Cersei se juntan para cenar. Será una reunión llena de intriga y golpes bajos. Pero mientras planean sus estrategias de ataque:
"La mesa de Cersei estaba bien surtida,aquello era innegable. La cena comenzó con una crema de castañas servida con pan crujiente recién hecho, y verdura con manzanas y piñones. Luego se sirvió empanada de lampresa, jamón asado con miel, zanahorias rehogadas en mantequilla, judías blancas con tocino y un cisne asado relleno de setas y ostras."
A veces veo películas de los setenta y ochenta de la Ciudad de México, sabiendo que son malas, solamente para fisgonear calles que voy relacionando con la infancia o la adolescencia. Ya no me atrevo a insistir que la prosa de Martin sea pobre, pero sí reconozco que mucho del morbo de seguir leyendo -además, claro, de las relaciones de los personajes, de los momentos irónicos de Tyrion Lannister (mi favorito), la picaresca de Arya o las misteriosas exploraciones a lo desconocido de Jon Nieve- es toparme con otro banquete, incluso simples desayunos o cenas que con sus vinos especiados y vasos de hidromiel hacen salivar y correr aunque sea por la triste tortilla con sal que puede conseguirse en este reino democrático y justo (Calderón dixit) de la realidad.
No recuerdo -y tampoco es cosa de volver a revisar las dos temporadas que ya existen- si la serie de TV se ha solazado tanto en mostrar banquetes, comidas, cenas entre los personajes de Game of Thrones, quiero creer que con la moda ya habrá algún restaurant carísimo en Nueva York o Los Angeles que reproduzcan estos platillos, o al menos que ya exista un recetario de la comida de los Siete Reinos; habrá que averiguar para pedirlo ya por Amazon.
Y es cierto: la saga de Martin no es un paradigma de lo literario, pero sí es un banquete robusto y consistente de lo narrativo. Libros gordos, jugosos, más semejantes al buen bife de los Stark, que a los frugales canapés de las narrativas microfashion que tan en boga están. Y ya no sé cómo terminar el post, lo hago abruptamente: para seguir leyendo el tercer tomo, a ver qué guiso se va preparando en la opulenta Fortaleza Roja donde hasta la página 250 del tercer tomo siguen rigiendo los Lannister. Que los Dioses Nuevos bendigan sus especiados alimentos.

PD: Listo, acá está el blog donde se habla de la comida de las novelas de Martin y la serie de TV... tiene además el encanto de contar cuáles podrían ser los platillos originales en los que se basó el escritor para después describirlos en sus novelas.
Y se agrega  un libro de cocina -A Feast of Ice & Fire- que se antoja tener al ladito de la estufa. Y nomás para los geeks de la serie, miren qué lema tan naiz: In the Game of Foods, you win or you wash the dishes. Provechito, pues.