martes, 1 de junio de 2010

Y los cigarros se van diez pesos más caros

El nuevo chisme es que los diputados legislarán para que a los cigarros les aumenten diez pesos. Así dejaremos de fumar quienes fumamos. Nos agarrará un proceso de conscientización económica (ja) bien cabrón y cada vez que tengamos ganas de un cigarro optaremos por comernos una lechuga. Hace días me dieron otra versión más tenebrosa: "los suben porque saben que no dejaremos el vicio y que lo pagaremos. Y seguirán creciendo los bolsillos de los diputados y toda esa gente."
Más allá de lo redituables que estamos resultando los contribuyentes para el gobierno (quesque) y las legislaciones (quesque) y demás alimañas con poder, lo que me trae desalentado es ese aire de constante regaño que ha marcado a este sexenio. Vean comerciales, oigan discursos, revisen legislaciones. Los gobiernos en curso, locales o federales (incluyendo la cosa esa que encabeza Calderón), parecerían asumirse como Padres Mayores y Ejemplos A Seguir de una ciudadanía imperfecta y viciosa a la que se le dirige regulando sus deficiencias.
Véase si no el bonito esquema de buenas costumbres que estamos aprendiendo: ley de criminalización a los fumadores, después el cierre de los antros a tempranas horas, y luego la cruzada contra los obesos -no discriminación, sí tema de salud-, y el fantástico espectáculo protozombie con tapabocas para evitarnos la influenza el año pasado, y ni hablar del narcotráfico y su cruzada puritana que considera menos onerosas las muertes violentas que las causadas por sobredosis, y por supuesto que el regaño del cinemex por tener papas pidatas, y ya entrados en gastos, los regaños ceñudos de los carlos marines y los ciros gómez leyvas por tanta chacota tuitera.
¿No se sienten ahora más criminales que, digamos, el sexenio pasado? ¿Por fumadores, por trasnochadores, por hedonistas, por tragones, por besucones, por dicharacheros, por el pecado -digo, ya para hablar con los términos adecuados- de haber nacido y ser seres humanos? Y ojo que el lugar común es achacarle toda la culpa a la ideología panista, pero qué frustración reconocer que muchas de estas acometidas también han venido del Gobierno del Distrito Federal, como para convencer al electorado que cuando es necesario pueden ser impopulares, y entonces ya se han puesto más papistas que el Papa (¿o más maoístas que Mao, pa' no andar mezclando catecismos?) El tema no es izquierda o derecha, el tema es de péndulos restrictivos o permisivos, y tal parece que la competencia consiste en mostrar quien ostenta mayor autoridad. Lo que trae (intuyo) un tema en el fondo político: seguimos discutiendo la legitimidad de Calderón. Y como en ese fondo político ni él mismo ni sus mismos correligionarios se lo creen, tal parecería que la forma de reafirmarse consiste en adoptar porte y tono de padrastro regañón: no soy quien debe estar, pero te aguantas y además te cojo con el IETU; ya sé que el elegido era el otro, pero de populismo tan peligroso que ora te chingas con mi sobriedad (en el discurso, otro día hablamos de sus costumbres etílicas) expresiva; en realidad, este sexenio se ha tratado de pagar nuestro error de no creer que el presidente es él. Violencia del narco, impuestos onerosos, restricciones en los hábitos sociales y personales, estigmatización de costumbres poco ejemplares. Bienvenidos a la expiación de nuestros errores electorales. Y al regreso de la edad adolescente de toda la población. Se oye en los discursos, en las campañas de medios, en las nuevas medidas "para vivir mejor": la gente, la ciudadanía, somos pubertos berrinchudos y hay que guiarnos sabiamente. ¿Alguna vez estuvimos cerca de la mayoría de edad? ¿Cuándo sacamos al PRI de Los Pinos? ¿Pero dejamos en entredicho la madurez ciudadana al elegir, en su lugar, a ese chiste con botas que fue Vicente Fox?
Lo más cagante del tema es que la misma gente ha hecho suyo ese discurso incriminador y culpígeno. Es común que ante cualquier tema de corrupción o ilegalidad, de inmediato se nos cobra factura a las mismas "personas de a pie" (como nos llaman esos analistas políticos que Conacyt les regaló carro para que puedan hacer ese distingo, tan académico, de nosotros): si hay problemas en la distribución de agua, es que nosotros no le cerramos a la llave; si el tránsito de las ciudades es un desmadre, es que somos conductores o peatones irresponsables y faltos de la más mínima educación civil; si las calles son un asco, es que nosotros tiramos toda la basura en todos los lugares posibles; carajo, hasta si pierden esos ineptos de la selección nacional, es que nosotros no los apoyamos como se debe y cometemos el reprochable ejercicio de ser críticos. Y es cierto que la gente es gente, y como tal no es la mejor gente posible, y por supuesto que siempre somos susceptibles de mejorar en nuestros hábitos, formas de relacionarnos, modos de acoplarnos a los otros o a las leyes o al medio ambiente, pero tan constante regaño, tanta insistencia en recriminar y reformarnos, ¿no tiene esa sospechosa tendencia de hacernos perder el otro foco, y que la estupidez, la ineptitud, la frivolidad, la estrechez de miras de los gobiernos debería ser el verdadero factor a vigilar?
Veo con envidia cómo se festejan los otros bicentenarios en Latinoamérica, y no me chupo el dedo, tengo claro que la Sra. Kirchner es una enorme decepción para Argentina, el regreso de la derecha al gobierno chileno desconcierta y aturde, el primer triunfo del candidato uribista a la presidencia de Colombia descoloca.... pero también veo en la gente el ánimo de sentise bien plantados en sus países, de sentirse cómodos para opinar, criticar, tirar mierda, de saberse dueños de derechos y libertades; dueños finalmente, de sus naciones. ¿De qué nos vamos a sentir dueños los serviles mexicanos? ¿De los cuarenta pesos por cajetilla, del estigma de las llantitas, de la docilidad ante la masacre institucionalizada del gobierno -llamémosle de alguna forma- de Calderón?
Todo va junto, desde la falta de gol de los ineptos verdes, hasta la autosuficiencia del diputadete del Panal que legisló contra los fumadores. De la falta de legitimidad del señor que vive en Los Pinos, al circo mediático de Tercer Grado y su arrogancia adoctrinadora.
Este país ahora no me gusta, me costaría trabajo pensar que alguien le encuentre algún encanto. Quizá, finalmente, sí seamos culpables de algunas elecciones. Y estemos pagando culpas por mestizos, por agachones, por el por favor y el mande, por no haber abandonado el latifundio del Señor Patrón.
Viva México, pues.

viernes, 7 de mayo de 2010

Alice in Wonderland

¿Entonces tanta puta jotería para que al final la tal Alice se convirtiera en una vulgar entrepeneur? ¿Tanto CGI predecible, tanta épica de laptop, tanto cantito seudo Carmina Burana para hacer más heroico lo heroico, tanto Johnny Depp trasvestido -que le requetencanta pero no es el punto-, tanto muppet chistosito a la de a güevo para que a la hora de la hora el sueño de la tal Alice sea abrir mercados en China y volverse una entrepeneur? No mamen. No mamen. No mamen no mamen no mamen no mamen no mamen. Neta. No mamen. NO MA-MEN.
Y ahí está uno de imbécil avergonzado porque no la vio en pantalla grande, y ahí está uno desvelándose mientras baja del maldito Ares, y ahí está uno inventándose galimatías previas con el
Hook de Spielberg, porque claro, las dos pelis están basadas en personajes infantiles ingleses de los tiempos victorianos, y claro, debe ser significativo que se reinterprete a Peter Pan y Alicia ya más creciditos, y claro, ambas películas son metáfora de los niños interiores de Spielberg y Burton -y que más bien nos salieron chamacos caguengues autistas- y claro, ah qué bonita es lo posmodernidad y la deconstrucción de los arquetipos, y ¿todo todo todo para que la realización de Alice sea convertirse en una vulgar mercader que se va a colonizar Asia porque eso aprendió del país de las maravillas? ¿Y esa es la brillante filmografía de Burton, el Emo Mayor? ¿La preponderancia de la clase media como población económicamente activa por encima de la incertidumbre de la ensoñación? ¿Y para eso tantas manos de tijera y titeritos de jack y planetas de los simios y Jhonny Depp maquillado y excesivo? ¿Y para eso tantos meses de posters embaucabobos y previews calientagüevos y mercadotecnia fashionista y tanta tanta taruga expectación? ¿Para que entre Alice y las niñas esas social media sólo las distinga que la primera sí usa maquillaje Lancome? Pus, qué, ¿era una recreación de Lewis Caroll, o un artículo pitero de la revista Expansión?
No mamen. Neta. No mamen.
Como dice el colosista: sean serios.
Y ya que Johnny Depp haga una peli de varoncito, sin maquillaje y demostrando que sabe ac// ah, no, ya la hizo y ya demostró que actuar actuar no es lo suyo. Sí, que lo sigan maquillando, ps ya qué.
Y ya. Me voy.

miércoles, 14 de abril de 2010

Los demonios, de Heimito von Doderer

Miedo reseñar uno de esos libros que se anuncian como grandes summas literarias, porque así se presume a Los demonios de Heimito von Doderer, que suelen equipararlo a El hombre sin atributos de Musil, La montaña mágica de Mann y A la búsqueda del tiempo perdido de Proust; y siempre habrá comentarios mejor documentados porque conocen más al autor, o a Viena o a los tiempos -los años veinte- en que transcurre la ficción; pero tres meses de lectura (¡y 1662 páginas!) deberían merecer aunque sea tres parrafitos; entonces, como burro que se va haciendo ducho en eso de tocar la flauta, ahí les voy:

1. Acá está la biografía de Heimito von Doderer, flojera repetirla. Destaco lo que me sirve para el rollo: hijo de la aristocracia astrohúngara, vive el momento incierto, posterior a la Primera Guerra Mundial, en que el gran imperio se desmembra y crea a las frágiles naciones de Austria y Hungría. De entrada pienso en otro escritor que ha situado sus historias en esta época, el húngaro Sándor Márai; ambos comparten el sentimiento de melancolía por el derrumbe del imperio y lo incierto de la reconfiguración de la nueva sociedad, ahora austriaca y húngara. Tiempos de transiciones y no de consolidación, porque además ocurre en esos veinte años de entreguerras, tenso puente entre el fallido Tratado de Versalles y la creación de los sistemas totalitarios de Alemania e Italia. Los felices veintes, los treinta en aprendizaje festivo de intolerancia, frivolidad y enajenación que tras la Segunda Guerra condenaríamos culpable, pero antes, ¿quién carajos iba a saber que la indiferencia charlestoneada derivaría en confrontación?

