jueves, 28 de mayo de 2026

De cómo mi padre me heredó al Cruz Azul

  

 (publicado originalmente en junio de 2014)

Heredé la playera de mi padre, como ocurre con muchos que siguen la tradición familiar. Lo importante acá es dónde nació la pasión de mi padre por el Cruz Azul.

Lo supe en un lento viaje por el Viaducto, el auto atestado de cajas de libros porque me estaba mudando. Un día antes hablé con la ex, a seis meses de separados volvió a casarse y tenía tres meses de embarazo; me jodió la prisa para reemplazarme, me punzó en el orgullo y además tuve que fingir agrado como si entendiera todo; pensaba en el alivio de no haber sido padre con ella, en la frustración de no haber sido padre con ella, en lo sombrío de los amores devastados y más de esos lamentos que piden ron y canciones desgraciadas.

No le había contado nada a mi padre pero era obvio el ánimo hosco, y él no tenía la menor idea de cómo manejarse ante esos coágulos depresivos. Yo cambiaba de estación a estación en la radio, en alguna pescamos que pronto empezaría el partido del Cruz Azul contra el América.

Que ese era un tema tan malo como el otro. Cruz Azul llevaba varios años perdiendo contra el rival (y seguiría perdiendo muchos años más; en este texto no hay victorias, si acaso estoicismo).

No había duda de la afición de mi padre por el Cruz Azul: alguna gorra, una chamarra, la revisada de los periódicos cada fin de semana, mentadas de madre cuando las cosas no salían bien y un orgullo fantoche cuando hacían un buen juego, daban testimonio de su fidelidad. En los recuerdos más infantiles se ponía a beber con el tío americanista y pasaban horas discutiendo sobre el mejor equipo, analizaban casi con lupa hombre por hombre, ante la mirada colérica o resignada de mi madre o mi tía, la indiferencia de mis primas, más preocupados por las caricaturas o los cantantes infantiles que empezaban a fabricar para nosotros. Después, según crecía, no me interesó demasiado el futbol. Le iba a uno u otro, sin fervor ni agobio; al final me sumaba al equipo de mi padre, más por comodidad que por convicción, y así seguía ese sábado de malos amores y cajas de libros tambaleantes

A ver cómo le va —comenté.

Siguió medio kilómetro de viaje en silencio.

A mí me gustaba el Atlético Español dijo de pronto, sabían moverse. Jugaban bonito aunque no les servía de mucho.

Ese es ahora el Necaxa, ¿no?

Fui a verlos cuando llegué a México. En esos tiempos Cruz Azul subió a Primera División. A la gente le gustaba el equipo por bravos, no tenían ningún jugador importante pero en la cancha eran idénticos al Real Madrid.

Seguro, papá me burlé. No se dio cuenta. En ese momento él tenía 28 años y leía con detalle el Esto, trabajaba de tramitador aduanal para una tienda de telas en el Centro. Yo apenas había nacido y a mi madre todavía le ponía nerviosa calcular la tibieza de los biberones.

—Muchos odiaban que un equipo así se estuviera chingando a todos. En esos años le ibas a las Chivas si eras del populacho, o al América si tenías un Lebarón y gastabas tu sueldo en la Zona Rosa. Yo no podía hacer eso. Trabajaba, tenía una esposa y tú tenías dos meses. Irle al Atlético estaba bien.

Y siguió contando: que en las quincenas comía con los compañeros de trabajo en las cantinas de Bolívar. Sopa de médula, chamorros, chicharrón en salsa verde. A mi madre no le gustaba verlo llegar borracho pero mi padre ascendía en el trabajo y debía hacerse el líder. Que en términos cantinescos significaba: mostrar que podía y sabía beber. Que podía y sabía llamar a los meseros por sus nombres; que dejaba buenas propinas y elegía las canciones en la rockola 

Y alguna tarde estaba ahí, en su mesa, con cuatro de sus compas, cuba tras cuba y el chisme de oficina, cuando llegaron tres tipos colorados, gafas oscuras de guarura, camisas abiertas y cadenas doradas en los cuellos y las muñecas. Tropezaron con alguno de la mesa de mi padre, en vez de disculpas bravearon porque estorbaba. Agitaron billetes de cien pesos para que los atendieran, de paso pidieron que quitaran la música para escuchar el radio, estaban hablando de la final de futbol. Que era entre el Cruz Azul y el América, y que, por supuesto, decía la radio, estaba más que cantado el triunfo de los Canarios fueron Águilas hasta los ochenta,porque Borja, Reynoso y Borbolla, hombre por hombre eran mejores, aunque siempre debía reconocerse, con la condescendencia que pedía el caso, el esfuerzo de los celestes.