2. El historiador Neuberg pavonea su inteligencia ante la bella Friederik Ruthmayr y sin querer suelta alguna de las claves de
Los demonios, cuando dice que "cualquier texto histórico que realmente lo sea es historia del presente, aunque se ocupe de la época romana, de la Alta Edad Media o de cualquier otro periodo. No, no se puede concebir el pasado como algo establecido de una vez para siempre, lo reformamos continuamente. Los hechos, con su colosal envergadura, no son nada; en cambio, nuestra forma de entenderlos lo es todo; por eso cada época ha de escribir de nuevo la historia y al hacerlo habrá de despertar e inspirar vida a los hechos muertos del pasado, un pasado concreto cuyo retorno traerá ciertos gestos que nos serán afines y nos conmoverán por dentro". Obviamente, una novela va más allá del puro registro histórico, pero en este caso su centro -la reinterpretación histórica- se encuentra ahí. Los demonios concluye con el incendio del Palacio de Justicia de Viena el 15 de julio de 1927, que encumbra al incipiente nacionalsocialismo austriaco (y de ahí ya se sabe: el vínculo con el nazismo alemán, y la anexión, y la guerra) y esta pequeña trampa reformula toda la trama: las muchas historias amorosas, las alianzas y enemistades, el melodrama decimonónico que se estorba con la subjetividad del siglo XX, los personajes oscuros que llegan a su redención o las brillantes personalidades de quienes presenciamos su declive, son reformuladas a partir del último capítulo y de paso reformula toda la concepción de la novela: Los demonios es la historia que ocurre entre La Historia. Fundación de un mundo inestable porque no sabe que se avecina su casi inmediato final. De ahí que, sorpresa, las más de 1600 páginas se revelan inútiles ante su encontronazo con la Gran Historia. Entonces, ¿vale la pena leerla? ¿Por qué?

3. En concreto:
Los demonios son las crónicas que ha juntado el jubilado jefe de sección Geyrenhoff sobre una época concreta de su vida, que va del invierno de 1926 al verano de 1927. Para la escritura de estas crónicas se ha valido de varios informantes, de distintos estratos sociales de la ciudad de Viena. El colaborador más cercano -y presumiblemente, el último redactor de gran parte de estas memorias- es el escritor Kajetan von Schlaggenberg. El punto de partida es la mudanza de Geyrenhoff , del centro de la ciudad, al barrio extrarradio de Döbling, que se ha ido volviendo lugar de intelectuales, artistas y bohemios. También son una nueva clase social que busca contrastarse con la vieja aristocracia y alta burguesía del imperio. Lejos de mostrar respeto por las tradiciones, buscan confrontarlas y generar nuevos estilos de vida. Si el centro de la ciudad de Viena todavía es ópera y títulos nobiliarios decadentes, en Döbling se ostentan los nuevos autos deportivos, las relaciones amorosas libres y farras bulliciosas. Geyrenhoff suele referirse a esta comunidad como "Los Nuestros", galería de personajes de inocente decadencia: René von Stangeler, veterano de la Gran Guerra que sobrevive sin mucho éxito a su profesión de historiador, Kajetan von Schlaggenberg, recién separado de su mujer y entregado a la bebida, la hermosa hermana de Schlaggenberg, Charlotte, apodada por todos Renacuajo, ejecutante de violín en pos de figurar como solista en una orquesta, el noble alemán von Eulenfeld, tan millonario como alcohólico, el diplomático húngaro Géza von Orkay, el dibujante y conspirador Imre von Gyurkicz. En tertulias pretenciosas consolidan una identidad no exenta de fisuras. Lo importante, en todo caso, es la apología de esta comunidad que sería lejana parienta de los vagabundos beats, las comunas hippies y hasta las banditas virtuales de la actualidad. En las fisuras, los distintos objetivos, las alianzas o confrontaciones del grupo, se va gran parte de la novela.

4. Si algo hubiera en común en la trama de los personajes más importantes de la novela (y esto lo robo del comentario que hace Juan García Ponce en su más bien regular ensayo:
Ante los demonios. A propósito de una novela excepcional. Los demonios de Heimito von Doderer) es que todos se confrontan a lo que Stangeler denomina la "segunda realidad": fantasías, perversiones, sueños informes, que improvisan sus personalidades. Parecería que una forma eficiente de retrasar las tomas de conciencia reside en la creación de un objetivo disparatado que además les ayuda a sobrevivir a ese tiempo incierto. Así, Schlaggenberg lanza su manifiesto para enamorar mujeres gordas, el obrero Leonhard Kakabsa se obsesiona con aprender latín, como forma de reelaborar su idioma vulgar hacia otro más culto, o el industrial Jan Herzka busca hacerse erudito en el tema de la quema de brujas en la Edad Media, para sublimar sus fantasías sadomasoquistas que busca realizar con su sensual secretaria. Entre la segunda realidad y la cotidianidad casi impresionista se decanta la novela, con enredados argumentos al estilo decimonónico, que incluyen herencias escondidas, hijas bastardas que descubren a sus verdaderos padres, algunos jugueteos eróticos y un fondo político que rara vez se evidencia pero suele sobreentenderse en los oficios, las opiniones y las metas de los personajes. Imposible resumir y comentar en un solo post todas las hazañas, aunque valdría apuntar que pocas son de un dramatismo exacerbado. La tomada de pelo de Los demonios estaría en su gratuidad: nada parecería demasiado importante. Reuniones exquisitas, deliciosos vinos, descripciones preciosistas de bosques y calles, el transcurso del tiempo se antoja lento y placentero. Quizá porque el guiño de Doderer está en someter las segundas realidades de los personajes a una enorme segunda realidad de la totalidad de la novela: este tiempo de candor también es ficticio. El contrapunto con los personajes de las clases bajas -taberneros, gángsters, prostitutas, conspiradores políticos- impide engaños: las jornadas bucólicas están rodeadas de amenazas y las inocencias burguesas parecen absurdas cuando alrededor se teje el verdadero poder fascista.

5. La diferencia entre el autor convencional y el gran novelista que es Doderer, estaría en la paciencia para postergar los enfrentamientos entre la futilidad burguesa y el amargo resentimiento fascista. Doderer no quiere dar una clase de historia o moral, y denunciar la felicidad -la ignorancia- cortesana de "Los Nuestros". Respetuoso de los motivos de su cronista Geyrenhoff, prefiere acompañarlo en la descripción entrañable, a veces irónica, de la comunidad. E incluso acepta sus puntos de vista conservadores y muchas veces espantados. De ahí la utilidad del contrapunto que establecen los extractos de crónica relatados por Schlaggenberg, que obligan a desconfiar de las apreciaciones candorosas del maduro jefe de sección.

6. Desde los personajes cronistas,
Los demonios es una historia de restauraciones: las formas en que los personajes parten de su caos individual -sus segundas realidades-, y cómo en el transcurso de sus historias van solucionando sus conflictos, vía candorosos deus ex machina (empleos, herencias, romances inverosímiles, felices coincidencias). De ahí que podría parecer chocantes los supuestos finales felices, con casorios, trabajos bien remunerados y amistades que se revelan bondadosas hacia el final de la historia. Pero sobre los cronistas se encuentra la malicia del novelista Doderer, quien sí se sabe contando la novela después de la Segunda Guerra Mundial (wikipedia chismea que esta novela se escribió en los años cincuenta) y desde ahí insinúa lo relativo de los finales felices: lo efímero de "Los Nuestros" también es lo efímero de los años veinte, de la sociedad vienesa que no podía reconocer -(¿de pronto adivinar?)- el terror de la siguiente década, de una visión del mundo incapaz de imaginar el violento giro de tuerca que se viene. Los demonios es, entonces, el triunfo del novelista riguroso, que rehúye del efecto para concentrarse en la alusión. De ahí la complejidad de la novela, cuya placidez apenas se desmiente al interior del texto, pero requiere de la desconfianza extraliteraria del lector para comunicar su mensaje más amplio.

7. Nomás como aclaración o consejo: antes dije que el ensayo de Juan García Ponce era regular, porque uno esperaba más interpretación y el novelista más bien se limita a contar la trama de la novela. Eso decepciona cuando uno sabe lo agudo y rico que podía ser un comentario más reposado de García Ponce, aunque también se le agradece esta suerte de "guía rápida" que puede ayudar a no perderse en el tremendo monstruo argumental que es
Los demonios. También me hace suponer que una glosa de esta novela requeriría otro libro igual de gordo. Seguro en Alemania y Austria ya existe esa glosa. Ojalá nos llegue pronto. Ojalá pronto haya comentarios más detallados de esta gran novela. Yo nomás toco la flauta, como el burro. Y sugiero: mucha inquietud, también mucha paciencia, para quien quiera hincarle el diente. Mi siguiente post será del dolor que me causa mi uña enterrada, para aligerar la textura. Sale, pues.

lunes, 29 de marzo de 2010

Ciudad de ciegos

Es madrugada y Dora me recuerda que nunca se me debe olvidar que amo la película Ciudad de ciegos, de Alberto Cortés, del año 1991 (¡casi veinte años!) y que ya sé, tiene momentos acartonados, no todas las historias resueltas, la mayoría viñetas que no terminan de redondear personajes, un final pretencioso para tanta soledad de alcoba, insolencia aglutinadora que de tanto acumular se queda en la dispersión nostálgica, pero si tuviera que decidirme a amar a esta ciudad no podría hacerlo con las canciones de Guadalupe Trigo ni con los promocionales de Marcelo Ebrard, de repente con el poema de Efraín Huerta y es muy diferente mi ciudad a la Nueva Grandeza Mexicana de Salvador Novo; en cambio aquí se condensa algo de cómo pienso las calles y las farolas, los ejes viales y sus charcos fatales, de cómo son las luces amarillas de los departamentos y cómo las ocultan las cortinas de mal gusto, confieso que a veces voy en la noche caminando por la calle y tengo la afición malsana de asomarme por ventanas y fisgonear aunque sea de pasada las recámaras o los comedores y las cocinas de todos esos que no soy yo, que prefiero imaginarlos con historias retorcidas en vez de comuniones familiares, que mantengo la esperanza de sorprender atisbos de confesiones, placeres incorrectos o conciencias abismadas a su realidad.
Para ese voyeurismo de peatón ensimismado, nada mejor que mirar a Gabriela Roel, que nunca fue tan bella como entonces, sus tacones andando las calles de la Condesa en los años cincuenta, medias de nylon y cuco
outfit sastre, hasta entrar al edificio /al departamento del que ningún personaje saldrá hasta treinta años después. Porque desde que Socorro (la Roel, pues) traspasa el umbral y se quita las medias de liga con lenta coquetería, el departamento es protagonista y desde su interior se cuenta la historia de la Ciudad de México, nunca de forma didáctica, mostrando de refilón los cinco que seis pesares que la han asolado -las huelgas ferrocarrileras, el movimiento del 68, la opulencia y la crisis de los setenta, el terremoto de 1985-: idea que ya habría resuelto George Perec con más elegancia en sus novelas Las cosas y La vida. Instrucciones de uso, o que por nece$idade$ de producción -y tal vez, también, estiras y aflojas con la censura- obligaron a Jorge Fons a encerrar a todo el 2 de octubre de Tlatelolco en un departamento, apenas un año antes de Ciudad de ciegos, en Rojo amanecer.Ciudad de ciegos cuenta diez historias urbanas y todo se cuenta desde la sala, el comedor, el baño, la cocina, las recámaras del mismo departamento, que va cambiando de inquilinos. La música del rock and roll le enseña a Leonor (Claudia Fernández) el inicio de su emancipación; los Juegos Olímpicos en la tele anuncian el movimiento estudiantil y obligan a que Lucio (Benny Ibarra) tire su mois al excusado; el monólogo telefónico de Inés (Blanca Guerra) bosqueja su final cuando se ve muy de pasadita el libro El segundo sexo de Simone de Beavouir, y las pacas del periódico La Jornada caracterizan el tono de ese grupo de rock imposible en el que convive Santa Sabina con Saúl Hernández y el Sax de la Maldita Vecindad. Tal vez lo heterogéneo de los guionistas -Herman Bellinghaussen, José Agustín, Marcela Fuentes-Berain, Paz Alicia Garcíadiego y Silvia Tomasa Rivera- entorpece el total de la película, y como ocurre con los compilados, no todas las historias tienen la misma altura, pero incluso esta diferencia de tonos refuerza lo verosímil de la ficción, en la que el departamento lo mismo es depositario de cuentos picarescos que de melodramas, de inquilinos solitarios y agobiados que de familias agobiantes de tan nutridas.
Déjenme trascender el comentario guarro de que además se ven las tetas de todas las actrices que salen en la peli; porque reinterpretando,
Ciudad de ciegos en realidad podría ser una historia de la sexualidad chilanga, o más específico, de las mujeres chilangas y sus conquistas, tema que Cortés ya había abordado en otra película de oscuro culto, Amor a la vuelta de la esquina (85). Desde la clandestinidad de Socorro hasta el liberalismo chairo de Marisela (Rita Guerrero), quien sin pedos lleva a dormir a su chavo al depto con la complicidad de una madre Mara (Macaria) tan progre que mira (tremendo cliché) documentales de inmigrantes: Ciudad de ciegos también puede revisarse como una "historia de la vida privada" de la femeneidad o el feminismo (corríjanme las expertas en género), con una resolución que puede pecar de ese optimismo -hemos conquistado todas nuestras libertades- propio de la izquierda quesque propositiva sociedad civil del primer PRD, el que era víctima del salinato y aun se fingía honorable con el rostro de esfinge de Cuauhtémoc Cárdenas.
Ahí podría estar el error de
Ciudad de ciegos, en cierta arrogancia ideológica que imagina la perfección ciudadana desde una izquierda tan monolítica como el mismo Tatita Cárdenas, y que proviene de la formación del director y los guionistas, esos lectores bravos y consecuentes de La Jornada que en esos años noventa sonaban tan pertinentes y que ahora tristemente se han anquilosado. Defecto del que también adolece la novela Pánico o peligro de María Luisa Puga, que torpemente intenté reseñar por acá.
Pero política aparte, denme chance de engolosinarme con lo que
Ciudad de ciegos tiene de cine y de emocionante: el regodeo en los objetos según las épocas, esa descripción cuidadosa de muebles, cuadros, libros, recámaras, que solamente un chilango de vieja estirpe puede reconocer a lo largo de sus varios departamentos alquilados; los festejos clandestinos de los criados -la historia de Teo (Zaide-Silvia Gutiérrez) y Piter (Luis Felipe Tovar)- con musiquita de fondo de Rigo Tovar; la viñeta ingenua y romántica, con lluvia inhóspita y apocalipsis exagerado, de Raquel (Verónica Merchant) y Salvador (Roberto Sosa), tan adolescentes y hermosos ambos; o el perverso adulterio de Saúl (Enrique Rocha) con Fabiola (Elpidia Carrillo) que estremece cuando llega el temblor y el close up de la descorazonada amante se acompaña del blues fatal "Aquí me quedo" de José Elorza.
En otro post se valdrá hacerse el inquisitivo de los muchos nuevos cines mexicanos, en particular de aquel que ocurrió entre finales de los ochenta e inicios de los noventa. En la madrugada sólo vale pergeñar lo que proviene de la emoción; en la mía confieso que dos veces he soñado que le muestro esta película a dos personas que me han importado; supongo que el psicólogo que no consulto lo interpretaría como querer darle, a esas personas, el reducto desde donde podría construir mi amor por la ciudad. En
Ciudad de ciegos recupero al Distrito Federal que en otros momentos me decepciona con sus tantos conductores animales y con sus tan pocas faldas cortas. Si reinterpretara más: tal vez la Ciudad de México más sugerente se vive al interior de sus departamentos, en alcobas oscuras, tras las cortinas amarillas que apenas dejan imaginar sus historias.

PD1: Y el soundtrack es al alimón entre José Elorza y El Jefe Jaime López. Decir que es excelente es una obviedad.

PD2: Por puro morbo, acá el final de la peli. Santa Sabina, Sax de la Maldita Vecindad, y Saúl Hernández, cuando todavía cantaba, covereando-pocheando al Rey Lagarto con la frase: "dis is di en, mai fren"



PD3: Ya entrados en gastos, un trailer de la peli, cortesía de VeneMovies



Por ahí leí que la peli se puede bajar desde Ares o desde Emule. Ahí investíguenlo por su cuenta, digo, todo lo quieren peladito y a la boca. Chales con ustedes. Me voy a dormir.

miércoles, 17 de marzo de 2010

San Remo Café

¿Han notado que en las cajas de los Oxxos y los cafés de franquicia, cuando les dan su vuelto, debajo les dan el papelito de la nota y que es el acto más estorboso e inútil del mundo, porque el papelito se enreda entre las monedas y los dedos y además no sirve para nada y luego uno se ve torpe y estando así se trastoca el orden del universo y provoca un inicio de agrura que con poco cuidado podría transformarse en severa úlcera gastrointestinal? ¿No se les antoja entonces decirle al cajero que no les interesa el papelito y cuando ellos insisten no les dan ganas de restregárselos en las narices y después sacar un cuerno de chivo y acribillarlos y después destruir la franquicia y los jardines adyacentes y ya entrados en gastos propiciar algo semejante a una espantosa hecatombe nuclear?
En cosas así pienso cuando estoy en la caja del San Remo Café de Plaza Universidad, antes de sentarme a escribir hermosos pensamientos sobre la humanidad y su sagrada misión en el mundo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cuestiones de ritmo

(cuando voy en la calle y voy imaginando un post siempre imagino un ritmo, un ritmo testarudo, atrabancado, que se cae a trompicones y se levanta sin la menor gloria, con más riñones que cerebro; la perorata machacona del antipático que quiere ligarse a una muchacha a la que ha aburrido desde el inicio de la conversa, pero insiste y sin ver que lo han dejado solo sigue caminando y recapitulando necedades para enamorarse de sí mismo aunque eso apenas resulte una salpicada de patético onanismo; así me gusta que suene el fraseo, esa insistencia ciega de quien no tiene nada brillante qué declarar pero si deja de decirlo se abarranca peor y el ni modo de la supervivencia le obliga a ofrecer como nuevas tres ideas ya choteadas, aburridas pero que no le hacen mal a nadie porque al menos no quieren protagonizar, rescatarse como aforismo o encabezar el marketing social media de lo frugal)
(en cambio a veces redacto y limo oraciones y cuando estoy a punto de decir algo me pasmo al sentir que finjo una cátedra de sentido común y contención, entonces me entristezco porque sé que estoy a punto de volverme en quien no quiero, resignarme a mirar por encima de los anteojos beneméritamente y conformarme con representar a ese que no tuve más remedio que ser; ahí me agobio y me aterro de mí mismo y es cuando prefiero cerrar la plantilla de blogspot y me voy a cuidar granjas de facebook o algún otro juguete virtual de generosa evasión)

miércoles, 3 de marzo de 2010

La señorita Búho, The Police, Horacio Quiroga y la necesidad de ser prolíficos, versátiles y ambidiestros