Los de las cadenas en las muñecas arengaron: el Cruz Azul era un club de advenedizos, toltecas de taparrabos que se les fruncía el culo al pisar una cancha, apestaban a azufre, ¿tendría el Azteca un lugar para amarrar mulas? Era lo malo de no poner murallas alrededor del DF, a cualquier indio que patea piedras lo dejan pasar...

Y algo debió punzar a mi padre, giró en seco a preguntarles cuál era su cabrón problema, por qué tan machitos. ¿Qué le hirió tanto? ¿Que seguía sintiéndose ajeno a la ciudad, que veía alelado los autos enormes en las calles y sabía que difícilmente tendría uno así? ¿Intuía, detrás de la jactancia de pedir otra cuba y más cacahuates, que su matrimonio era frágil, que no tenía idea de qué hacer con un bebé que cagaba cada tres horas, que se debatía entre las jerarquías de la oficina y la presión de inventarse como jefe de familia? Mi padre reclamó y los otros se burlaron, él vociferó y los otros se levantaron para armar la campal.

Se me viene el más animal de los tres —me contó en el Viaducto, —me dice que de a cómo y le contesto que como quiera, lanza una patada, esquivo y jalo una silla para golpearle, en eso los meseros ya nos tenían bien agarrados y mentadas de madre y bravatas. Éramos un circo.

Aún no puedo imaginarlo porque mi padre siempre ha sido contenido, de los que prefieren hablar antes que irse a los golpes, de los que saben darle la vuelta al insulto para salirse con la suya, de los que intentan conciliar. Pero en ese momento se le olvidó el Atlético, el bebé de tres meses, la esposa que lo esperaba en casa. Habrá recitado cuanta leperada contra el América se le habría ocurrido, el otro habrá hecho lo mismo contra el Azul. Ahí fue cuando alguien de los dos grupos, o los meseros, o el dueño de la cantina, los envalentonó. Que si tan gallitos estaban lanzaran una apuesta a la altura de la rivalidad.

El tipo preguntó de cuánto era mi quincena y se lo digo. Se burla, dice que no apuesta miserias y propone tres meses de mi sueldo. Y acepté. El de la cantina jaló un cuaderno, escribió el acuerdo, nos hizo firmar. De garantía dejé el cheque de la quincena. El otro puso su reloj. Uno grandote, dorado. Nos dimos la mano. Me apretó fuerte para mostrar quien manda. Le respondí igual, que no me viera la cara de pendejo.

Pero mi padre sale de la cantina, y después, en la tarde de oficina, y peor, en la noche que en casa le explica a mi madre que hubo un lío de contabilidad y le van a pagar hasta el lunes, la única pregunta que se hace es por qué comprometió tanto dinero, la renta, la comida, los pañales; que por extensión era comprometer el matrimonio y su misma idea de la responsabilidad.

El domingo fueron los noventa minutos más largos de su vida. Después he visto el resumen del juego en Youtube y sé que no fue para tanto: al minuto 10 Héctor Pulido lanzó remate cruzado y abrió marcador 1-0 para los celestes; a los pocos minutos Victorino dio cabezazo para el segundo gol, y todavía no terminaba el primer tiempo cuando el Centavo Muciño marcó el tercero; no parecía que el América tuviera demasiado qué hacer. Pero en el relato de mi padre fue un partido angustioso; el ataque americanista nunca bajó y cada recorrido por la cancha, cada pase, cada cañonazo que volaba sobre el Gato Marín, le significaban escalofríos y presagios funestos. Creo en sus exageraciones. Importaba menos la objetividad del partido, que el juego que vivía dentro suyo. Para un hombre que siempre había vivido con el sigilo por encima del arrojo, su cheque guardado en un cajón de una cantina del Centro debía parecerle una imprudencia colosal, una osadía que por alguna triangulación absurda por fin le estaba dando derecho de pertenecer a la ciudad.

El partido terminó 4-1, todavía otro gol de Muciño y el de la vergüenza de Enrique Borja para el América. Apenas se montaba el podio para entregar la copa cuando llegó el de la tienda (no teníamos teléfono y nos llegaban las llamadas a la tienda) a avisarle a mi padre que le hablaban.

Era el cantinero, decía que al otro día podía recoger mi cheque y lo demás que gané. Tu cuna, la que está en las fotos, salió de ahí.