La Señorita Búho es curiosa insegura impulsiva torpe sexy hiperactiva y graciosa, todo al mismo tiempo, lo cual la hace un ser de lo más complicado. Y me estaba diciendo por el msn que se sentía insegura con sus cuentos, quince minutos antes de que Luis Gerardo Salas anunciara en el internetero Rock 101 que pondría la rola “Every little thing she does is magic” de The Police, “como no se había escuchado en los últimos quince años que no existió Rock 101”; y como a veces da flojera ponerse crítico y está más bueno ser emocional, aunque no fuera cierto se lo creí. Escuchar y querer escuchar más The Police fue lo mismo, por suerte existe Taringa! y con cierta paciencia uno puede bajar seudolegalmente lo que quiera, y en tres clicks de mouse me topé con el Message in a Box, tan azul y hermoso él, con todas las rolas del grupo, que fue tan bueno y luego tan malo y después de nuevo bueno y últimamente muy choteado, aunque a veces a uno lo vence lo choteado y qué bonito ponerse a oír. No recuerdo cómo perdí esta caja, si me acuerdo cuándo la compré, y dónde la compré, en una tienda pequeña de discos al lado del Cine de las Américas, se jactaba de vender puros discos importados y tan mamón que era uno a los veintipocos, mejor pagar cien pesos más pero presumirle a todos que era la caja inglesa originalmente venida de Inglaterra e inglesamente original. La señorita Búho reclamó porque no le contesté a no sé qué pregunta, ok, los cuentos, debe ser triste escribir un cuento y sentirse inseguro de haber escrito un cuento, es muy triste perder la sensación, incluso falsa, de que se escribe como si se fabricaran bombas molotov artesanales, y hago responsables de esa tristeza a los manuales decálogos tratados y reglamentos del cuento perfecto (estoy hablando de ti, Quiroga); ya sé que los cuentos deben evolucionar y Ser Arte y que todo narrador que se respete debería enmarcar “La caída de la Casa Usher” e hincarse todos los días diez minutos frente a él y venerarlo desproporcionadamente, pero qué joda si un cuento perfecto nos vuelve cuentistas tristes y no podemos hacer caminar a ningún personaje porque les pesa el peso de tanto Carver y Cortázar y Chejov. Información no autorizada me hace intuir que ellos escribieron sus cuentos pasándose antes a sus maestros por el arco del triunfo, y que lo más importante que debe aprender un cuentista es a deshacerse de todos los fardos ilustres antes de empezar a escribir. Entonces estaban los cuentos y estaba The Police. Y la Señorita Búho gritando desde el azul-gris-azul-gris de la ventana del msn. Y se hacía obligado escucharse, por ejemplo, el momento en el que inició The Police. “Fallout”. No se puede seguir leyendo si no escucha antes “Fallout”:





La guitarra de Andy Summers es básicamente rupestre e imperfecta. Sting se escucha tan destemplado que todavía debe darle vergüenza. Stewart Copeland aporrea la bataca tan estúpidamente que parece filetero de bisteces administrando las ganas de matar a su mujer. Compárese con la delicadeza del “Tea in the Sahara” (y hablando de todo un poco, ¿por qué no dejan de leer este post y se van a leer a Paul Bowles?) y es cierto que falta misterio, delicadeza instrumental, reposo sensual del bajo y juguetitos sonoros que aporten arena y turbantes y oasis new wave. Pero, ¿quién menosprecia la energía, el ánimo trompicado del inicio postpunk de The Police? Ajá, dice Madmoiselle Hibou, y eso qué tiene que ver con los cuentos. Y pues ajá, pues tiene que ver eso, que el cuento más estructuralmente perfecto pero sin energía, es una verdadera pérdida de tiempo y una auténtica tristeza. De ahí que se vuelva impostergable dictar alguna regla del cuento perfecto:


Regla 1 del cuento perfecto: No hay que leer el decálogo de Quiroga, hay que escuchar el primer disco de The Police.


Después le agregué a Milady Owl que para escribir un buen cuento también había que saber mover las caderas (Eduardo Casar decía que uno debía saber escribir moviendo todo el cuento) pero eso más bien se lo lancé de buscapié pa’ ver cuándo le damos a la danzoneada. La conclusión de este bonito post debería ser que hay que escuchar a The Police y olvidar que Mix FM y Universal Stereo lo han choteado.

Miento: el post en realidad debió haberse tratado de cinco tuits que perpetré hace rato y que decían que para recuperar las obras choteadas de Los Beatles, Police y Jaime Sabines, había que escucharlos o leerlos desde sus obras menos famosas y después llegar hasta sus oldies but goldies, pero no sé por qué se fue el post por acá y ni modo de andar rehaciendo todo, sobre todo cuando hay tanta gente reclamando porque hace mucho tiempo que no posteo y tal. Entonces eso mejor lo posteo después. Baste poner de adelanto que @sabandijiux después hizo unos bonitos comentarios tuiteros que hablaban de …jazz, y Occidente, individualismo, sentido del tiempo, nostalgia, radios de onda corta, un citroen aparcado en una calle solitaria… películas en blanco y negro, sin subtítulos, películas del otro lado del mundo, películas grandiosas, ciudades industriales llenas de hollín, un invierno en Venecia.
Antes de todo eso decía que debíamos ser prolíficos, versátiles y ambidiestros. Le creo. Por eso insisto: Oigan a The Police:





Y más The Police:



Y más The Police:



Y ya me voy a ver si N ya me habla. Shu, shu.

viernes, 22 de enero de 2010

Adventureland: la aventura de la historia simple

Aventúrense al encanto de las historias simples; dije simples y no previsibles; las simples muestran todas sus cartas desde la primera jugada, las previsibles se hacen las tontas aunque sepamos que ocultan su as bajo la manga; la historia simple se solaza en su ligereza, la previsible carga pesados clichés que sacará de la chistera para asombrar con espectaculares giros de tuerca; la historia simple es un churrasco jugoso con papas fritas, la previsible se promueve como ExtraHiperMegaChingón sabor, aunque nunca queda claro si se trata de res auténtica o de ratas procesadas.
Inicia Adventureland (Mottola, 09) y a los diez minutos ya sabemos qué ocurrirá: el adolescente James Brennan (Jesse Eisenberg) quería hacer su viaje iniciático a Europa, pero por un lío laboral del padre debe refundirse con su familia en el rancho acerero de Pittsburgh y tener una existencia opaca; necio con hacer su viaje, empieza a trabajar en Adventureland, un parque de diversiones. Se me fue poner antes que todo ocurre en los años ochenta, que es como decir que todo ocurre en un parque de diversiones. Y es de lo más fácil completar la trama: en este lugar, James tendrá un aprendizaje de vida superior al que hubiera vivido al cruzar el Atlántico. Porque claro, se agregan los personajes que ya imaginan: Em (qué bella es Kristen Stewart), una niña bonita de comportamiento huidizo; y Joel, el amigo rusófilo y repelente, y Lisa, la buenota excesiva con la que todos quieren, y Connell, mayor que el resto del grupo, mítico por haber tocado junto a Lou Reed, viril, casado y con tanta doble vida como Em (y ni por el spoiler protesten: insisto que todo es obvio desde la presentación de cada quien).
Ya pueden calcular los romances, los secretos, las revelaciones y las peripecias, cómo reaccionará cada personaje ante los conflictos y cómo los resolverán. Pero eso importa poco: lo hipnótico es el trazo tan detallado que Mottola le da a cada personaje. Es cierto que parte del estereotipo, pero desde ahí los borda hasta conseguir riqueza en los matices, y antes de darnos cuenta, los personajes cándidos se han vuelto mezquinos, los de aspecto torvo revelaron fragilidad y el rol esperado (el aprendiz, la bonita, el experto, la buenota) se resuelven desde una ambigüedad que, esa sí, lleva al asombro. La sencillez en la trama de Adventureland permite prever qué ocurrirá con cada personaje, pero la complejidad en el trazo de cada uno de ellos obliga a la sorpresa por los gestos, los silencios en suspenso, los diálogos que saltan como acertijos morales, las disyuntivas que sólo tienen sentido al interior de esta historia.
Chéjov pedía que el final de un cuento no sorprendiera por lo inesperado, sino por la naturalidad con la que se va decantando. Así parece obedecer Greg Mottola, al darle el tempo, la frescura a la solución de cada personaje. Y entonces se intuye: el director ha filmado con más emoción que estrategia, con más necesidad de Verdad que de reconocimiento por su habilidad narrativa. El resultado es una película suave y sugerente; divertida, nostálgica, incluso para quienes ahora mismo se están debatiendo en sus conflictos de los diecitantos.
Adventureland es un cine que no cuenta, muestra; en consecuencia, un cine menos astuto, pero con una materia más cercana a la epifanía.


PD: Ah, y el soundtrack está de güevos, chéquense sino esta rola nomás

miércoles, 13 de enero de 2010

Sherlock Holmes y la aventura del detective, el mago y el doctor

1. La forma obvia de comentar a Sherlock Holmes, la película reciente de Guy Ritchie, es situándonos desde nuestro arrogante púlpito de lector inmaculado, y con el gordo tomo de Conan Doyle en el regazo despotricar porque: a) transformaron al maravilloso "detective asesor" (Sherlock dixit) en pinche muñequito de acción articulado; b) permitieron que Robert Downey Jr. siga interpretando a su genial personaje Robert Downey Jr., que en Iron Man está de güevos pero acá hacía falta otro tono; c) exageraron el protagonismo amanerado de un Doctor Watson (Jude Law) que nunca entiende la grandeza del tono menor del cronista original (la puta madre: qué mierda hace Watson cagando cada tres diálogos a Sherlock); d) apelmazaron buticantidad de gags cínicos resnatch que diluyeron el humor flemático del hombre de Baker Street 221B hasta hacerlo parecerse a Jim Carrey protagonizando Sin ton ni Sonia; e) se regodearon en corretizas, madrazos, explosiones y un romancito gratuito con Irene Adler, que se quería apasionado y terminó siendo cliché de cualquier crossover de Lara Croft vs. G. I. Joe y f) crearon soluciones muy sacadas de la manga (qué cazuelas que las claves de TODO estaban en el mismo laboratorio), que habrían hecho retorcerse de la impotencia al mismo Sir Conan Doyle.
Pero Guy Ritchie seguro que ya estaba preparado para críticas tan memas y ya tendría la respuesta obvia: que su Sherlock es una actualización del mito para la chaviza de hoy, que el hieratismo de Basil Rathbone poco tiene que decirle a los niños del internez y el post-punk-indie gooeeei, que mejor relájense y diviértanse y zoquen el hocico con puñados de palomitas. Bien valdría advertirle al tal Ritchie que al menos diez generaciones de lectores de Holmes lo vigilan. O sea: que se ande con cuidado. Aunque también:


2. Lo que sigue es doloroso (y más para un fan from hell del gran Sherlock) pero debe decirse: el personaje de Conan Doyle es el equivalente, en el entresiglo XIX-XX, al Harry Potter del entresiglo XX-XXI. Y si ya empecé con herejías, le sigo: ambos personajes comparten la representación episódica, el maniqueísmo entre el bien y el mal, la narrativa esquemática y sin riesgos formales, el confort pequeño burgués (odio los términos izquierdosos pero fue el que mejor le quedaba) que no se atreve a la épica absoluta, los valores conservadores sobre cualquier trasgresión incómoda. Conan Doyle y Rowling consiguen lecturas fascinantes pero sin peligro; no reinventaron ni reinventan las escrituras de sus tiempos, pero supieron recrear escenarios y personajes conmovedores para sus lectores, y aunque no remuevan drásticamente los sistemas literarios que les rodean, pueden y podrán presumirse como esas primeras lecturas que después nos hicieron indagar hacia autores más sustanciosos.
A Harry Potter le tocará el juicio del tiempo en algunas décadas más, a Sherlock Holmes ya se le puede pasar ingrata factura. La principal: que lo fascinante de sus deducciones, que seguramente asombraron a sus primeros lectores y todavía puede impresionar a dos que tres adolescentes, ha perdido fuerza frente a historias de enigma de mayor complejidad. Todavía siento el frío de los quince años, cuando leo que en Estudio en escarlata Sherlock revisa la casa de los Jardines de Lauriston mientras deja fanfarronear a los policías Lestrade y Gregson, para después dejarlos con un palmo de narices, describiendo al asesino, los cigarros que fumaba, el tipo de carruaje en el que llegó y su arma letal. Pero en una segunda lectura, varios años después, es imposible no esbozar una sonrisa por ciertas sorpresas que ya parecen ingenuas. ¿Dónde envejeció la maravilla de Holmes? En la novela negra gringa, que evidenció que nadie es criminal o delincuente del todo; en los thrillers kafkianos y su empeño en mostrarnos que el mal es una abstracción burocrática; en las conjuras de la vida real (Kennedy, Olaf Palme, Colosio, ¿les suena?) y la certeza de que el crimen obvio solamente es la punta del iceberg de más siniestros lodazales. Las deducciones precisas de Sherlock sólo eran posibles en una Europa orgullosa del positivismo y la fe en la ciencia; con el mugrero de la Gran Guerra se hizo imposible resolver el acertijo perfecto del crimen perfecto. Tal vez por eso, el personaje más inquietante del mundo de Holmes sea el oscuro Dr. Moriarty, que acaso prefigura a ese mal evasivo, difuso, que la lógica es incapaz de desmembrar.
¿Lo rebasado del original es, entonces, el motivo de que la reinvención de Ritchie sea tan fallida?

3. Aquí en realidad quería hablar de cómo se reinventó el mito de Sherlock Holmes en el doctor en diagnósticos Gregory House, pero entonces el texto se iba a alargar mucho e iba a parecer demasiado jalado de los pelos (¿no que el tema era la peli?). Que además ya todo mundo ha leído sobre esa influencia manifiesta de Sherlock Holmes en David Shore, el creador de la serie de TV, y sobre cómo lo ha reformulado en el insoportable doctor cojo que interpreta Hugh Laurie. Nomás pa' no perder el pretexto, sugeriré: que en Dr. House, tan importante es el ejercicio de la deducción, como el conflicto del genio científico rodeado de tanta gente cursi. Que el acento en Dr. House está en la confrontación del saber, como empeño y como fatalidad, contra la corrección política de un hospital y su misión de "salvar vidas". Lo que agrega House al arquetipo de Holmes es el carácter atormentado del personaje: que Conan Doyle lo sugiere cuando Holmes le entra a la morfina, pero no lo destaca como su tema mayor. No me atrevería a decir que House supera a Holmes, pero sí se valdría sugerir que House es una reformulación más afortunada del detective, contra el mamarracho que se inventó Guy Ritchie y que payaseó con tanto esmero Robert Downey Jr.
O sean francos: ¿cuántos no quisieron ver a Hugh Laurie con el gorro y la capa a cuadros, en vez del dandy mamón de Tony Stark?

4. Y bueno, a eso hay que agregar las limitaciones, orgullosamente asumidas, de Guy Ritchie, quien ha conseguido con gran empeño convertirse en algo así como un Tarantino sin el genio de Tarantino. Entonces valen las corretizas, los balazos, los putazos, los diálogos ingeniositos de matón de a tres pesos. Nomás como sugerencia: aun con lo cándido y predecible que pueda parecer ahora, sigue valiendo más la pena regresar al original de Arthur Conan Doyle. Y se puede conseguir en ediciones relativamente baratas. Corran por él, y de paso compren la novela de Pocahontas, antes de que alguien les invente que es flaca como anoréxica, verde como lagartija y que vive en un excitante mundo llamado Pandora. Y pues ya, me fui.

viernes, 1 de enero de 2010

Parque MacArthur

Me voy a ahorrar las payasadas esas de especificar que por comprar un disco gay uno no es gay, aunque lo sea. Lo que no me ahorraré será explicar que a veces intuyo que ser gay y ser homosexual no es lo mismo, que al homosexual le gustan los hombres y el gay jotea, es decir, se apropia de ciertos elementos de una cultura que supuestamente no es "para hombres", como ropas chillantes, músicas festivas, afeminadísimos despliegues dancísticos en el escenario que rompen plaza y hacen trizas el tablado. El hombre hombre, por el contrario, desprecia los movimientos estrafalarios, a menos que sea Chuck Norris y deba salvar al mundo o a su hija; se mantiene grave, estoico, en la fortaleza meditabunda de su cuerpo, con ojos agudos de estratega, es un cavernícola al acoso del mamut, aun cuando el mamut contemporáneo use tacones e insista en pesar menos de 50 kilos (y quiera parecerse -horror de los horrores- a Carrie Bradshaw).
Pero ese tampoco es el tema. El tema estaba maso bien redactado en alguna libreta de hace seis años, que reencontraré justo cuando ya no la necesite --es decir, cuando haya terminado de escribir este post--. Intentaré el recuerdo: también empezaba conque compré un cd doble con los éxitos de Dona Summer, que me daba un poco de vergüenza, pero que lo puse en la casa y fui el más feliz. En ese entonces acababa de ver la peli de Studio 54, acababa de divorciarme y tenía claro que mi vida necesitaba mucha jarana. Los excesos de una generación setentera previa al sida, que bailaban, se drogaban y cogían con desesperante felicidad, era el mood que me gustaba. Aunque también me fascinaban los despliegues musicales, más orquestados que con bits, de ese estilo discoteque que todavía no era lo suficientemente electrónico y debía compensar los samplers con cajas de ritmos primitivas, violines, trompetas y guitarras. Estaban a tres meses de la despersonalización robótica (que también tiene su chiste pero es otra historia) de la música electrónica, y el bit rupestre debía compensarse con instrumentaciones fastuosas, que venían un poco del progre y otro poco del glam rock. Oigan el piano con el que inicia "I Will Survive" de Gloria Gaynor, las trompetas de Earth Wind & Fire, los coros agudos hasta la diabetes sonora de los Bee Gees.
Esta orquestación le daba un tono muy especial al sonido discoteque de los setenta. Convengamos que entonces se le trataba tan pésimamente como ahora al reaggeton, porque la gente entendida prefería a Pink Floyd, Led Zepellin o David Bowie. El desdén era rigorista, al menos hasta que era sábado y daban las diez de la noche, entonces se podía evadir el distingo tan radical y escabullirse a la típica discoteca de pisos de colores y esferas de espejos.
La gente que oía rock pensaba rudamente, todavía le pesaba la represión postAvándaro y se refugiaba en hoyos fonquis muy gruesos, donde corría la mota, la promiscuidad y la falta de estilo. Los nices iban a las discos donde también corría la mota, la promiscuidad y la falta de estilo, aunque esto último apenas se advertía, usar traje blanco y camisa negra con el cuello de fuera estaba de lo más in. Lo que debo decir: si el rock era el compromiso, la música disco era evasión. Si el rock confrontaba y no daba soluciones sencillas, la música disco se elevaba al sueño frívolo y sonriente. Si el rock era un viaje a una oscuridad que fortalecía tras pesadillas estridentes, la música disco transportaba a la belleza, la elegancia, el ligue glamoroso y la emoción fútil.
Pasión de cueros y demonios, era el rock; romancillo de gasas y luces, el de la música disco. Pero ambas manifestaciones en realidad resolvían una larguísima resaca que duró toda una década, que inició con aquel famoso Dream is Over de Lennon. Cuando se fue a la mierda la utopía sesentera, la música debió camuflajarse en máscaras de distinto pelaje: heavy metal, punk, glam rock, sonido Motown, todo teatral y excesivo. Los setenta son una cruda, una evasión que no mira frontalmente lo que ocurre, un aquí y ahora que no pretendía crear discurso. Y sin embargo, no sólo de dogmas se hacen los recuerdos; tal vez la memoria más dolorosa sea aquella que proviene de lo imperceptible, lo que no pudo aprehenderse, lo que no tuvo documentales o manifiestos que dejaran constancia de la gente, los bailes, los revolcones que se dieron ahí.