Para entonces ya habíamos salido del Viaducto y llegamos al departamento. Bajamos la tele, movimos la antena hasta conseguir señal, alcanzamos el final del partido, que el América ganó. Hicimos muecas de desaliento. La suya era de rutina; la mía agregaba los orgullos y las derrotas, los orígenes ocultos de la familia y otras formas elusivas de pertenencia. Mientras bajamos las cajas de libros mi padre mentó madres contra el técnico, la directiva, los jugadores que no respetaban el linaje.

Desde entonces, cada que el Azul tiene una victoria memorable corro al teléfono a comentarla con él. Cuando pierde también nos buscamos, él maldice y yo le hago el chiste de que cambiemos de equipo.

No sé si piensa en sus días del Centro, en su apuesta, en las preguntas que se hizo mientras su quincena reposaba en la caja de una cantina.

—El siguiente sábado se reponen— dice al cabo de un tiempo. —Tengo confianza. Algún día, el día que haga falta, van a volver a ganar.

martes, 23 de diciembre de 2025

Rafita lloró con el Rey León (cuento navideño)

 


A Rafa le daba pena lo que vino a decirme.

    —Mi papá. Vino pero no dejó dinero para la cena. Mi mami está inconsolable. Es odioso pasar una Navidad así.

    Yo le alquilaba el cuarto a la mamá de Rafa a cambio de que me dejaran estar en paz. Ellos ganaban unos pesos y yo me aislaba de todo. Pero ahora dejé de leer y puse atención.

Cuando mi mamá se pone así le gusta ir al Walmart. Yo le digo que no pero ella insiste. Quiere que todos la acompañemos.

    Hice el libro al lado, me incorporé de la cama.

    Rafa dije: tu madre es tu madre. Si ella quiere hacer eso, eso vamos a hacer.

    En la sala ya estaba la madre de Rafa, primorosa con su vestido de flores, aretes y una gargantilla dorada que tiene en una foto de hace veinte años. También estaba la hermana de Rafa, con la playera de un grupo de rock que yo no conocía.

    Subimos al viejo Tsuru de la familia. Adelante Rafa y su mamá, detrás la hermana y yo. El Walmart quedaba a dos avenidas de distancia. Todavía no se sentía el bochorno del sureste pero creo que se adivina en los baches. Siempre he pensado que tienen relación el bochorno y los baches.

Rafa prendió el radio.

    Ahora no, corazón.

 Rafa apagó el radio, su madre sacó un pañuelo de su monedero y durante todo el trayecto sólo la escuchamos llorar.

    Era muy temprano y sorprendía lo vacío que estaba el estacionamiento. En unas dos horas se pondría de locos.

    La comitiva para entrar al Walmart quedó así: delante, la madre de Rafa con la hermana de Rafa; detrás, como guaruras, Rafa y yo.

    Odio que mi madre haga esto dijo Rafa.

    Tranquilo, Rafa. Para eso estoy aquí, para apoyar.

    La madre de Rafa tomó un carrito, entró al súper. Siempre son intimidantes los arreglos navideños cuando uno tiene incertidumbre, Santa Clós, el árbol y las esferas insultan a la paz mental. La mamá de Rafa ya es adulta, no como nosotros, trasciende rápido esa cáchara sentimentaloide y llega pronto a donde quiere llegar.

    Cereales Maizoro, gran promoción de 3 x 2. La mamá de Rafa prefiere los cereales Maizoro, piensa que los corporativos aún no les han puesto demasiados químicos. Mira a un lado y a otro, Rafa enrojece, la hermana de Rafa finge interés en los chocolates en polvo del anaquel de enfrente. La madre de Rafa pone la caja de cereal en el carrito, la abre y pone su chal encima para disimilar.

    ¡Niña! la hermana de Rafa levanta los ojos pero se acerca y toma un puñado de cereales.

    La mamá de Rafa mira a Rafa. Él tiene vergüenza. Me mira. Le correspondo con un gesto que dice que una madre es una madre y que siempre se le debe obedecer.

    Rafa toma un puñado de cereal. Sigue mi turno. No soy muy afecto a este tipo de hojuelas pero soy invitado, no puedo hacerme el remilgoso.

    El cereal hace una masa pastosa y les vendría bien un poco de leche. Como si la mamá de Rafa leyera mi pensamiento, empuja el carrito al corredor de lácteos y jala un litro de leche light, deslactosada, es una mujer que le gusta cuidar la salud de los suyos.

    Tomamos de la leche con discreción, el supermercado sigue vaío pero nunca falta el desmañanado responsable en sus compras navideñas, por experiencia se sabe que suele ser un delator, mientras más responsables menos humanidad. Yo me voy limpiando el bigote de leche con la manga de la playera, cuando la mamá de Rafa ya está viendo los yoghurts.