***

Menos rollo, mejor escuchen:



Una entrada bastante generosa de wikipedia para una canción revela que "MacArthur Park" existía desde 1968, que fue escrita por Jimmy Webb y ha tenido muchos cover, el más prestigioso en voz de Frank Sinatra, aunque el más famoso sea el de la "reina de la disco". Pero su estructura es por completo el estilo de Donna Summer, quien al menos en tres rola más (ésta, "On The Radio" y "Enough is Enough", con Barbra Streisand) repiten un esquema semejante. Un principio suave, de balada dulzona con violines, un piano de fantasía y coros alambicados, que detalla con enorme melancolía el recuerdo de dos amantes que por cualquier razón no siguen juntos. Apenas al minuto, Summer sostiene un agudo que se vuelve grito de batalla, se incorporan percusiones, trompetas e inicia la fiesta discoteque. Pero la canción conserva la misma melodía.
A pesar del ritmo bailable, del énfasis de los violines y de la voz que se ha hecho más firme que al principio, subyace la tristeza del inicio. Escuchen bien, dense cuenta que pueden contonearse, girar las patitas, levantar brazos e imitar la alharaca de la fiesta, pero ahí sigue el dolor del amor perdido, y claro, la falsa promesa de la vida que sigue adelante, porque eso es un mal chiste ante esa voz que se descifra en desesperanza. ¿Cómo puede entonces bailarse al mismo tiempo que dolerse tanto? O tal vez se baila por eso, porque el baile es la única respuesta al desasogiego, a no entender por qué terminaron esos años dorados. La historia habla de amantes, pero bien pueden ser la generación toda, buscando a San Francisco, el submarino amarillo de los Beatles, las consignas disueltas, mucho menos por las represiones institucionales como por el simple paso de la vida.
Por ahí viene el siguiente debraye: MacArthur Park no puede referirse a un amor adolescente; la pareja que se canta ha pasado las duras y las maduras, no tienen el candor del dolor primero, sino la suave pesadumbre del desamor crónico, y justamente por eso es tan urgente ser bailada; tiene el peso, la gravedad, de quien ha dejado su último esfuerzo en ese baile y que solamente le queda el invierno de refugio.
Y entonces vale extenderse a las canciones de esos setenta tardíos: "I Will Survive" o "Staying Alive" aluden al fracasado que busca su última oportunidad; podría ser el mismo hippie de hace diez años, que divorcios, cárceles o corbatas mediante, ya no puede promover las utopías que cantó con Grateful Dead y ahora apenas va buscando recodos nostálgicos donde pueda pernoctar lo que resta de su vida ("Now I need a place to hide away" cantaría, visionario, Paul McCartney quince años atrás).
Las canciones de los setenta parecen el consuelo para quienes se atrevieron a enfrentar el edicto de Mick Jagger, de crecer más allá de los treinta años. Por eso la evasión, aunque no el desparpajo; por eso su ligereza aérea, aunque no su posibilidad de consigna. Los setenteros tendrían que desaparecer pocos años después, cuando los Buggles mataran con el video a las estrellas de radio. Entraría una nueva generación educada para los juguetes de Star Wars, para los cubos de rubik, para cambiar el existencialismo por las trivias de TV. Historia menos compleja, también de colores más brillantes. Mamase mamasa mamacusa.

PD: Y esto es otra jotería pero, ¿ya vieron qué chido se ve el primer post acomodadito en su casillita de enero de 2010? Cumplan los propósitos esos que se dijeron, al menos los primeros quince días.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Avatar y el autor de feria

Ok, el debate viene de los excesos: la publicidad y las revistas light de cine saludan a Avatar (James Cameron, 09) como lo más más de lo más revolucionario del cine gringo de los últimos años, que deja como pendejos a Clint Eastwood, Gus Van Sant y David Fincher (que con El antioxidante caso de Benjamin Button Fincher sí quedó como pendejo, pero esa es otra historia); en contra, los críticos bien formados y de a de veras no le perdonan ni medio segundo de parque de atracciones al juguetito éste tan IMAX y 3D y GPS y hartos gadgets harto techies, que hacen de Avatar más videojuego que película rial. La pregunta que subyace es dónde situar a la filmografía de Cameron, si reconocerle innovación, originalidad, personalidad; o relegarlo a maquilador de lujo para vender vasos y palomitas. Por su espectacularidad y su rentabilidad, James Cameron parecería el hijo virtuoso de George Lucas y Steven Spielberg, pero no estoy seguro que eso sea un halago.
Si se vale agitar el gallinero, podría sugerirse que Cameron se sitúa en la incómoda bisagra entre el maquilador hiperdotado y el autor menor, y que ambas definiciones deben tomarse con reserva. Sobre el maquilador ni vale la pena hablar, en un goglazo se encuentras listas, estadísticas, porcentajes, que evidencian la enorme rentabilidad del director canadiense, así como su vanguardia en cuanto al uso de los recursos técnicos más acá para la puesta en escena de sus pelis. Desde el primer Terminator hasta los mafufos musguitos de Avatar (pasando, por mentar lo más memorable, por Terminator 2, Aliens y ese betún tan romanticoso y tan fin du siècle que fue Titanic), parte imprescindible del cine de Cameron es revisar sus making offs, que a veces pueden resultar más interesante que el mismo filme.
Pero al autor Cameron no hay que tomarlo tan a la ligera, y ahí la incomodidad. De un plumazo podría burlarme de lo ramplón de sus escenas, de su distingo acartonado entre el bien y el mal, de sus giros de tuerca predecibles, y de su persuasivo regaño-moralino final, que parecería contradecir a su mismo cine (al rato regreso con esta paradoja); pero basta darse una vuelta por las memorabilias, las pasiones, las defensas furibundas de los espectadores, para presentir que en Cameron hay más que un realizador soso con juguetes demasiado nuevos. Lo más interesante: lo que se va filtrando de él no es su enorme despliegue tecnológico, sino las pequeñas escenas cotidianas y de intimidad.

Los Terminators impresionan por sus correteadas, sus explosiones y sus esqueletos de cyborg fundido, pero la gente se ha quedado con el rudo amor filial de Sarah y John Connor; Aliens no es nada sin su impresionante andamiaje techie-lóbrego, pero es mucho menos sin la bravura de Ellen Ripley; y lo que se ha choteado hasta el exceso no es el majestuoso naufragio del Titanic, sino el romance oceánico de Jack y Rose, ambos situados en la proa del transantlántico, brazos extendidos al infinito, él declarándose The King Of The World, y al lado la indescriptible cancioncita de Celine Dione que el buen Albertos supo renombrar como "Mi amor se hundirá contigo".
Sarah, John, Ellen, Jack, Rose; aunque la primera imagen del cine de Cameron es de ráfagas, inmensidades y excesos, en la memoria se han logrado arraigar personajes anodinos que crecen hasta lo épico, mucho más complejos que los (esos sí) estereotipos de las películas de Emmerich (por mencionar otro hacedor de catástrofes); aun desde su argumento predecible, Cameron logra relieves y tejidos finos en sus atormentados protagonistas, quienes aprenden el heroísmo a fuerza de sudar contra robots-mala-onda, bichos extraterrestres o naufragios hiperbólicos.

Y ahí viene el segundo tema en el que Cameron ha insistido: los mundos al borde del cataclismo, justo los que necesitan de este tipo de héroes. El planeta Tierra dominado por Skynet, la colonia extraterrestre LV-426 plagada de aliens, y hasta la sociedad decimonónica que vive sus últimas francachelas a bordo del Titanic, no se limitan a escenarios sombríos para alguna coreografía de violencia gratuita. No tienen sentidos los O'Connors o las Ripleys sin estos mundos al borde del colapso para rescatar, y más aún: la dimensión trágica de los personajes se consigue cuando, incluso con sus mayores esfuerzos, no lograrán del todo que estos mundos desquebrajados sigan avanzando hacia su decrepitud. Si alguna enseñanza quedara de sus épicas desesperadas, es la intuición de que los personajes camerianos, llamados a una aventura que al inicio parece sobrepasar sus capacidades, con su enorme bravura hacen posible seguir habitando mundos desesperanzados. No Fate, acuña el lema Sarah Connor (acaso el personaje más cameriano) y desde ahí sugiere que el heroísmo no es una virtud de iniciados, sino un esfuerzo frustrante e irremediable. Ideología que le quedaba de lo más bien a los ochenta reaganianos en que fueron posibles varias de estas películas; ¿sigue teniendo efecto en el siglo XXI que le toca a Avatar?

En Avatar, el mundo al borde de la extinción se llama Pandora, un planeta de grandes riquezas naturales, que los típicos explotadores malosos querrán dinamitar para extraer unobtainium, mineral de resonancias míticas en la literatura de ciencia ficción. El héroe ahora es el lisiado Jake Sully (Sam Worthington), quien sustituye al hermano muerto en un proyecto científico, que consiste en dirigir mentalmente a un avatar, réplica de los Na'vis, nativos del planeta. Y el método es como de un Matrix mariguano: Jake se encierra en una cámara, y con ayuda de sondas o algo así puede manejar, como marioneta, a su bicho avatar de más de dos metros de altura. Así como en Terminator se requiere de un cyborg de acero y carne para las empresas destructoras de Skynet, aquí se necesita de estos replicantes orgánicos para infiltrarse entre los nativos de Pandora y "civilizarlos", para que se porten blanditos a la hora de mercar con su mineral.
Así como el anodino böer Wikus van de Merwe debe hacer su proceso de mestizaje para reconocer lo "humano" en los extraterrestres confinados al Distrito 9 (Blomkamp, 09), así Sully tiene que servirse de su alterego verdoso para reconocer en los na'vis valores perdidos por el occidentalismo voraz (disculpad la izquierdosada); curioso que dos películas tan recientes insistan en el mestizaje entre el occidental y el extraterrestre para lograr la redención, tema que quizá sólo puede ser posible en tiempos del gobierno mestizo de Obama. Pero se hablaba de Cameron y entonces se debe destacar la constante autorreferencia a su filmografía: el uso de androides mecánicos como emisores del mal; los incipientes grupos revolucionarios -los Na'vis y los rebeldes a Skynet- para enfrentar a los poderosos corporativos; las burbujas románticas -Sarah Connor y Kyle Reese en Terminator, Jake y Rose en Titanic, y aquí Jake y Neytiri- que hacen posible el crecimiento de los héroes; las grandes guerreras -Sarah Connor, Ellen Ripley, más nice pero no menos rabiosa la Rose DeWitt de Titanic, y en Avatar Neytiri, Trudy Chacón o la sacerdotisa Mo'at-, con su función doble de gladiadoras y maestras de las siguientes generaciones. Acaso la referencia más conmovedora sea la presencia de la doctora Grace Augustine: una Sigourney Weaver madura, que de antigua alienbuster deviene aguerrida científica y pasa la estafeta a una nueva generación de héroes camerianos. Si agregamos los recursos tecnológicos para la filmación de la película, el banquete está más que hecho para hacer una cinta más que memorable. ¿Y dónde falla, entonces, Avatar?
En que James Cameron aspira con Avatar a ser auteaur, pero está anclado en las obligaciones del entretenimiento. Y donde apenas se vislumbra alguna premisa ambiciosa, le gana la corrección política (el mensaje ecológico, la crítica al capitalismo irresponsable), la concesión al juego de feria, la complacencia en el virtuosismo tecnológico, el descuido en el bordado de personajes que apenas alcanzan a ser esquemas.
Pero más: la mayor virtud de Cameron también es su principal limitante, y ahí viene la paradoja que mencionaba antes: el gran tecnoartesano del cine gringo ha hecho suyo el tema del desprecio a la tecnología como única posibilidad de rescatar a la humanidad. Lo mismo el cyborg de Terminator, que la arrogancia bélica de Aliens, que la ultramodernidad fastuosa del trasatlántico Titanic, son los antagonistas naturales de sus empeñosos héroes. Mientras que en Avatar, los avatares y los Na'vi son alardes tecnológicos, y el espectador nunca logra superar esta conciencia: Na'vis y Avatares impresionan, pero no conmueven; la indefensión que se sublima en gloria de las Connor y Ripley no tiene equivalencia en los muppets sofisticados de Pandora, más parecidos a monigotes de George Lucas que a héroes trágicos de Cameron; si en sus películas anteriores, Cameron logró crear zonas de identificación entre personajes y espectadores, aquí sólo existe una compasión semejante a la que nos causan las ballenas sacrificadas por los enemigos de Greenpeace. Avatar evidencia más al Cameron ingeniero de ferias que al Cameron autor menor, y desde estas coordenadas deja el efecto justo de las montañas rusas: expectación, miedo, adrenalina, cimas y simas, pero no el asombro del heroísmo memorable.
Es cierto que el cine tiene ambas vertientes: la de expresión artística y la de feria de atracciones. Cameron había logrado acercarse al arte desde la feria. Pero en Avatar ganó la adrenalina salvaje sobre la emoción sutil. Que tampoco es malo, pero sí sitúa al canadiense en su modesta casilla: rentable para la industria, memorable para la trivia, conmovedor y limitado para quien busca en el cine ese pretencioso "algo más". Ese algo más no lo tiene Avatar. Salvo su tecnología, que esa sí está de güevos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mejor no abran la cuenta de Yahoo!

Ocurre que termino el texto muy tarde; lo mando, no quedo del todo a gusto, me acuerdo de algo parecido que escribí hace siglos, lástima no tenerlo a la mano, pero entonces caigo en la cuenta de que posiblemente esté en algún viejo correo. Gmail malacostumbró, una cuenta sin fondo y quedaron en el olvido -apenas para el spam- las cuentas de hotmail o yahoo. Y aquel texto estaba en uno de los correos de Yahoo. ¿Alguien recuerda aquella Ye púrpura tipo cartoon que en su tiempo le competía fuerte al venerable y persistente hotmail? Lo que yo quisiera recordar son las contraseñas; con el tiempo la memoria se ha vuelto comodina y con la misma palabra secreta (jua, La Palabra Secreta) accedo a las cuentas de ahora. Pero, ¿cómo rayos eran las palabras de aquellos tiempos? Y esos correos, ¿todavía servirán?
Tampoco es que sea tan original. Las contraseñas son los nombres, ligeramente trastocados, de las muchachas que me enamoraban en esos momentos. Y recordarlas en contraseñas también es recordar -juro que muy, muy brevemente- a qué olían y cómo se sentían las temperaturas de sus cuerpos. No más poesía. Bingo, el correo se abre. Y Bingo, los buzones de entrada están atestados de basura varia, que fueron inscripciones de boletines, grupos, foros, servicios de celestinaje y contactos sexosos que en aquellos tiempos tuvieron razón de ser. En algún post diurno, en el que me salgan esos aires de sociólogo de banqueta, podría atreverme a especulaciones ociosas sobre los usos y costumbres del internet hace diez años, contra los de hoy. Ahora, la madrugada es demasiado densa como para fingirme inteligente, apenas logro concentrarme en contemplar esas cuentas que suscribí y después no quise o supe o pude mantener.
Cinco o seis grupos de literatura, el boletín del Cervantes Virtual, otro de cine latinoamericano, el portal donde nunca aceptaron mis cuentos, la terca suscripción a las novedades de todotango.com, ¿una página religiosa?, y novedades musicales que nunca revisé . Más de diez mil correos que conforman al que nunca fui. Porque tampoco intenté ganar el millón de dólares, ni agrandar mi pene de forma fácil y segura, ni conocer impresionantes rusas con ganas de emigrar a mi colchón. Y entre tanto spam y suscripciones inservibles se cuelan dos o tres correos de personas que sí escribieron con un propósito neto, que por cualquier motivo no trascendieron a las cuentas de ahora y que dejaron saludos, invitaciones, chistes, comentarios, desperdigados entre ofertas de trabajos increíbles y catálogos de ligues en mejoramor.com.
Inevitable angustiarse: ¿y si haber contestado alguno de esos correos hubiera significado alguna vida diferente a la de hoy? Inevitable amargarse: porque la triste vida de hoy... pero eso tampoco es del todo cierto, (aquí viene la resignación optimista), bien que mal nunca han faltado las películas, los libros, las calles que se caminan tercamente, las cervezas en grupo y en solitario, los dos o cinco o diez amigos con quienes se vocifera la sandez de moda. Además, en ese millón de vidas posibles, siempre termino llegando a esta noche, revisando correos e imaginando las otras elecciones, incluida la que elegí. Cuánta arrogancia, pensar que todo se ha elegido. Aunque también, cuánta evasión, suponer que todo ha sido producto del azar. Entre uno y otro debe ubicarse esa zona oscura que llega hasta esta madrugada y esta revisión ociosa de los correos que no fui.
El merodeo en retrospectiva termina con los correos más antiguos, los que hacían de esa cuenta un cuaderno reluciente, de primer día en la escuela, cuando se creía que uno aprendería cosas útiles, cuando se mandaba un mensaje al amiguito que te felicitaba por haber empezado tu vida en los internes. Después, la pornografía online lo arruinó todo. Aquí era donde debía entraba aquello de Paz (La memoria es teatro del espíritu / pero afuera ya hay sol: resurrecciones, / En mí me planto, habito mi presente), pero a quién rayos se le antoja abrigarse con consignas a las cinco de la madrugada ---que aparte, y sícierto, las consignas se gastan si se usan sin convicción. Mejor idea, cerrar esas cuentas con el mismo temor primigenio que se tapia a los muertos. Acepto que antes me reenvío a la cuenta actual dos que tres cosas que me frustraría perder. Y tuiteo, como para dejármelo claro (¿el tuiter también es confesionario?): Conservar pocas cosas del pasado. Pero conservarlas bien.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

The Friends Bang Theory



PRIMERA PARTE
Sí, pues, las series de TV son aspiracionales (wanabes, traducen quienes no le hacen al argot mercadishing), pero más complejo: no venden burdamente autos, tallas cero y detergentes, más bien sugieren espacios ideales (yo también quiero que mi depto sea como un plató), tiempos de feliz ocio y acostones de carcajada, clases de educación sentimental cada semana, borradores de proyectos de vida --lo que los retóricos llaman locus amoenus-- en los que de acuerdo, de carambola se venden mejor los autos, las tallas cero y los detergentes. Menos perverso y más persuasivo, no queremos tirarnos a Rachel Aniston Green (bueno, sí); queremos compartir su departamento y que entre gag y gag aparezca una buena friend suya que tenga ganas de participar en nuestra historia.
Describir la identificación de la banda con Friends es ocioso por lo obvio: los seis amigos maso atractivos, harto divertidos, desenfadados hasta donde sus traumas lo permiten, con novias y novios tan guapos como lo necesitan los patrocinadores del programa. Sus aventuras son estúpidas y sensuales (sigue ruleando el dicho de Lilians) y aun en sus peores experiencias consiguen la frase absurda que rompe en carcajada. Vivir como Friends era vivir en el limbo de las medias horas de risas, en la promesa de que la peor historia tenía un epílogo por lo menos surrealista, en la esperanza de que la llegada de un nuevo capítulo reforzaba el impulso vital en forma de humorada. Vivir a la Friends era vivir en un código relajado y distinguido: un café cercano a El Colegio de México se llama Central Perk e imita las tazas y los sillones de la serie. Cuando una amiga se mudó, antes de mostrarme su depto me llevó al bar que estaba a la vuelta: "Aquí podremos juntarnos todos y ser felices como los Friends". La historia real fue menos festiva, pero este post trata de risas grabadas.