 

    ¿De qué te gusta? me pregunta Hay fresa, durazo, frutas del bosque y sabor tropical.

    Estoy por contestarle que el que sea cuando me da el que sea. Extrañamente, no les da a Rafa y a su hermana. Las familias tienen comportamientos misteriosos.

    Avanzamos a las carnes frías, la mamá de Rafa toma turno.

    Mamá... suplica Rafa.

    Antes de nosotros hay una de esas mujeres guapas que le toman fotos a la comida y la publican en Instagram.

    La mamá de Rafa pregunta por los salamis. La vendedora le da una prueba. La mamá de Rafa le pregunta si no hay pruebas también para nosotros. Rafa hace el esfuerzo de la compostura. Todos degustamos el salamí. También el tocino ahumado, el quso mozarella, la mortadela, el jamón serrano. Cuando la vendedora empieza a fastidiarse, la madre de Rafa pide 300 gramos de jamón serrano. Las fetas son brillantes y oscuras. Las recibe la madre de Rafa. Y ella se las pasaa a Rafa. Rafa me enseña la etiqueta con el precio y es como si exhibiera a su padre. No todos los días tienen que ser buenos, Rafa, me gustaría consolarlo.

    Pero entonces la madre y la hermana de Rafa ya han desaparecido. Rafa y yo las buscamos con cierta alarma, no están ni en las carnes rojas, ni en las aves, ni en pescados y mariscos, ni en productos de importación. Cruzamos ferretería, artículos para automóviles, para mascotas, plantas y ornato, farmacia, calzado. Al final las encontramos entre la ropita para bebé, detrás de unos baberos y mamelucos en oferta, con dibujos de alguna caricatura infantil que fracasó. La mamá de Rafa ya lleva en el carrito pan artesanal, mostaza alemana, pepinillos y un paquete de mozarella. Rafael le entrega el jamón serrano, resignado. En la sección de bebés suele haber muchachas jovencitas que solo reaccionan cuando ven seres humanos menores a los cuatro años. Por eso apenas y nos hacen caso, tampoco se dan cuenta de la sidra que carga la hermana de Rafa y que en la discreción de su chamarra de mezclilla logró abrir.

    Ahora hay muchos muñequitos, yo me confundo —me dice la mamá de Rafa. Cuando estos niños eran pequeños, sólo estaba Bernardo y Bianca. A ésta ya le tocó el Rey León.

    Rafa se complica con el pan y la mostaza, yo saco de la cartera mi tarjeta de crédito y la usamos para untar. La hermana de Rafa abre el paquete del queso con los dientes.

    Ella es más valiente con las películas. Rafita vio que se murió el papá de Simba y no quiero contarte cómo lloró.

    Mamá...

    Bien mariquita. Bien chulo, mijo. Por eso no me gusta que sepa de mis problemas con su papá.

    Y hay dos sandwiches hechos cuando aparece un tipo de traje y con gafete, con ganas de hacernos problemas. Por suerte en este rancho todo mundo se conoce, fue compañero de Rafa en la preparatoria, muchas tardes estuvo en su casa haciendo trabajos escolares. Lo reconoce, lo saluda, le explica que lo va a meter en problemas con la actitud de su mamá. Rafa y la hermana hablen con él mientras la mamá de Rafa me convida de la sidra.

    Mis niños me dice. A veces siento que no los preparé bien para la vida.

    Encuentro una servilleta arrugada en la bolsa de mi chamarra y se la doy para que se limpie las lágrimas. En eso regresa Rafa, su hermana, el tipo del traje.

    Mamá, tenemos que irnos ya.

    La mamá de Rafa accede, mientras el tipo de traje nos escolta. Y la reconoce.

    —En su casa hacíamos los trabajos de biología con Rafa. Mucho tiempo, señora, qué recuerdos.

    Muchos recuerdos, hijo, deséale muy feliz Navidad a tu familia.

    Ya en el auto, el humor de la madre de Rafa ha cambiado; pone una estación de radio donde canta Sonia Rivas y dice que siempre podríamos pedir un pollo rostizado para la cena, que no importa el platillo, sino vernos inmersos en el espíritu de la Navidad.

    Yo me ofrezco a pagar otro pollo. La madre me agradece, la hermana propone hacer una ensalada con manzanas. Rafa va callado, sigue callado hasta la noche. No me preocupa. Puedo regresar a la cama, recostarme, jalar mi libro y seguir leyendo.