Dos
Es fácil identificarse con Friends, la duda: ¿por qué ahora nos identificamos con los personajes, más alejados de nosotros, de The Big Bang Theory? Porque Rachel de mesera, Joey de aspirante a actor, Chandler con su empleo kafkiano que nunca sabía para qué servía, podían semejarse a los espectadores "comunes". ¿Pasaría lo mismo con unos brillantes físicos, con posgrados, lecturas especializadas y vidas -al menos en teoría- increíblemente aburridas?
Quien no conozca la serie, acá va un resumen: son las aventuras de cuatro amigos científicos (el físico teórico Sheldon, el astrofísico Rad, el ingeniero espacial Howard y el físico experimental Leonard), de costumbres nerds o geeks (que no es lo mismo pero es igual, diría el Silvio) y su vecina rubia Penny, aspirante a actriz que mientras tanto chambea de mesera. Y el formato es semejante (más erudito, de ejecución menos precisa) al de Friends: conflictos cotidianos, un romance latente, la exhibición y confrontación de los defectos, con el agregado de chistes científicos y de una cultura pop más bien ñoña (Star Trek, videojuegos, internet, comics). Contado así a muchos no se les antojará; al ver medio capítulo quedarán enganchados y ni recordarán quién diablos era Gunther. La explicación más simple: son muy graciosos el galancete frustrado de Howard, la timidez patológica de Raj, la inseguridad y el menoscabo de Leonard, y la gran creación, por lo brillante e insufrible, de Sheldon. Penny es el pivote necesario y eficiente, con el gran plus de ser rubia y hermosa (menos apantallante que Rachel Green pero a lo mejor por eso más asequible).
Pero esto no bastaría para explicar el éxito de los tbbt's; más sorprendente sería sugerir que estos científicos de mentes privilegiadas y enorme torpeza mundana, son el equivalente a sus espectadores: geeks hiperinformados pero poco diestros en sus interrelaciones sociales, educados para mantenerse en una niñez perenne, rutinarios y conservadores casi sin darse cuenta, de sexualidad hermética (uso el eufemismo para no especificar: monstruosa), más aptos para encontrar un torrent que el punto G.
Y no es que la generación 00 (¿la Y, le dicen?) esté formada de cerebros extremadamente vigorosos, como los tbbt's, pero la hiperinformación del internet la ha hecho mejor receptora (que no intérprete) de datos a borbotones, en detrimento de su experiencia callejera. La vagancia ahora se hace por internet y se le llama procrastinación. Cierto que estamos lejos del mito noventero del internauta como un ermitaño pestilente y perverso, la maduración de las redes sociales ha revertido el estigma y ahora es de lo más normal -hasta el punto de lo adictivo- transformar amistades virtuales en reales, pero también es cierto que el trato más cotidiano de la tecnología (y quizá, por extensión, la ciencia) recrea perfiles distintos a los del grupo Friends.


III
The Big Bang Theory es el triunfo de los geeks sobre los gandallas; la venganza de los nerds, que sonaba a farsa imposible (de ahí lo graciosa) en la película de Jeff Kanew de 1984, ahora puede proponerse como forma de vida anhelada por los veinteañeros. Si el posmodernismo de los años noventa desdeñaba la ciencia y por eso el paleontólogo Ross es constantemente ridiculizado por sus Friends, el gusto por la tecnología de los 00 hace el efecto contrario, y en TBBT la extraña es la vecina Penny, tan cerca del People y tan lejos del internet.
La Generación X de Friends hizo de la amistad un pacto eunuco que mantenía a sus personajes en una adolescencia constante; por eso la serie decae cuando aparecen los matrimonios y los bufones van asumiendo responsabilidades. La Generación Y de TBBT retrae a sus personajes a una infancia sabihonda, aunque al mismo tiempo impulsadora de la burbuja académica. A fin de cuentas, el locus amoenus aspiracional de The Big Bang Theory queda fijado: la existencia gozosa de los peter panes sabios, y la oda al geek (que ya estaba dado desde el internet y las redes sociales) como estilo de vida. El reflejo de una generación infantil e inteligente que ansía disfrazarse de Spock, darle a la comida tailandesa y tener jueves de comics. Por suerte, en la puerta de enfrente hay una vecina rubia que los reivindica. Y más importante: que es tolerante con ellos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Los diputados, la comunicadora y el tuitero

Aquí está el chisme: (escuchad pacientes antes de seguir, total que está bonito y hasta didáctico es) (los que no tengan audio o les de flojera escucharlo todo, acá viene la nota donde se resume el bonito show)

Primero hay que dejar claro un par de cosas:

1) @robot2xl, o Oscar García, se portó de una manera soberanamente imprudente en el programa de radio.

2) Entre su argumentación burda y rabiosa, y el bordado fino y bien entrenado de los diputados, hay un abismo insondable (lo que es ser profesional de la oratoria y el ).

3) @robot2xl hace lo imposible por protagonizar y lo logra de maneras que de botepronto resultan desagradables.

4) Su forma de increpar e insistir en tener su espacio, representa de manera vergonzosa a quienes pudieran considerarse parte de la comunidad bloguera, tuitera, feisbuquera o demás formas de vagancia virtual.

Pero también vale destacarse que:

1) La comunicadora, Yuriria Sierra, no tuvo la mejor forma de corregir o resolver el ataque directo contra su jefe. Y ante la opinión pública pierde credibilidad.

2) El zafarrancho demostró que los diputados ya no dicen nada: ningún argumento fue tan claro, decisivo, contundente, como el del furibundo robot2xl

3) Hay una división obvia entre el círculo de poder (los diputados), el círculo rojo (Sierra) y la "gente de a pie": los primeros (legisladores y periodista) son dueños de un lenguaje eufemístico rico y poderoso, mientras el segundo se expresa con la rabia colmada y la necesidad de querer expresar agravios netos.

4) robot2xl es grosero, los diputados educados; robot2xl es directo, los diputados retuercen soliloquios; robot2xl sabe que malamente le darán diez segundos y vomita sus denuncias sin concierto, los diputados es enamoran de sí mismos escuchándose y hasta lanzan florituras como: "no veo por qué debatir si estamos de acuerdo en tantas cosas". Los diputados usan la diplomacia que necesitan para la vida diaria en la cámara, para las siguientes elecciones, para los siguientes cargos: robot2xl habla desde la única oportunidad que podría tener para ser escuchado (y quizá la desperdicia, se vale especular).

5) Cuando Fernández Noroña dice que le parece correcto debatir con sus compañeros diputados porque "si no no sabías francamente con quién ibas a debatir, hay anonimato en tuiter, es válido, no lo critico, así funciona", se categoriza al usuario de la red social como ese ente oscuro, indeterminado, semejante al que acusan de tratas de blancas en los comerciales de la tele, o al cuasiviolador que la Sra. Granados dijo que era de mala salud para su hijo y que además no existía (el violador, el tuitero, valga aclarar).

6) Cuando se presenta Corral, el diputado panista, éste saluda a la comunicadora, a sus compañeros en específico, y se refiere a robot2xl en otra categoría, hablando en masa de "los tuiteros" sin dirigirse concretamente a él. Ojo que la agresión burda del tuitero responde a este elegante menosprecio legislativo. Si los diputados hubieran considerado a robot2xl, quizá habrían tenido a un interlocutor más dispuesto a argumentar que a denunciar.

Y concluyendo: es cierto que en los siguiente días vendrán chismes varios y harto sabrosos: adhesiones y repudios; la agresión contra @robot2xl, que exagerada o no, él se encargará de hacerla rentable en términos políticos o simplemente protagónicos; el descrédito como comunicadora de Yuriria Sierra, la pobre tan agarrada en curva; el raspón de Fernández Noroña, que a juicio de algunos guardó demasiado las formas porque lo hubieran querido paladín de los tuiteros rabiosos; la propagación incómoda del artículo que evidencia la evasión fiscal de los Vázquez Raña (dueños de la radiodifusora donde trabaja Yuriria); el procrastineo grillero de los tuiteros, quienes podrían hacer de éste un nuevo capítulo que siga al voto nulo y al #internetnecesario.
Pero más allá de todo este chisme me interesa una cosa, el uso del lenguaje. Y para qué fatigarme interpretándolo, si el Monsi lo describió tan bien cuando hablaba del debate entre el CEU y las autoridades de la UNAM, en el movimiento estudiantil de 1986:
En ningún momento del debate los funcionarios son naturales, los sorprende más la existencia que las razones de sus opositores. En cambio, y sin glorificar a la representación del CEU que paga el inevitable tributo al populismo y al discurso de efecto inmediato y concesiones sarcásticas, lleva ventaja porque carece de rodeos expresivos y habla a nombre de las exigencias vitales de decenas de miles.
El éxito de los ceuístas se debe en gran parte a que rechazan las "buenas maneras" y el respeto prefabricado a quienes nos antecedieron en el uso del currículum. (...) los representantes del CEU van a combatir razonamientos administrativos y a difundir señales utópicas, y en el camino hallan un aliado: la falta de verdadero entrenamiento ideológico de una burocracia que combina la sagacidad del memorándum con el desdén por cualquier uso apasionado de las ideas, y que fue arrastrada, sin su consentimiento íntimo, en el maremágnum de las reformas del rector Carpizo.
("¡Duro, duro, duro! El Ceu: 11 de septiembre de 1986/17 de febrero de 1987", en Entrada libre, del Monsi, claro, p. 265)
Cambien ceuístas por @robot2xl; cambien autoridades de la UNAM por diputados y comunicadora; lo que se escuchó en el programa de radio fue una representación 0.2 de esta división: el eficiente pero falso training de los representantes de los círculos de poder; el burdo y apasionado delirio del tuitero argüendero que llegó a conmover un debate más sensato que cierto. Y ya dije que @robot2xl fue imprudente, protagónico, burdo, grosero, limitado, pero su rabia y su cinismo me representaron mucho mejor. ¿Y a ustedes?

pd una hora después: ash, por los zafarranchos estos se me olvidó que quería tratar Cosas Importantes:

MAMAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!




Y ya, chau.